El juicio de los espejos

Nadie discutía que Amanda Blake fuera una leyenda. Una carrera impecable, decenas de premios y un Óscar en su vitrina habían hecho de ella, en Hollywood, una criatura destinada a la adoración. Su rostro estaba en todas partes.

Vivía rodeada de espejos. En su mansión las lunas eran altares dorados, solemnes, creados para el único fin de reflejarla a ella.

Cada mañana recorría la casa demorándose ante su propia imagen. No solo comprobaba la armonía de sus facciones; en cada reflejo buscaba a la mujer que había logrado construir con años de oficio y numerosos pactos con la vanidad.

Hasta que, un día, algo pareció romperse.

Mientras se preparaba para una entrevista ante su luna favorita, una línea sutil junto a la boca y una ligera sombra bajo los párpados llamaron su atención. Ella les quitó importancia. Pero en los días siguientes otros pequeños detalles acabaron por inquietarla.

«Será el espejo», pensó y mandó que lo cambiaran. Sin embargo, el nuevo cristal persistió en mostrarle aquellos imperdonables fallos.

En el fondo, Amanda sabía que no eran los espejos los que mentían y por eso mismo mandó ajustar las luces, cambió algunas marcas de su maquillaje y alteró varias de sus rutinas de belleza.

Pero ya nada volvió a ser lo mismo.

Fue en aquel momento cuando decidió construir la sala de los espejos, un recinto donde pudiera verse reflejada desde todos los ángulos posibles. Una decisión extrema, casi desesperada.

Y a partir de entonces comenzó a pasarse largas horas tratando de identificar las señales de lo que ella misma consideraba el principio de un declive.

Allí comprendió que los espejos ya no celebraban su belleza. Que ya no despertaban su plena alegría. Que en ocasiones, tras la fugacidad de un parpadeo, le devolvían la imagen de una mujer desconocida.

Entonces sintió miedo por primera vez.

Miedo a desaparecer.

Miedo al olvido.

Hasta que una noche, mientras permanecía absorta delante de uno de aquellos monstruos implacables, la usurpadora se enfrentó a ella cara a cara.

Era alguien que se le parecía demasiado. Un ser remoto que la miraba a los ojos sin reconocerla del todo. Y no pudo soportarlo.

Su reacción fue violenta.

Con toda la fuerza de su desesperación, estrelló una banqueta contra la imagen, haciéndola estallar en mil pedazos. Y una lluvia de cristales se le vino encima.

Pero eso no la detuvo.

Dejándose llevar por la furia de su propia reacción, descargó otro golpe y luego otro y después muchos más. Las lunas que la rodeaban fueron cayendo una tras otra. Los fragmentos volaron a su alrededor como si quisieran defenderse de los golpes.

Algunos se le clavaron en los brazos. Otros le arañaron el rostro.

Pero Amanda siguió golpeando, golpeando y golpeando hasta que se le acabaron las fuerzas…

Entonces cayó de rodillas.

De las manos y las mejillas le brotaban hilos finos de sangre. A su alrededor se extendía un paisaje de cristales rotos donde comenzaban a brotar pequeñas flores rojas.

Y desde cada fragmento, el rostro aterrado de la mujer desconocida seguía mirándola.

-o-

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