Felipe Grisolía

El juicio de los espejos

Nadie discutía que Amanda Blake fuera una leyenda. Una carrera impecable, decenas de premios y un Oscar en su vitrina eran muestras más que suficientes para considerarla, en Hollywood, la réplica humana de la perfección. Su rostro había llenado pantallas de cine, portadas de revistas y vallas publicitarias por todo el mundo. Su belleza y su talento campaban en un vasto territorio donde ella reinaba de manera indiscutible.

Pero Amanda vivía rodeada de espejos. No podía evitarlo. Había espejos allí donde se moviese; en los camerinos, en los sets de filmación, en los ascensores de los hoteles de lujo donde se hospedaba. Los espejos de su mansión eran especiales: grandes en su mayoría, dorados y con marcos tallados a mano; eran elementos sagrados dedicados exclusivamente a reflejarla a ella.

Cada mañana, Amanda recorría su hogar, deteniéndose ante ellos donde no solo veía el reflejo de su belleza física sino, también su legado para la posteridad; la imagen de la diosa que había sabido construir con esfuerzo, y, por supuesto, con innumerables retoques estratégicos, el feudo donde reinaba.

Sin embargo, un día algo cambió. Mientras se preparaba para asistir a una entrevista, se detuvo frente a su espejo favorito. Era el regalo de un diseñador famoso hecho del cristal más puro y con marco de plata; una obra de arte de valor incalculable. Pero al mirarse, sintió una punzada de incomodidad. ¿Siempre había tenido esa pequeña línea junto a la boca? ¿Y esa ligera sombra bajo los párpados? Si las había tenido no las notó hasta entonces. Se apartó del cristal sobresaltada, tratando de ignorarlo. Pero el pensamiento se le quedó grabado, como una nana recurrente.

En los días sucesivos, Amanda empezó a notar más cosas. Su piel algo menos luminosa, sus ojos no parecían tener el mismo brillo… De inmediato se dijo: «Debe ser el espejo y es lo normal, los materiales caducan, se desgasta el azogue, la humedad se acumula, el polvillo…», así que, sin pensarlo dos veces, mandó que lo cambiasen por otro. Pero el siguiente tampoco le devolvió la imagen que deseaba. Ni el siguiente. Ni el siguiente. Cada uno de aquellos condenados artilugios parecía empeñado en mostrarle alguna mácula imprecisa que desconocía.

El problema no eran los espejos, por supuesto, y en el fondo, ella lo sabía, aunque no lo aceptara. Todavía era lo bastante astuta como para saber que se trataba de los castigos del tiempo. Tenía dinero y sabía cómo utilizarlo. Fue entonces cuando contrató a unos expertos que le adecuaron todas las luces de la casa. Aquello no cambió nada. Por el contrario, las pequeñas imperfecciones de su rostro se hicieron más notorias. Entonces culpó a la maquilladora por no adaptarse a los cambios, e incluso al estrés que le producía toda aquella situación fastidiosa. Aunque cuanto más intentaba controlar las imágenes peor se veía reflejada.

En los eventos importantes y los homenajes, la incomodidad se volvió insoportable. Las cámaras la enfocaban como siempre, pero los flashes le parecían ataques malintencionados de los fotógrafos. «¿Por qué me encaran así?», pensaba. «¿Qué están viendo ellos que yo no veo?» Tanto se obsesionó con las fotos, que exigió que las retocaran, que tuviesen cuidado con los ángulos oscuros, que controlaran los reflejos. Fue así que sus redes sociales se llenaron de imágenes más cercanas a las de una muñeca de cera que a las del cálido ser humano que había sido en su juventud. Ni siquiera esto consiguió devolverle el sosiego.

Finalmente, ante tanto disgusto, Amanda tomó una decisión radical. Mandó construir un salón de espejos en su mansión, un espacio dedicado exclusivamente a ella que pudiese controlar a voluntad. Los espejos fueron hechos a su medida, diseñados para mostrarla bajo la luz perfecta. Pero cuando el salón estuvo terminado, y Amanda se encerró en él, lo que encontró no fue consuelo. Se pasó horas enteras observándose desde todos los ángulos posibles, buscando defectos que nunca se acababan de definir, siempre con idéntica respuesta. Cuanto más se observaba, más insegura se sentía. Los espejos parecían burlarse de su cara y de su cuerpo, mostrándole a alguien que apenas reconocía, alguien con un rostro muy diferente al de la mujer que había llegado a lo más alto.

Una noche, incapaz de soportarlo más, Amanda se dejó vencer por la frustración y la ira. Cogió una banqueta y la lanzó contra uno de aquellos monstruos que, con un estruendo ensordecedor, se deshizo en mil pedazos. Pero no se detuvo ahí; una a una, fue destrozando las lunas de aquel maldito cuarto hasta que no quedó ninguna capaz de reflejarla. Tampoco aquello terminó con su martirio. Al acabar el estropicio, Amanda cayó al suelo entre miles de fragmentos donde, irónicamente, se reflejaban pequeños trozos de la mujer que había sido. Entonces cerró los ojos y lloró.

La prensa, siempre hambrienta de historias jugosas, pronto notó su ausencia de los eventos importantes. Amanda ya no daba entrevistas ni asistía a fiestas. Se había recluido en su mansión, donde las persianas permanecían cerradas. Un sitio donde los espejos habían desaparecido. Los rumores comenzaron a circular por el ambiente del celuloide: decían que la gran Amanda Blake había perdido la cordura, que ya no soportaba verse a sí misma. Los tabloides decían que la misma soberbia que la había encumbrado ahora la estaba destrozando.

Un día, algunos años más tarde, una joven actriz a la que ofrecieron un papel para relatar la vida de la diva recibió una carta inesperada. En ella, con una temblorosa caligrafía, la vieja actriz había escrito:

«La perfección es una mentira que esclaviza, un mito, una prisión en la que nos encerramos con nosotros mismos, yo nunca pude escapar de mí; hazte un favor, querida, trata de no seguir mis pasos».

La bella joven, al principio, no entendió el mensaje. Pero algunos meses después, ya acabada la película, mientras la triste historia de Amanda Blake daba la vuelta al mundo, ella, la nueva dueña del cetro, comprendió que el mensaje iba dirigido a todas las vanidades de la tierra y a esa dimensión del ego que busca algo que en la realidad no existe.