Felipe Grisolía

Pobre Juan Pérez

Érase una vez un pueblo en el que los hombres se valoraban, casi exclusivamente, por su posición social. Un lugar donde los méritos personales contaban poco y donde solían encumbrarse los audaces y los temerarios. Ciertamente, era un sitio poco grato para vivir ya que, de continuo, se observaban verdaderas incongruencias e injusticias. 

Los habitantes de aquel lugar, aunque conocían las circunstancias que les rodeaban, poco podían hacer para cambiar una realidad que, con el correr de los años, estaba muy arraigada. Por ello, en su mayoría, preferían luchar con todas sus fuerzas para minimizar los logros de sus semejantes y encumbrar los propios. Aquellos que no podían o no sabían hacerlo —por las razones que fuese— debían conformarse con permanecer en el llano y hacer lo posible por parecer felices… 

Juan Pérez pertenecía a este último grupo de personas. Era un humilde oficinista, tímido y apocado, que nunca había destacado en nada y que carecía de cualidades para aspirar a ello. En su trabajo ejercía de comodín para hacer recados y, hasta sus propios compañeros, solían ignorarlo como si fuese un inútil mueble viejo.  

Para dar una idea, basta con decir que era un hombre cónico; un personaje con los pies muy grandes, de piernas excesivamente gruesas y caderas inmensas, cuyo cuerpo se adelgazaba hacia arriba hasta llegar a unos hombros casi inexistentes. Tenía una cabeza desproporcionada, con forma de pera, que basculaba sobre un cuello corto y regordete. Su rostro, pálido y bonachón, lucía una pequeña boca de sonrisa fácil —aunque eternamente triste— y un bigote exiguo bajo una nariz normal.  

Sobre los ojillos redondos usaba gafas circulares de carey. Poseía, además, orejas grandes con lóbulos vacilantes y una calva acabada en punta con cuatro pelos largos que fijaba, de izquierda a derecha, con gomina abrillantada. Al andar, casi sin elevar los pies del suelo, proyectaba el cuerpo hacia adelante —para conservar la inercia— y avanzaba con un portantillo acompasado. Normalmente, vestía traje de color marrón que alternaba con otro beige de corte similar —siempre arrugados— y usaba corbata de colores vivos. 

Pocos sabían en el pueblo que, Juan Pérez, alguna vez, había sido capaz de formar una familia como cualquier otro hombre de su misma condición y, mucho menos, que tuviese un hijo. Era cuestión de apariencias. Por el simple hecho de verle solo —siempre solo—, era difícil imaginar que alguna mujer joven —quizás, hasta bonita— le hubiese dedicado los años más románticos de su vida. Pero así había sido, aunque luego se hubiera separado. 

Lo que más costaba imaginar era que por las fechas de nuestra historia, con cuarenta años ya cumplidos, el bueno de Juan Pérez todavía viviese ilusionado y creyese en los prodigios. Sin embargo, así era: en el momento en que su mirada perdida observaba a la gente por la calle o cuando escudriñaba el techo desde su cama y hasta en el autobús, al regresar a casa, con un simple desfile de farolas quedaba hipnotizado y soñaba cosas imposibles. En realidad, quería ser un héroe de verdad. Soñaba con que algunas de esas chispas, en la oscuridad, incidieran en su persona y, de repente, le permitiesen volar a la velocidad del rayo o que alguna de ellas actuase como la «poción mágica» que le proveyera de fuerza sobrehumana para repartir tortazos o que le otorgase visión de rayos X para ver lo que nadie era capaz de ver a simple vista.  

Ese era su gran secreto. Un secreto que, como se habrá de suponer, jamás se haría realidad y que lo condenaba a una permanente frustración; a hacer lo mismo que hace todo el mundo en esos casos  

cuando hay que renunciar a los sueños: conformarse con la realidad que le ha tocado vivir. 

Pero un día, sin embargo, sucedió lo inesperado.  

Después del trabajo, Juan Pérez, con el paso torpe de un animal cansado, se encaminó al centro del pueblo con el tiempo justo para recoger al niño. Iba embargado por la alegría íntima de volver a verlo después de una semana, pero con la cabeza gacha y el pensamiento perdido. El hijo y la madre lo esperaban en un parque donde se jugaba al baloncesto. 

Fue justamente, al doblar la última esquina, cuando un balón perdido que había salido disparado de la cancha le cayó en las manos. Ni siquiera supo de dónde había salido. Pudo darle en la cara o seguir de largo, pero no fue así. Y entonces reaccionó de un modo que ni siquiera él mismo hubiera sido capaz de imaginar. Muy lejos aún de la alambrada que circundaba el campo de juego, dejándose llevar por un impulso, lo devolvió con tanta fuerza y precisión que la pelota, después de trazar en el aire una parábola perfecta, atravesó limpiamente la canasta más lejana como si hubiese sido lanzada por el más poderoso de todos los campeones. 

En el parque del pueblo se acallaron las voces. La luz de la tarde pareció intensificarse cuando las palomas alzaron el vuelo y todos los que presenciaron la escena quedaron paralizados por el asombro. La gente, sin poder contenerse, salió de la sorpresa con un estrepitoso aplauso. Juan Pérez, por supuesto, se puso colorado. Su hijo, al reconocer al autor de la proeza, después de un titubeo, se soltó de la mano de su madre, sin que esta pudiese evitarlo, y corrió como un endemoniado hasta hundir su preciosa cabecita entre las temblorosas piernas gordas. 

El relato de lo sucedido no tardó en dar la vuelta al pueblo y en conocerse hasta en el rincón más apartado del lugar. El autor del lanzamiento era un héroe que debía quedar registrado en las crónicas 

de la comarca entera. Pero, como siempre que ocurría algún hecho extraordinario, alguien se ocupó de correr la voz de que las casualidades existen y de que, como es sabido, «una golondrina no hace verano».  

De tal suerte sucedió que, muy pronto, la anécdota comenzó a diluirse y las aguas regresaron a su cauce y todo, de la manera habitual: Juan Pérez volvió a ser un don nadie en el que apenas reparaba la gente y, una vez más —tal vez para siempre—, el buen hombre tornó a parecer un pobre mueble viejo. 

Cuentan, sin embargo que, a pesar de eso, de que la envidia y el descrédito se ocuparon de mermar la anécdota del magnífico enceste, después de aquella jornada memorable, el bueno de Juan Pérez sufrió un cambio notable: comenzó a caminar completamente erguido y su hijo, con un orgullo evidente, corría a su encuentro cuando lo veía aparecer. Pero lo más curioso de todo, o eso dijeron por el pueblo, fue que, en el trabajo, a pesar de ser el mismo oficinista que había sido siempre, nunca, nunca más, volvieron a enviarle para hacer recados.