Me gusta trepar con Mika por el rostro impasible de un moái. Normalmente lo hacemos al atardecer; cuando los guardianes del parque se relajan y los turistas se marchan. Nos llevamos una manta y yo la ayudo a subir sujetándola por la cintura para que no resbale. Mika me deja hacer. Aunque sus piernas son fuertes y están acostumbradas a corretear por el campo, sabe que la piedra volcánica se vuelve resbaladiza con el aire salitroso; es fácil perder el equilibrio.