RSS

Il gabbiano (el largo viaje de la gaviota)

1

Los sábados por la tarde me dedico a mirar el mar con ojos de reportero desde la terraza de un octavo piso. Mi balcón es ideal para capturar imágenes y colores. Tiene macetas con plantas que no riego, pero que se mantienen verdes merced a algún prodigio de la naturaleza, y sillones de mimbre con almohadones rojos. Desde allí contemplo el ir y venir de los barcos que se mueven por el puerto de Alicante; se abarca un panorama sobrecogedor.

Lucía Vannoni tocó el timbre de mi puerta en el mejor momento: el aire era tibio, una brisa suave convertía las cortinas en silenciosas odaliscas que bailaban a mis espaldas y en el cielo no había trazas de nubes.

―¿Es usted el «signore» Eduardo Fuentes?

La mujer; morena, de unos treinta y cinco años y de belleza agresiva al estilo de las divas de los setenta; me miraba con una sonrisa amplia.

―Sí.

―¡Oh, qué bien! ―dijo con exagerada alegría―. No esperaba encontrarle tan pronto.

El comentario estaba un poco fuera de lugar puesto que había tocado el timbre de mi casa, pero no dije nada, solo alcé las cejas de manera interrogativa.

―Mi nombre es Lucía Vannoni, acabo de llegar desde Lisboa y me gustaría tener una conversación con usted, ¿es posible?

―Depende ―dije. Aunque la mujer decía venir de Portugal, se notaba, claramente, su acento italiano.

―Busco información del «signore» Claudio Fabricio Nevi ¿Lo conoce?

―¿Al capitán?, ¡claro que lo conozco! ¡Somos amigos! ―Al oír el nombre no pude evitar un ligero sobresalto; hacía mucho tiempo que no lo veía―. ¿De qué se trata?

―¿Puedo pasar?

―¡Sí!, perdone. ―No había caído en la cuenta de que, con mi cuerpo, bloqueaba la puerta y a ella la mantenía en el pasillo. Me aparté―. Pase por favor. Hablaremos en la terraza― . De inmediato la precedí a través del salón que relucía como un pincel gracias a un ataque de orden que me había dado por la mañana y la hice sentar en el sillón de las mejores vistas.

―Tiene una casa preciosa ―comentó impresionada―. Aquí no debe aburrirse.

―Realmente, no tengo tiempo de aburrirme ―contesté y, enseguida, procuré ir al grano. Estaba impaciente por saber qué era lo que relacionaba a aquella bella mujer con Claudio de cuya vida privada sabía poca cosa―. Bueno, ya puede decirme de qué se trata.

Lucía Vannoni me miró durante un momento, como si tuviera que encontrar las palabras apropiadas en una lengua que, aunque la dominara a la perfección, no era la suya. Yo lo comprendí y le di su tiempo.

―Antes ―comenzó―, cuando mencioné el nombre del «signore» Nevi usted lo llamó «capitán» eso me produjo una gran alegría. Porque, en efecto, la persona que busco es el capitán de un bergantín italiano desaparecido hace tiempo: «Il Gabbiano». Es evidente que usted lo conoce.

―Sí, puede decirse que nos une una buena amistad.

―Bien, entonces, seguramente sabrá que el capitán Nevi, hace algunos años, sufrió un motín en estas mismas aguas mientras transportaba una valiosa carga. Lamentablemente lo hacía con una tripulación indecente. Lo sabía porque la había reclutado personalmente, pero era un hombre duro y siempre creyó que podría dominarla mediante una férrea disciplina; se equivocó. Aquella gente era muy ambiciosa y carecía de escrúpulos. Se sublevaron en plena noche tentados por el valor de la mercancía y se hicieron con la nave. Apresaron al capitán mientras dormía y, sin ningún miramiento, después de golpearlo lo arrojaron al mar. Neví viajaba con su mujer. A ella la retuvieron para divertirse. Pensaron que, después de un asesinato, cualquier otro crimen carecía de importancia. ―La mujer se detuvo un instante pero yo necesitaba saber más.

―Ya, pero por favor, continúe. ―Un nudo de angustia se me estaba formando en la boca del estómago.

―La esposa del capitán, sin embargo, era menos dócil de lo que suponían aquellos canallas. Algunas millas más adelante cuando, después de dormir la mona, sin la cual difícilmente hubieran llevado a cabo su hazaña, quisieron abusar de ella pero esta se liberó de sus captores y se arrojó a las aguas.

―Entonces, él no sabe que ella ha muerto.

―Yo no creo que lo sepa, pero era una pareja muy unida y se conocían bien de modo que lo debe suponer; también ella tenía su carácter.

