Felipe Grisolía

Cuando Caperucita se comió a Feroz

Caperucita ya no era una niña. Llevaba la capa roja sobre los hombros, pero no para cubrirse, sino como un gallardete. Aquella tarde, al adentrarse por el sendero más sombrío del bosque, el que todos evitaban, ya sabía que por él rondaba el lobo.

Feroz salió de entre los helechos con las zarpas dispuestas. En sus ojos amarillos brillaba un hambre extraña.

—¿Adónde vas, muchacha? —susurró. Su voz, un gruñido profundo y engañoso, pretendía ser amable.

Ella bajó la mirada. Fingió inocencia mientras en sus labios se dibujaba la trampa dulce y ancestral de una sonrisa.

—A casa de mi abuela —respondió.

La palabra «abuela» se deslizó entre sus labios como un reto sutil. Ella siguió avanzando despacio, segura de sí misma. Él la seguía.

El bosque olía a musgo húmedo; las sombras de la fronda presagiaban un peligro inminente. El lobo se le acercó tanto que Caperucita pudo sentir el roce áspero de su pelaje contra el raso de la capa. Entonces comenzó a temblar, al tiempo que se volvía para hablarle.

—Qué oscuro está el bosque… menos mal que has aparecido. Muéstrame tus colmillos.

Él se detuvo orgulloso. El aire de la tarde se electrizó al instante. Feroz abrió la boca, mostrando la peligrosa cercanía de un desgarro. Pero Caperucita extendió la mano. Un delicado dedo acarició el filo de uno de los temibles colmillos, y una diminuta gota de sangre brotó de su yema para caer en la lengua de la bestia.

Feroz la lamió con reverencia, sin comprender que no era él quien cazaba, sino la joven hechicera que lo había invocado. Cuando se tendieron sobre la hierba, el bosque entero contuvo la respiración. La caperuza de raso cayó al suelo como una bandera separada de su mástil. Era rendición y conquista a un tiempo. Risas y mordiscos leves hicieron que Feroz pronto dejara de ser una temida fiera para volverse dócil entre aquellas manos. Caperucita lo fue calmando con caricias y palabras entrecortadas, con suspiros y besos.

Cuando el amanecer tiñó de azul los troncos, el lobo descansaba rendido, convertido en una sombra obediente. Caperucita se incorporó lentamente, se colocó la capa y miró hacia el horizonte. Nadie supo lo que vio en aquel instante, pero sus ojos devolvían un destello que no pertenecía del todo a este mundo. Desde entonces, el bosque calla. En el silencio, a veces, se escucha lo que parece un aullido contenido, el lamento apagado de un lobo solitario que se oculta, receloso entre las ovejas, al paso de los leñadores.