Cuentos, micros y relatos cortos

Las plumas del mochuelo

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Don Froilán, notario jubilado de la calle Arenal, fue conocido durante décadas por su oratoria inflamada. El balcón de su casa era tribuna, púlpito y trinchera. Desde allí maldecía al gobierno, a los vecinos, a taxistas, niños y palomas. Cada grito suyo era una llama arrancada del infierno burocrático que conocía bien. Su lengua era látigo; su voz, pólvora vieja, que estallaba sin orden ni concierto. Nadie se le acercaba, aunque no por miedo, sino por una sencilla higiene emocional.

—¡¡Canallas!! —gritaba—¡Corruptos de mierda! ¡Ladrones con corbata! —Su cara, roja como una antorcha, brillaba en la oscuridad.

Pero la ira verdadera no se limita ni decrece, de modo que, un lunes, alcanzó su máxima expresión.

Dicen que empezó a gritarle al aire. Luego se alzó contra un espejo. Después contra los cuadros de la casa. Insultó al fregadero. Discutió con el timbre de la calle. Rompió platos, un televisor en blanco y negro, y hasta rompió la foto de la boda con Clotilde, que ni siquiera recordaba si fue real o solo para una broma de feria. Su rabia, descargada siempre contra un blanco externo acabó volviéndose, igual que un bumerán, contra sí mismo.

Los vecinos oyeron golpes, y los gritos, y algunas blasfemias antiguas que nadie usaba desde que acabaron las guerras carlistas. No dejó de gritar durante tres días sin que nadie se atreviera a intervenir.

Hasta que, por fin, se hizo el silencio.

Cuando llegaron los bomberos, alertados por la anormalidad del caso, lo encontraron tendido en el suelo, desfigurado por la tensión de un último grito. El espejo del salón había estallado. Las paredes, aún goteaban pintura, como si hubiera querido escribir un enorme grafiti. Pero no dejó ninguna nota. Solo encontraron el periódico del día anterior, con un titular muy grande sobre la subida del gas, donde él, con lápiz rojo, había escrito bien claro y con mayúsculas:

—¡¡¿SERÁN HIJOS DE PUTA?!!

#FelipeGrisolíaObrasCompletas

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