―Tal vez por eso, mi amigo es tan reservado; lleva un drama clavado en el alma ― acoté―. Y, ¿qué pasó con el barco? ¿Los atraparon?

―No, «Il gabbiano» desapareció con todo el cargamento. Se especuló con que se lo hubieran tragado las aguas porque nunca más se tuvo noticias de él. Los clientes esperaron en vano a que alguien diera explicaciones, pero al fin se cansaron. Las compañías aseguradoras acabaron por asumir las pérdidas. La naviera de Nevi, a pesar de todo, cayó en desgracia y también tuvo que cerrar sus puertas.

―¡Vaya desastre! Claudio debe desconocer todos estos detalles, pero se sentirá culpable. Y ahora ¿qué?

―¿Ahora? Pues, ahora viene lo más difícil de explicar. El barco acaba de aparecer en Lisboa con la carga intacta, pero sin tripulación. A nadie le importa mucho lo que sucedió a bordo durante todo este tiempo. Se especula con que los hombres se han matado entre ellos y el bergantín ha quedado a la deriva como un buque fantasma. Como usted comprenderá, en cuanto se supo la noticia, las aseguradoras se movilizaron de inmediato para demostrar que los pagos habían sido improcedentes.

―Y es aquí donde aparece usted, ¿verdad?, señorita Vannoni ―la interrumpí. Después de estos comentarios daba por sentado que ella investigaba para alguna de estas compañías.

―«Signora», si no le importa ―me corrigió. Su simpática sonrisa se amplió como una disculpa por la acotación―; estoy casada. Y en cuanto a lo que dice, le aclaro que no represento a ninguna compañía, si es eso lo que insinúa, he venido a verle por mi cuenta.

Yo la miré con suspicacia. Era una mujer muy rápida e inteligente. Su delicada apariencia no me engañaba ni por un momento ya que parecía poseer una fuerte personalidad.

―Entonces, ¿qué hace aquí? Que yo sepa, ni Nevi ni yo hemos establecido contacto alguno con «Il gabbiano». ¿Cómo ha llegado hasta mí?

Lucía Vannoni, no se inmutó. Por el contrario, como si esperara mi deducción, introdujo una mano en la cartera y sacó un sobre transparente en el que solo se veía una pequeña tarjeta blanca.

―Por esto ―dijo, extendiéndome la bolsita sin abrirla―, es suya ¿verdad?

En efecto era una tarjeta personal de las que yo me había hecho imprimir con mi nuevo domicilio. Detrás de mis señas tenía escrito de mi puño y letra un breve mensaje: «Claudio, te dejo mi nueva dirección; un abrazo, Eduardo». La miré incrédulo.

―Sí, es una tarjeta mía. Se la dejé al capitán un día que fui a buscarle. ¿De dónde la ha sacado?

―La encontré en un camarote de «Il gabbiano».

Tardé un par de segundos en calibrar lo que acababa de escuchar. Aquello no encajaba en mis razonamientos.

―¿Usted? Eso quiere decir que ha estado en el barco desaparecido. ¿Pertenece, acaso, a las autoridades portuguesas?

―No, ya le dije que estoy haciendo esto por mi cuenta. Yo subí abordo del bergantín en una de las visitas posteriores, no viene a cuento que le diga cómo, y una vez allí, encontré la tarjeta y me la quedé.

Un montón de dudas me surgieron de inmediato.

―De acuerdo, pero ¿cómo llegó mi tarjeta hasta ese sitio?… ―En mitad del razonamiento mi mente tropezó con una idea descabellada. Vacilé. Tal vez «Il gabbiano», en su deriva, había regresado a las costas españolas y mi amigo, siempre alerta, se había vuelto a embarcar. Era absurdo pero no imposible. Su impaciencia por reencontrarse con su mujer lo justificaría todo. Eso aclararía, además, lo precipitado de su desaparición. Tal vez… Todo eran conjeturas y mi cabeza se estaba armando un pequeño lío. La señora Vannoni me arrancó de estas especulaciones.

―«Signore» Fuentes, ¿cuánto hace que usted no ve al capitán?

Los pensamientos de la mujer parecían correr paralelos a los míos.

―Seis meses, más o menos. Por entonces vivíamos en El Campello, una pequeña localidad cercana. Volví a buscarlo varias veces después de la desaparición, pero cuando me convencí de que ya no volvería, dejé correr el tiempo. Luego me trasladé de domicilio…

Mi comentario sonó a justificación.

―¿No quiere averiguar si se ha equivocado y la ausencia solo ha sido temporal? Si su amigo ha regresado no tiene cómo ponerse en contacto con usted puesto que la tarjeta la tengo yo.

