Cuentos, micros y relatos cortos

Las plumas del mochuelo

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Paula evalúa los legajos que tiene sobre la mesa; al ritmo que se le acumulan no habrá manera de sacárselos de encima. Cada archivo representa una responsabilidad inmediata a la que debería dedicar su tiempo y sus conocimientos. Para eso le pagan: para resolver y gestionar aquellos expedientes a la mayor brevedad posible. Pero mientras su mente se pierde en cálculos inconducentes, los planes de la comida con su madre pugnan por ocupar el primer plano de su atención.

Los pensamientos de Paula van y vienen. Haciendo un alarde de voluntad, abre uno de los expedientes, pero lo vuelve a cerrar casi de inmediato. Se arrellana en la silla. Le gustaría cumplimentar alguno de los asuntos pendientes antes de marcharse a comer, pero no puede hacerlo. Lo que tiene que hablar con su madre es demasiado importante. Piensa contarle la verdad. Tiene que revelarle su decisión de irse a vivir con Valentina. No más juegos del escondite ni más excusas ni más mentiras de esas que luego le pueden caer encima como una losa arrastrándola al abismo. Llevan juntas casi un año. Quiere que se entere por ella; no a través de rumores distorsionados de terceras personas.

Mientras la carpeta que tiene delante vuelve a la cumbre de los asuntos pendientes, la escena que le espera en el restaurante se despliega en su imaginación. Es como un lienzo pintado que cobra vida. La reacción de su madre es predecible: Puede ver cómo los ojos se le abren desmesuradamente; cómo la sorpresa y el desconcierto le alteran las facciones, y cómo un silencio incómodo se apodera del ambiente mientras su intransigencia trata de asimilar la noticia de que su hija es lesbiana.

El corazón de Paula late con fuerza. Siente una mezcla rara de aprensión y bravura que bulle en su interior. Sabe que los comentarios típicos llegarán indefectiblemente; unas palabras atroces que intentarán minimizar su identidad y sus sentimientos hacia la mujer que ama. Su madre, arraigada en una educación conservadora, no podrá evitar que sus palabras reflejen una visión convencional del mundo. Dirá que carece de sentido, que es solo una moda pasajera de los jóvenes y que lo mejor es encontrar un buen chico y casarse como Dios manda.

A las dos en punto Paula deja la oficina. El encuentro es un evento regido por la puntualidad británica; han quedado a las dos y media. La urgencia se apodera de ella en cuanto se enfrenta al caos del tráfico. Es un tráfico denso que conspira en su contra: los hados de los semáforos alinean las luces para demorarla. Los imprevistos se suceden. El temor se adueña de su mente. El espectro de una multa por saltarse un stop añade leña a la hoguera. Es consciente de que cada segundo, suma. Trata de mentalizarse de que no puede permitirse un solo error y que se encuentra en una carrera contra el tiempo.

Cuando mira el reloj: son las dos y cuarto. La impaciencia y la ansiedad la sofocan. Piensa que aún debe encontrar un lugar adecuado para aparcar. Quisiera ralentizar las manecillas. Los segundos y los minutos se mezclan en una danza loca con los latidos de su corazón. Las calles de la ciudad se convierten en una metáfora de su intrincada vida misma, en la que cada instante es crucial y trae consigo desafíos inesperados.

La llegada a destino, sin embargo, le concede una pequeña tregua: Paula encuentra un lugar para estacionar. Suspira aliviada, aunque su mente sigue inquieta. En el fondo, sabe que esta carrera contra el tiempo no es solo por cumplir con la puntualidad, sino también por enfrentarse a sí misma, a su propia inseguridad, a las paradojas de la existencia. Percibe una búsqueda interna, un cuestionamiento profundo sobre el significado y el peso de las decisiones que la vida le plantea. Se muerde los labios.

A las dos y media, suena el teléfono móvil.

—Paula, ¿recuerdas que hemos quedado?

