
A ti, reina inclemente que despacio
me doblegas con mano caprichosa.
A ti, rotunda y excesiva diosa,
que ordenas de mi tiempo cada espacio.
A ti, brutal deidad, no me doblego,
aunque de tu poder tan fácil presa
sean mi senectud y mi cabeza,
porque quiero ganar tu propio juego.
Jamás habré de darme por vencido;
resistiré mientras un sueño tenga
y este fuego conserve enardecido.
porque no hay fuerza que mi voz detenga
en tanto que la letra que he elegido,
sucedida mi muerte, se sostenga.