La italiana me estaba tentando para que volviese al pueblo y, seguramente, querría que la llevase conmigo. No era una buena idea pero no quise darle demasiadas vueltas.

―Señora Vannoni, sé lo que está intentando conseguir y no me parece mal. Mañana es domingo; pensaba dedicarlo a sacar algunas fotografías por los alrededores pero, realmente, me da lo mismo que sean del puerto de Alicante o de los agrestes acantilados de mi pequeña ciudad. ¿Quiere venir conmigo? Solo será un paseo y, a lo mejor, averiguamos juntos qué es lo que está pasando. Lo peor que puede sucederle es que la utilice como modelo.

Lucía Vannoni no se hizo rogar. Distendió la deliciosa sonrisa que ya le conocía e inclinó la cabeza con un mohín gracioso. Era lo que estaba esperando de modo que contestó:

― ¡Desde luego, «signore»!, «sarà un piaccere».

2

Entre las playas de San Juan y mi pueblo, El Campello, a unos treinta minutos del puerto de Alicante, existe una franja curva de arena fina que abraza varios kilómetros de mar. Un sitio poco poblado. A un lado tiene una avenida de aceras anchas con bancos de piedra y palmeras y, al otro, el agua mansa del Mediterráneo. Durante todo el año, mientras la luz del día o de la luna permite distinguir el borde oscuro del suelo mojado, mucha gente la recorre de extremo a extremo viendo ensombrecerse el horizonte. Allí vi por primera vez al capitán Nevi. Desde lejos me llamó la atención su figura erguida avanzando hacia mí con paso marcial vestida con camisa blanca abotonada y pantalón oscuro. Iba descalzo. Llevaba la cabeza cubierta por una vieja gorra marinera echada un poco sobre los ojos. Debajo se le veía un pelo rebelde y entrecano. Le calculé unos cincuenta años aunque tal vez fueran menos porque la barba lo envejecía. Caminaba a buen ritmo y, cada pocos metros, se giraba para observar el horizonte.

― ¡Buenas tardes! ―le dije cuando nos cruzamos la primera vez, pero, ni esa tarde ni ninguna otra hasta que nos hicimos amigos, conseguí que me devolviese el saludo. Era como si no me oyera o, peor aún, como si yo fuera parte del paisaje y ni siquiera notase mi presencia.

Un día, sin embargo, al anochecer, mientras fotografiaba los preparativos de un grupo de jóvenes que se disponía a pasar la noche de San Juan alrededor de una hoguera, noté su presencia junto a mí.

―¡Hola! ―dije, extrañado al ver que me observaba con cierta porfía―, estos chicos parece que se la están buscando.― Yo sabía que el fuego estaba prohibido en aquel sitio, pero el capitán no me miraba por eso sino porque, de pronto, había caído en la cuenta de que existía.

― Yo lo conozco a usted ―afirmó sencillamente―, lo he visto por los acantilados fotografiando a las gaviotas.

El comentario me causó gracia. Sobre todo porque me sonó sincero.

―Es posible ―comenté―. La fotografía es parte de mi trabajo y me meto en todas partes. Yo también lo conozco a usted. ―El hombre alzó las cejas extrañado.

― ¿Si? Bueno, tampoco me extraña. Suelo andar mucho por la costa y nos habremos cruzado más de una vez. ―No me pareció oportuno decirle que, desde hacía semanas, nos cruzábamos todos los días. Lo que sí hice fue tenderle mi mano.

―Me llamo Eduardo Fuentes, soy reportero gráfico.

―Encantado, yo soy el capitán Claudio Fabricio Nevi.

―¿Capitán?, qué bien, ¿su barco está aquí, en el puerto de Campello?

―No, está navegando.

La respuesta me pareció insólita. Tenía entendido que los barcos solo se movían bajo las órdenes de un capitán, pero me abstuve de hacer comentario alguno. No entiendo nada del asunto. Lo miré a los ojos por si descubría algún signo de burla que mereciera una réplica, pero su gesto era impasible. Los muchachos de la playa, por alguna razón, nos observaban divertidos. Me pareció que los chicos estaban con ganas de guasa de modo que, antes de que se metieran con nosotros, disparé un par de fotos como dando a entender que no me interesaban sus preparativos y le dije al capitán que me marchaba.

