Felipe Grisolía

Cerrojos

Querida Julia

Te escribo para contarte algo que hasta ahora he guardado en secreto. Sé que tú y yo no somos demasiado afines —seguramente por mi culpa—, pero eres la única hermana que tengo. En eso, imagino, yo pude haber hecho mucho más. Ser la mayor conlleva demasiados problemas, sobre todo en familias como la nuestra: tú, la última, la más deseada; nuestro hermano, el chico de la casa, incluso con sus treinta y cinco años.

Pero no te escribo para repetir lo que ya sabes, sino para decirte que me marcho. Ya conoces a nuestros padres: a ellos no puedo explicarles ni las causas ni las circunstancias. Me interrumpirían antes de dejarme acabar. A nuestro hermano, menos aún.

La razón es que ha sucedido algo inesperado y necesito irme del pueblo. Te preguntarás qué puede ser tan determinante, pero creo que estarás de acuerdo cuando te lo explique.

Hace unas semanas encontré a un vagabundo en el granero. Yo estaba acomodando unos trastos y lo descubrí dormido, mezclado con el forraje. Imagínate el susto. Me acerqué con la horquilla, dispuesta a echarlo —todos los de la casa estaban en el campo—, pero al verlo mejor, reconocí a uno de esos gañanes que contratamos para la cosecha. No nos conocíamos, pero lo de la horquilla me pareció excesivo. Así que la dejé a un lado y lo desperté con zarandeos. Su ropa estaba sudada y aún desprendía calor. Bueno, tú eso lo sabes: una mujer casada habrá tocado infinidad de veces a su marido dormido.

Tú, seguramente, habrías actuado de otro modo. Yo, en cambio, me dejé llevar por los nervios. Quizá pienses que fue por otra razón, porque conoces las circunstancias de mi vida. Pero no. Solo quise ver cómo reaccionaba ante una mujer sin pelos en la lengua, de esas que no se amilanan. Lo que no esperaba era su cara de niño bueno, ni su sonrisa. Apenas lo toqué, abrió los ojos —enormes, llenos de vida— y me saludó como si estuviera en su propia casa.

Hay que ponerse en mi lugar para entender lo que sentí. Sé que ya no estoy en edad de muchas cosas, pero aún recuerdo cómo se me alborotaba la sangre en las fiestas del pueblo, viendo a las parejas bailar o a los novios pasear por la calle principal. A mí nunca me llegó el turno. Tal vez por tu presencia, con tu gracia y tu belleza… Pero lo cierto es que sentí que, de no hacer algo, hasta el furgón de cola me dejaría en tierra.

El chaval, al verme con los puños cerrados, no se disculpó ni se preparó para huir. En cambio, hizo algo impensable: me cogió una mano, la abrió con suavidad —es increíble lo que puede provocar una caricia inesperada— y me besó la palma. En ese instante, pensé en madre, en padre, en ti… en todos. En cómo todos asumís que sigo aquí, haciendo lo de siempre: fregando, planchando, limpiando. Como si fuera un castigo divino del que no puedo librarme. Lo dejé hacer, solo para saber a dónde quería llegar.

No entraré en detalles sobre lo que pasó después. Puedes imaginarlo. Me conoces lo suficiente para saber que no soy una mujer apasionada, pero hay momentos que te transforman, que incluso te observan desde fuera, tratando de anticipar tu reacción. Yo tuve esa sensación. Me vi entre sus brazos, dando y pidiendo lo que nunca antes había dado ni pedido. No me reconocía. O sí: creo que me convertí en la mujer que siempre quise ser; una que, de pronto, se quitaba de encima todos los cerrojos que la separaban de la libertad.

Cuando salí del granero, iba como flotando. Ni siquiera le pregunté su nombre. Me daba igual si se llamaba Pedro que Juan, porque lo importante no era él, sino lo que significaba. Había roto todas las cadenas que me mantenían sujeta al potro del conformismo. Supongo que él se marchó creyendo que tuvo suerte con una puta caprichosa que se entregó sin condiciones. Quizá lo haya contado por ahí. Yo solo se lo he dicho a doña Leonor —en nuestra última visita— y ahora a ti, para que no penséis que me he vuelto loca.

La doctora se quedó de una pieza cuando le dije que pensaba sacar adelante mi vida, pasara lo que pasara, y que la decisión justificaría lo que pudieran pensar de mí. A ti te digo lo mismo. Si te escribo es para que evites que todo se desmadre y para que no me obliguéis a alejarme demasiado. No quiero preocuparos —sería la primera vez— porque ahora siento una confianza en mí que jamás había tenido. Ojalá me entiendas.

Con un beso, se despide hasta pronto:

Tu hermana que te quiere.

Manuela

PD: Y no —por si te lo estás preguntando—, no estoy embarazada.