Hasta que me quedé sin chocolate

El día de mi 70 cumpleaños volví a mi barrio después de cinco décadas de ausencia. Me lo concedí como un regalo. Quería recorrerlo de nuevo, volver a los lugares de mi niñez, saborear despacio algunos de mis recuerdos.

Recorrí la calle empedrada que llevaba a mi colegio. Volví a ver a mis amigos, a escuchar el crujido de las hojas bajo las zapatillas, a sentir la mirada precavida de los vecinos clavada en mi nuca, a revivir los juegos infantiles: las pistas dibujadas con tiza para los cochecitos, la pelota de goma, las canicas de barro, los cromos.

Después me recordé furtivo en alguno de los portales ya perdidos, donde robé —o me robaron— los primeros besos de amor adolescente.

Luego busqué, aunque sin suerte, el corazón y la flecha con que juré mi primer amor eterno. También me senté en un banco de mi plaza, allí acaricié las viejas tablas tratando de reconocer alguna de sus grietas.

Y anduve hasta la arboleda donde por primera vez susurré un tímido «te quiero».

Hasta aquel preciso instante en que me quedé sin chocolate volví a ser el de entonces: un pícaro rubito con la boca sucia y los ojos brillantes.

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