―Seguramente nos veremos en otro momento, señor Nevi…

―Seguramente ―contestó lacónico, pero no se apartó sino que, por el contrario, se puso junto a mí con la clara intención de acompañarme. Supuse que tenía ganas de seguir hablando de modo que lo acepté de buen grado. Me resultaba un tipo curioso e interesante. Anduvimos juntos un buen trecho. Se había echado una mano al bolsillo y parecía rumiar sus pensamientos mientras caminaba a mi lado silencioso y elástico como una sombra. Una vez más, advertí su manía de volver el rostro cada pocos metros.

―Una magnífica noche para pasear ―dije con ganas de abrir la conversación―, ¿de dónde es usted?

Se volvió a mirarme. Sus ojos grises se clavaron en los míos como si me viese por primera vez y, por un momento, pensé que no me había entendido.

― Nací en Italia ―contestó por fin―, en Nápoles, pero he viajado tanto que ya no sé de dónde soy realmente.

― ¡Ah!, italiano ―comenté como un idiota―, magnífica tierra. Yo he viajado a Roma un par de veces y hace poco estuve en Sicilia. Me parece un país fascinante.

― Sí, es verdad, siempre se ha dicho que Italia es una tierra seductora, un lugar ideal para el amor donde todo se confabula en favor de los sentidos: el aire, la luna, las estrellas… por eso todo es tan visceral en mi país; porque se pierde la cabeza y las sensaciones gobiernan el alma. Es parte de su encanto. Todos los misterios tienen cabida en mi tierra, amigo mío; lo raro es que todavía exista. Italia tiene alma de superviviente. ―Aquellas reflexiones no las esperaba, y menos  tan pronto.

A medida que nos acercábamos a las primeras edificaciones de la ciudad donde las luces del paseo marítimo invadían el litoral, el capitán me resultaba cada vez más desconcertante. Parecía, a la vez, un soñador y un sabio.

― ¿Vive usted en el pueblo? ―me preguntó de repente.

― No ―contesté―, tengo una casa alquilada a unos ocho kilómetros de aquí; en Pueblo Acantilado.

― ¡Oh, qué bien!, somos casi vecinos. Yo vivo al final de la Coveta, un poco más al sur.

 ―Ya― dije; conocía el sitio. Era una larga y complicada urbanización costera con calles en pendiente de trazado tortuoso y llena de recovecos en los que era muy fácil perderse. Su nombre real era Coveta Fumá. En efecto, acababa muy cerca de mi casa, pero nos separaban casi quinientos metros de acantilados abruptos imposibles de salvar excepto dando un enorme rodeo, era terreno salvaje. Sin embargo dije ―: Es verdad, estamos cerca.

En aquel momento llegábamos al sitio donde yo tenía estacionado mi coche y era el momento de separarnos. Por cortesía me ofrecí a acercarlo hasta la Coveta, pero se negó en redondo; dijo que prefería seguir andando; yo no quise insistir.

Después de aquella tarde, volví a encontrarle en la playa un día sí y otro también durante más de tres meses. La situación había cambiado radicalmente, ahora, no solo nos saludábamos sino que, en muchas ocasiones, cambiábamos el rumbo de nuestras caminatas para sentarnos en el parapeto del paseo marítimo a descansar o a beber un botellín de agua fresca. Hablábamos mucho. Siempre tenía alguna historia que contar y, de continuo, traía a colación su bella Italia o alguno de sus viajes a bordo de su amado bergantín. Yo, a mi vez, le contaba sobre mi trabajo de campo y le mostraba las innumerables fotografías que guardaba en mi cámara digital. Todo le llamaba la atención.

Una tarde, por fin, me reveló el secreto de su barco. Me dijo que se llamaba «Il gabbiano» (la gaviota en su lengua natal), y que, según él, vagaba por el Mediterráneo sin capitán.

―Y, ¿cómo es eso? ―No pude menos que preguntar.

―Es una historia corta, amigo mío. Una noche de tormenta, mientras dormía, la tripulación se amotinó. Llevábamos una buena carga. Después de golpearme y de darme por muerto, la canalla me arrojó al mar como si fuera un lastre. Casi a nadie le importó mi suerte o, al menos eso creo. El oleaje me alejó del barco y desaparecí en la oscuridad, supongo que la marea se ocupó de traerme hasta estas costas y aquí estoy desde entonces. Hace años que espero noticias. A bordo dejé el más preciado tesoro que jamás pueda merecer un hombre como yo: mi mujer, la mujer que representaba toda mi vida. ―Mientras hablaba entrecerraba los ojos y apretaba con rabia las mandíbulas. Era evidente que se sentía culpable de la tragedia―. Pero jamás he perdido la esperanza de volver a verla.

Después de aquella confesión, como si se arrepintiese de haberla hecho, se levantó del murete donde nos habíamos sentado y se marchó sin despedirse.

