Felipe Grisolía

Los que no se rinden

La ciudad entera estaba hecha de papel. No lo descubrí hasta la noche en que el viento arrancó la fachada de un banco y dejó al descubierto las vigas sujetas con grapas. Desde entonces, camino con cuidado: temo pisar alguna palabra importante.

En una esquina deshabitada encontré a Fernando III. El rey estaba sentado en un banco que parecía de cartón piedra, rodeado de mapas que se movían con la brisa. Cuando me vio dijo: «Los pueblos que no se rinden tienen derecho a conservar su memoria.»

No supe si hablaba de mi barrio o del mundo. Quizás de los dos. Le pregunté si podía ayudar en algo; me entregó una hoja con el dibujo de una plaza con árboles y muchos niños. Me dijo: «Esto es lo que aún no se ha perdido. Dibuja más.»

Ahora, llevo lápices en los bolsillos. Dibujo bancos, ventanas, libros abiertos, lenguas que nadie habla…, y los pego en las paredes. Por la mañana, ya no están; alguien los quita, pero yo sé que no se pierden. Quedan las ruinas. Sé que perduran debajo del asfalto, aunque no se vean.

El papel que sigue volando por la ciudad, ahora me huele a tinta fresca. Y yo, aunque no lo entienda del todo, noto que Fernando vigila, no desde un trono, sino desde el trazo persistente de los que no se rinden.

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