—Sí, mamá, por supuesto. Pero el tráfico está imposible a estas horas…

—Claro que lo está, era de esperar. Pero yo llegué a tiempo ¿no?; por favor, date prisa.

—Sí, mamá, llego en unos minutos…

Paula acelera el paso. Por fin, a través del cristal del restaurante, distingue a su madre buscándola con la mirada, mientras en su mano gira una copa de Martini. Su rigidez la exaspera, pero la quiere y la comprende: tiene una mentalidad anclada en el pasado, todo era más fácil para los de su generación; ahora es complicado y difícil. Al acercarse a la mesa, su madre mira el reloj: son las tres menos veinte.

Paula recuerda que a las cuatro debe regresar a la oficina.

—¿Has hecho el pedido?

—Por supuesto; una ensalada para las dos y pescado.

—De acuerdo, me parece bien…

La madre apura el Martini, hace una seña al camarero y se seca los labios con la punta de la servilleta. A Paula le afecta su previsibilidad. Por un momento, contempla la posibilidad de evitarle el disgusto: «lo de irse de casa podría esperar un poco; todavía hay cortinas por elegir, una vajilla nueva por comprar, una mesita que restaurar…». La madre interrumpe sus pensamientos.

—Bien, Paula, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme? Sabes que, sea lo que sea, lo hablaré con tu padre. No acostumbro a tener secretos con él y menos cuando se trata de nuestra hija.

—¡Eso lo decides tú, mamá!

—De acuerdo, ¿de qué se trata?

—Verás, es un poco complicado. —Paula vacila— Sé que te tomará por sorpresa, pero es importante… —Paula guarda silencio mientras el camarero les sirve la comida. Luego continúa— No soy la chica que tú crees y no quiero decepcionarte ni tampoco que sufras por mi culpa. Tengo todo lo que necesito y soy feliz, pero…

—Vale, vale, cariño… —la madre se impacienta sin apartar la mirada del rostro de su hija: no le gustan los preámbulos. Se espera que una licenciada sepa hablar sin aturullarse—. Por favor, ve al grano.

—Sí, claro, verás, Valentina y yo… Recuerdas a Valentina, ¿verdad? La madre de Paula frunce el ceño; por supuesto que recuerda a Valentina, la conoce desde hace años. No entiende a qué viene mencionar a la chica hasta que, de pronto, cae en la cuenta de qué se trata. Paula quiere hablar de lo que ella y su marido han adivinado desde el primer día. Por fin, ha tomado una decisión. Cuando Paula está con Valentina, irradia felicidad, vitalidad, alegría. Valentina le pone luz en los ojos y, aunque ellos no estén de acuerdo, lo aceptan sin condiciones; la felicidad de Paula es lo primero.

—Ah, ¿es eso? —La madre aún evita llamar a las cosas por su nombre, pero su siguiente pregunta no deja lugar a duda— ¿Estáis seguras?

A Paula se le atraganta la ensalada; toma un sorbo de agua, y su corazón parece a punto de estallar.

—¡¿Lo sabes?!

—¡Por supuesto, cariño! A una madre nunca se le escapa algo así…

A Paula se le relaja la mandíbula y los ojos se le llenan de lágrimas inesperadas. Durante tanto tiempo había temido enfrentarse a su madre y ahora ella está allí, aceptándola y apoyándola incondicionalmente. 

A partir de ese momento, su mente cae en un torbellino de olvidos: olvida cómo siguió la conversación, olvida cómo se despidieron, olvida cómo regresó a la oficina a las cuatro en punto de la tarde para ocuparse del trabajo atrasado. Sin embargo, lo recordará más tarde. Lo recordará cuando se lo cuente a Valentina y le diga —sin ironía, sin vergüenza, convencida de que interpreta fielmente la verdad:

—¿Sabes? tú tenías razón: hay cosas que solo se resuelven hablándolas como yo lo hice: así, de frente, ¡cara a cara…!

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🖋️ Felipe Grisolía

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