 Fue la última vez que lo vi. En vano esperé que volviésemos a cruzarnos. Lo busqué en cuanto rincón habíamos frecuentado juntos hasta que llegué a la conclusión de que, o bien había decidido cambiar de aires o bien no estaba interesado en que mantuviésemos relación alguna. Para colmo, todo esto coincidía con mi precipitado cambio de domicilio. Me habían pedido la casa y tuve que dejarla de modo perentorio.

El último día de mi estancia en el pueblo hice un último intento por encontrarle. Sabía, poco más o menos, dónde vivía y cómo hacer para acceder a su casa. De modo que fui hasta el final de la Coveta, crucé la vaguada a pie y ascendí más de la mitad del sendero que llevaba a la cima del más alto de los  acantilados. Allí un madero atravesado indicaba claramente que no debía seguir. En realidad tampoco estaba muy seguro de que quería hacerlo de modo que saqué una tarjeta, escribí unas líneas y se la dejé incrustada en una grieta antes de volver sobre mis pasos.

Eso fue todo; luego me olvidé de Claudio.

3

La señora Vannoni llegó puntual a las diez de la mañana precedida por la estridente sirena de un crucero de lujo que se despedía del puerto. Por el ventanal de la terraza se filtraba, rasante, un sol que desleía más de la mitad del salón. Todo, desde el aire salitroso que impregnaba cuanto había a nuestro alrededor hasta el brillo lejano y neblinoso de las olas presagiaba un día abrasador. La mujer, parecía tan contenta como cuando supo que yo era la persona que figuraba en la tarjeta. Se presentó ante mi puerta vestida de primavera. Llevaba una camiseta pintada a mano con colores vivos y unos cómodos pantalones ajustados ideales para el ascenso al acantilado tal como yo le había sugerido. Confieso que su belleza me alteraba un poco el pulso.

―Buenos días «signore», ya estoy aquí. Nos marchamos cuando quiera.

―En cuanto recoja mi cámara ―dije mientras buscaba la llave de mi coche. Por alguna razón, me pareció inapropiado subir a aquella mujer en mi viejo Calibra.

―Estoy ansiosa por comprobar mi corazonada. Algo me dice que encontraremos a su amigo esperándonos tan tranquilo.

―Ojalá, yo también tengo ganas de verlo.

Salimos de mi apartamento con el talante ideal para aquella pequeña excursión. Sin embargo, al salir del ascensor e introducirnos en el coche, el rostro de la señora Vannoni estaba demudado. Blanca como un papel, parecía a punto de perder el sentido.

―¿Le sucede algo? ―pregunté alarmado―. Sé que mi coche no es un «Maserati», pero tampoco es para ponerse así. ¿Qué ocurre?

―Nada. Es que padezco claustrofobia; los ascensores rápidos y los lugares pequeños me producen vértigo. No me haga caso. Vámonos cuanto antes.

Instintivamente deseché la carretera principal y enfile confiado por el camino de la costa que pasa cerca del faro. Tenía la esperanza de que, a la vista del mar, de las urbanizaciones de lujo y de las pequeñas playas repletas de bañistas le volviera el alma al cuerpo. Afortunadamente, no me equivoqué. Durante los primeros quince minutos del trayecto, la señora Vannoni había permanecido en silencio mirando hacia el exterior, pero de pronto, cuando desembocamos en un tramo de mar abierto, preguntó:

― ¿Esta es la playa de San Juan?, «¿Giusto?».

― En efecto, veo que ha hecho los deberes. Lo ha visto en internet, ¿verdad?

― ¿Dónde? No sé qué es eso ―dijo con su bella sonrisa dando a entender que ya estaba repuesta del todo―. Lo estuve viendo en una gran fotografía que cuelga en el hall del hotel. Una imagen increíble que abarca toda la bahía hasta las costas de Benidorm. Seguramente fue sacada desde un avión.

―Vaya, veo que ya es otra vez usted. Me había llegado a preocupar. ―En ése momento pasábamos frente al lugar en que, muchos meses antes, mi amigo se me había acercado por primera vez―.  ¡Mire! ¿Ve aquel sitio junto a los surtidores de agua?

―Sí.

―Allí conocí al capitán. Toda esta playa era nuestro terreno de intercambios. Aquí nos contábamos nuestras cuitas…

Ya más aliviado dejé atrás la zona de la playa sin dejar de hablar sobre las anécdotas del capitán, atravesé El Campello, me interné en los vericuetos de la Coveta Fumá hasta llegar al borde de la profunda vaguada que nos separaba de los acantilados y aparqué junto al camino.

