Evaristo T. Ventura tomó la decisión de viajar después de acabar los trámites de su divorcio. Aún le dolía el alma. Era un hombre de letras, un poeta desengañado, receloso con la inspiración, y escéptico con el arte. De la noche a la mañana, la poesía dejó de significarle una manifestación espontánea del espíritu para convertirse en una mera artesanía intelectual. Las primeras víctimas de tal desencanto fueron: los verbos amar, soñar, sentir y otros de la misma condición.
La metamorfosis no se produjo porque sí, sobrevino durante el tira y afloja del reparto de sus bienes. Allí se puso de manifiesto: la ruindad, la codicia y la sordidez de ciertos aduladores que le rodeaban, engañosamente, exentos de materialismo. Así que, en medio de una realidad circunstancial tomó la decisión extrema de alejarse de su entorno; de Madrid. Y, de paso, tomarse unas vacaciones.La simple posibilidad de poner tierra de por medio fue un soplo de aire fresco. Al instante, le entraron las prisas. Recortó cabos sueltos, dibujó un ambicioso plan de desintoxicación intelectual y con un entusiasmo casi infantil se dedicó a elegir destino. No consultó con nadie.La simple posibilidad de poner tierra de por medio fue un soplo de aire fresco. Al instante, le entraron las prisas. Recortó cabos sueltos, dibujó un ambicioso plan de desintoxicación intelectual y con un entusiasmo casi infantil se dedicó a elegir destino. No consultó con nadie.
Una vieja postal de revista se lo sirvió en bandeja; era la foto aérea de una ciudad enorme apoyada en los límites del mar. Nada especial para cualquiera que estuviese poco motivado. La postal mostraba, más o menos por la mitad, una enorme fortaleza solitaria encumbrada como un símbolo. La imagen encajaba a la perfección con las sensaciones de un poeta: el águila solitaria sobrevolando, altiva, un caos irredento. En nada influyeron las gaviotas ingrávidas ni las embarcaciones de vela que moteaban las aguas del mediterráneo. Evaristo T. Ventura eligió Alicante porque tenía un castillo y, además, un hotel muy alto encaramado como un faro que le espiaba los secretos.
Descendió del taxi frente al hotel “Gran Sol” y miró hacia arriba. El edificio era un formidable tótem; deslucido, pretencioso e impúdico; que imponía a los vecinos sus noventa y siete metros de altura. Desentumeció los huesos. Dejó que el botones sujetara la maleta más pesada; se reservó la otra, la que abultaba menos y guardaba sus tesoros, para si mismo; y entró. El chico lo miró suspicaz.
Evaristo T. Ventura era un hombre de 65 años de edad al que las crueldades del espejo le resultaban indiferentes. Se sabía pequeño de estatura, ligeramente agobiado por culpa del oficio de escribir y endemoniadamente feo en razón de unos rasgos perrunos heredados de un abuelo. Pero estas cosas le importaban poco. Tanto que, por lo mismo, se vestía de cualquier manera ignorando la moda y se tocaba, pertinaz, con una gorra de visera roma que le ocultaba la mirada. Era un observador astuto que ejercitaba como nadie el arte de pasar inadvertido.
Se dirigió al mostrador sin perder detalle y dio su nombre a la recepcionista para quien resultó ser tan desconocido como la teoría del Big Bang. Pidió ver al director. La joven pareció desconcertada, pero él acudió en su ayuda.
—No es para quejarme, señorita, eso viene después, ahora solo deseo presentarme. —Ella no contestó.
Antes de darse la vuelta, esperó a que la joven se marchara. La planta baja del hotel ocupaba una esquina, intersección de una calle con una avenida, que por sus frentes acristalados dejaba ver el tranquilo deambular de los turistas. El vestíbulo carecía de estilo. Su ex mujer y el decorador que la asesoraba, se hubieran infartado con solo pisarlo… Lástima, pensó, no haber viajado con alguno de ellos… o con ambos. Todo a su alrededor lucía inmaculado.