Los hijoputa

Al pobre Julián Eschinka lo acomplejaban los granos.

Y no era para menos.

Desde que había entrado en la adolescencia, su cara se había ido llenando de bultitos rojos rematados en una siniestra punta blanquecina que le desdibujaban las facciones.

Era la época en que le empezaba a crecer el bigote.

No sabía cómo quitárselos de encima, el pobre.

Todos los días, antes de salir para el colegio, se apretaba los que consideraba «maduros» con la intención de paliar sus efectos devastadores. Pero era inútil: lo que conseguía era que en torno a cada pellizco se formara un halo rojo que los resaltaba aún más.

Los compañeros de su clase lo apodaban «El Mazorca».

Lo más curioso del caso de Julián Eschinka era que los granos le habían arrebatado la facultad de pensar. O eso me parece. De otra manera no se explica que el día que se decidió a salir con una chica, les pidiera consejo a esos mismos compañeros.

Con toda la seriedad del mundo, le recomendamos que se frotara la cara con una esponja enjabonada hasta que desaparecieran las puntitas. Después debía darse una buena friega con medio limón.

¡Tenía que estar muy loco para hacernos caso!

–º–

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Felipe Grisolía >>