―Bueno, señora Vannoni, ya hemos llegado, ahora tenemos que andar. Debemos atravesar esa hondonada y subir por aquel sendero que se ve al otro lado. Si nuestro capitán anda por aquí nos verá y bajará a nuestro encuentro. Caso contrario nos tocará llegar a la cima. ¿Está dispuesta?

―Dispuesta, totalmente.

―Adelante, entonces, usted primero.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos solo se oyó el ruido de nuestros pasos, el rodar de algunos guijarros y el golpe incesante de las olas contra las abruptas piedras de la costa. Las gaviotas revoloteaban silenciosas sobre nuestras cabezas. Algunas lanchas motoras, a lo lejos, dejaban surcos de espuma sobre el azul profundo del mar mientras Lucía Vannoni ascendía a buen ritmo. Yo estaba acostumbrado a andar y estaba seguro de que la mujer se cansaría antes, pero su resistencia parecía no tener límites. Tardamos casi una hora en alcanzar la cima; allí no había nada. Solo una planicie yerma con matojos y rocas y alguna pequeña ruina de tiempo inmemorial. Las lagartijas campaban a sus anchas.

Yo miré a Lucía con desconcierto; no esperaba aquel panorama. Por lo que Claudio me había contado, habitaba aquel sitio desde hacía varios años, pero allí no había vestigios de tal cosa. La roca pelada, los arbustos crecidos, el polvo fino acumulado por el viento eran fieles testigos del discurrir del tiempo sin que nada extraño a su propia naturaleza lo hubiese alterado con su presencia. Sin embargo, la señora Vannoni, ajena completamente a estas claras trazas de ausencia de la persona que estábamos buscando, comenzó a llamarlo.

―¡Claudio!, ¡Claudio!

Por un momento pensé que la decepción o el cansancio la habían trastornado, pero no me daba esa impresión. Se movía como convencida de que el capitán estaba allí, escondido en alguna parte. Yo la miraba fascinado. Verla ir de un lado para otro, casi corriendo, después del ascenso al acantilado me parecía una muestra inequívoca de su interés por mi amigo.

―¿Claudio!, Claudio!

 De pronto lo vi emerger del borde mismo del precipicio. Primero la gorra, inconfundible, luego la cabeza y el torso con su eterna camisa blanca, agarrándose  a las piedras para no caerse y por fin el resto ágil de su cuerpo dispuesto a avanzar hacia nosotros.

―¡¿Lucía?!, ¿eres Lucía?

―¡CLAUDIO!

No hacía falta mucho más para entender que aquellas expresiones marcaban la culminación de una búsqueda largamente deseada. Ambos parecían radiantes. Corrieron el uno al encuentro del otro hasta fundirse en un apretado abrazo que no necesitaba ninguna explicación. Era el abrazo largamente anhelado de dos amantes. Los besos precipitados, las caricias, las risas contenidas, los sollozos se sucedían sin interrupción sin dar la menor importancia a mi presencia de «convidado de piedra» relegado al papel de simple espectador. Mi desconcierto fue grande y, al principio, no supe qué pensar. Sin embargo, a medida que transcurrían los minutos, asumía mi propia parte de la culpa en la ignorancia. Yo no había preguntado o no había sabido sacar las conclusiones adecuadas; ¿Para qué? ¿Por qué? Eran preguntas casi obligadas que, tal vez sí o tal vez no, me hubieran aclarado la índole de aquella relación que había dado por inexistente. Después de los primeros instantes de desconcierto, dejándome llevar por una arraigada deformación profesional, hice lo que mejor sé hacer, comencé a documentar aquel encuentro desde todos los ángulos imaginables. Al menos, pensé, que mi presencia sirva para algo. Se habían sentado a la sombra de un viejo muro de piedra y conformaban una bella estampa. Después de un rato fue Claudio quien me pidió que me aproximara.

―Acérquese, Eduardo, quiero presentarle a mi esposa. ―Aún tenían que seguir sorprendiéndome.

―¿Su esposa?, vaya. Tenía entendido que ella había fallecido trágicamente en el mar. ―Parecía evidente que aquel no era mi día.  Por una parte me alegraba de haber interpretado mal las explicaciones de la mujer en nuestro primer encuentro, aunque, por la otra, me dolía que no me hubiese sacado del error. Al escuchar mis palabras, ambos cruzaron una mirada y fue Claudio, nuevamente, quien tomó las riendas de las explicaciones. Su cara se veía feliz y los ojos le brillaban con luz propia.

―Le debo muchas explicaciones, querido amigo ―comenzó―, usted se las merece. En todos estos meses le he cobrado aprecio y ahora que mi espera ha terminado no puedo menos que aclararle algunas cosas que he omitido adrede.

