
Desde la cocina
Cuando el viento llega del sur y se cuela por algún resquicio imposible, sé que viene de Buenos Aires. Hay veces que me trae olor a harina, a patatas hervidas; a salsa espesa de tomate, a albahaca machacada, a ñoquis amasados por la abuela ahuecados con un tenedor de mango corto.
Si me quedo quieto, la veo a ella: entra envuelta en su delantal de vapor, tarareando en un dialecto del Piamonte y me mira. Me mira como si yo tuviera la cara sucia. No creo que eso sea locura; supongo que son cosas de la nostalgia que, a veces, me acerca a los fantasmas que tengo en la memoria.


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