Marcia

Marcia, a pesar de malvivir en la pequeña celda de un orfanato, era una joven feliz. En su mente se desdibujaba la realidad. Ella creía ser la princesa de un palacio al que un bello príncipe acudía para cortejarla.

El celador conocía aquellas fantasías. De modo que cuando la cogía de la mano para llevarla al jardín, ella se dejaba guiar.

Aquella mente enferma agradecía los paseos. Aceptaba que él la llevase hasta un recóndito agujero de la pared exterior por la que se oían los murmullos confusos de una calle. Era una simple grieta entre las piedras.

Pero no para Marcia.

Porque al llegar a aquel sitio, con un ansia infinita, se aferraba a las piedras, acercaba el rostro y le susurraba palabras de amor. Constantemente posaba los labios en la fría superficie y la besaba convencida de que al otro lado estaba su fiel enamorado. Coqueta, cada tanto, se alisaba el pelo.

El celador, entretanto, se metía entre sus faldas. Con sus caricias prolongaba los momentos de embeleso de aquel imaginario encuentro hasta quedar satisfecho.

Después le alisaba las ropas y preguntaba:

—¿Querrá volver mañana la princesa?

Y ella, con sonrisa soñadora, contestaba:

—¡Sí! ¡Por favor, por favor!…

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