Me extrañó aquella manera solemne de encarar las aclaraciones, pero no dije nada y me senté en una piedra frente a ellos dispuesto a escuchar una historia que prometía ser interesante. El sol del mediodía caía a plomo y la brisa había cesado por completo. El capitán me miró fijamente antes de empezar.

― ¿Recuerda nuestra última conversación? ¿Recuerda que le dije que jamás perdería la esperanza de volver a ver a mi esposa? Pues bien, al cabo de algunos días, desde este mismo sitio, divisé mi barco. Al principio dudé, como tantas otras veces, pero pronto tuve la certeza de que, efectivamente, era «Il gabbiano» y no me lo pensé dos veces; junté mis pocas pertenencias y salí en su busca. Yo sabía que estaba a la deriva. He oído muchas leyendas sobre sus apariciones: frente a Sicilia, en las costas de Cerdeña, en las islas Baleares… solo era cuestión de esperar, estar atento y de contar con la suerte. El conocimiento de las corrientes marinas fue muy importante para mantener la confianza. Usted debe saber, amigo mío, que el Mediterráneo es como una gran bañera en la que las aguas giran sin cesar en inmensos remolinos pero siempre son las mismas. Yo necesitaba regresar para conocer lo sucedido. Lo alcancé esa misma noche.

―¿Cómo lo ha hecho? Que yo sepa, usted no disponía de medios para llegar hasta un barco en alta mar. ―La pareja volvió a mirarse.

―Es verdad lo que dice, pero déjeme que se lo cuente a mi manera, después juzgará usted mismo. ―Carraspeó antes de continuar―. Como digo, abordé mi propio barco y me encontré con un panorama desolador: media arboladura inutilizada; vergas  y jarcias podridas, el palo mayor sin juanete y el trinquete sin el velacho, pero, aún así, supe que era gobernable. Cuando revisé la carga vi que no se había movido ni un clavo de su sitio. Con este panorama, de inmediato, supe que debía entregar la mercancía aunque ya no sirviese para nada; se me hizo una cuestión de honor. Si «Il Gabbiano» había navegado tanto tiempo unos meses más no significaban nada.

― ¿Usted solo? ― interrumpí.

― Sí, yo solo. Me sobraba pericia y voluntad. Al fin y al cabo éramos dos reliquias del pasado que nos entendíamos a la perfección. Me multipliqué por diez; fijé el rumbo con las cartas marinas que aún estaban en mi camarote, reparé buena parte de los desperfectos y emprendí la marcha. No fue sencillo, se lo aseguro, pero tampoco es tanta la distancia hasta Portugal como para considerarlo una proeza. Aunque parezca mentira ahí tiene el resultado: en dos semanas fondeé en Sao Paulo. Todo lo demás lo hizo la guardia costera.

―Y ¿Cómo se le ocurrió lo de mi tarjeta?

―Ja, ja, ja, eso fue una improvisación, de no haberla tenido hubiera escrito una carta para Lucía, pero no hizo falta, la encontré en mi bolsillo y la utilicé para dejar un rastro. Como nuestra tripulación nunca había sido de fiar, ella y yo nos habíamos inventado un escondite dentro de nuestro propio camarote para guardar el dinero así que recurrí a él para dejar la tarjeta. Sabía que cuando Lucía volviese al barco la encontraría.

―¿Tan seguro estaba de que volvería?

―Completamente. Sabía que en cuanto se conociese la novedad se pondría en camino; en Roma todo se sabe. Las primicias se mueven a velocidad de vértigo y la aparición de «Il gabbiano», después de ciento diecinueve años, iba a ser imposible de ocultar. .. ―Soltó lo de los años con toda premeditación.

― ¡¿Cuántos?! ―reaccioné―. Bromea, ¿verdad?

―No, no bromeo, amigo mío, dije ciento diecinueve años ―respondió muy serio―, el tiempo que, Lucía y yo, llevamos muertos.

No supe qué decir. El comentario me sonó a chiste aunque el rostro de la pareja no reflejara ningún signo de que lo fuese. El capitán pretendía decirme que estaba conversando con dos seres venidos del Más Allá. Un auténtico disparate. De todos modos decidí seguirle la corriente y esperar el desenlace.

―Eso viene a significar que ustedes rondan los ciento treinta años, ¿verdad? ―Puestos a fantasear me sentía capaz de sacar cualquier conclusión que avalase la teoría de la eternidad. La pareja me miraba fijamente.

―Sí, poco más o menos ―dijo ella con expresión divertida.

―No cree nada de lo que acabo de decir ―afirmó Claudio de pronto sin dejar de observarme―. Pero sepa, amigo mío, que es usted un privilegiado. Hay muchos como nosotros que vagan por el mundo en espera de completar algún objetivo inacabado. El nuestro era reencontrarnos. El que fuera capaz de verme significó una sorpresa para mí y resultó una ayuda inestimable para traer a Lucía hasta este lugar. Solo por eso le estoy infinitamente agradecido.

―Con toda la eternidad por delante se habrían encontrado de todas maneras ―razoné con sorna―. Lo hubieran hecho de la misma manera que tropezó con su barco.

―Probablemente, pero hasta ahora no sucedió. El tiempo y las distancias no son nuestro problema y podíamos haber vagado toda la eternidad sin coincidir jamás.

De pronto no me sentí con ganas de seguir aquella conversación, era evidente que el capitán se burlaba de mí y de que su mujer lo secundaba. Me sentí un idiota.

―En fin, mis queridos amigos, vivos o muertos, dicen en mi tierra que a buen entendedor pocas palabras le bastan; supongo que querrán estar a solas. Me alegro infinitamente de haberles sido de utilidad y creo que lo que me falta por saber no tiene mayor importancia. Les deseo toda la felicidad del mundo y regreso a Alicante «Ho lasciato il cibo sul fuoco». (He dejado la comida en el fuego).  Supongo, señora, que usted no regresará conmigo…

―No, no regresaré, «signore», y tampoco creo que volvamos a vernos.

― Siento oír eso. ¿Vuelven a Roma?

―No, no lo creo. ―contestó Lucía, enigmática, mirando a su marido antes de ponerse de pie para darme un beso―. Le agradecemos cuanto ha hecho por nosotros. Que Dios lo bendiga.

Claudio me dio un abrazo.

―Cuídese mucho, amigo mío.

―Ustedes también.

Los dejé junto a las ruinas tomados de la mano y emprendí el regreso. No volví la cabeza ni una sola vez. Una fuerte congoja se había adueñado de mi ánimo y, por primera vez, tuve la sensación de que toda aquella fantástica historia podía ser verdadera. Preferí mantenerme en la ignorancia.

EPÍLOGO

Llueve sobre Alicante; otra vez es sábado. Sentado en el sillón de las mejores vistas veo el mar a través de una espesa cortina de agua y siento la misma sensación de vacío que he arrastrado durante toda la semana. Abajo, los mástiles inquietos de las barcas niegan mis incertidumbres. La voz de Pavarotti me llega acusadora desde el salón:

«! Mentre preso dal delirio,

non so più quel che dico,

e quel che faccio!

Eppur è d’uopo, sforzati!

Bah! sei tu forse un uom?

Tu se’ Pagliaccio!» («¡Mientras preso del delirio, no sé ya lo que digo ni lo que hago! Y sin embargo, es necesario… ¡esfuérzate! ¡Bah! ¿Acaso eres tú un hombre? ¡Tú eres payaso!»).

Cuando me acerco al bar para servirme, ensombrecido, una medida de Whisky, no puedo menos que sentirme triste. Miro, por enésima vez, las fotos captadas por mi cámara durante la visita a los acantilados; fotos bellas sí, pero sin vida, vacías, con primeros planos que parecen ocupados ex profeso por rocas yermas y ruinas desiertas. Ni siquiera constituyen un recuerdo. Tal vez sea eso lo que me entristece. En ese momento alguien desliza por debajo de mi puerta un sobre blanco que, por alguna razón, me sobresalta y me hace correr para ver de qué se trata. El pasillo está desierto y silencioso. Con el sobre en la mano vuelvo al bar. Sentado en el taburete descubro que contiene una vieja estampa en color sepia ajada por el tiempo en la que Claudio y Lucía, con los trajes de boda de su época, parecen decirme adiós desde el puente de mando de «Il gabbiano». Un íntimo saludo a través del tiempo. De pronto algo en mi interior da una vuelta de campana y, en la distancia, escucho la voz de mi amigo, confundida con el sonido alegre de la lluvia, llamándome «privilegiado».

Anuncios
 

Los comentarios están cerrados.

 
lascosasqueescribo

Encontrareis relatos, micros, poemas y otras curiosidades

La lengua arrancada

Diánoia: Escribo como si hubiera con quién dialogar.

Zenaida Wheels

Movimiento y relato

corazón de semilla

la educación libre en Gran Canaria

Tinta en las grietas

Montse Espinar

Las plumas del mochuelo

Relatos ilustrados de Felipe Grisolía

Lulibelula's Blog

Un segundo de vida... digital

A %d blogueros les gusta esto: