
Patricia se echa una camisa sobre los hombros para no andar desnuda por la casa. De madrugada, cuando todos duermen, el piso es una nevera.
Entra en la cocina.
Después de encender la luz, se dirige al armario donde guardan el pan de molde; saca un par de rebanadas.
Unta una con mayonesa.
Encima, extiende una finísima loncha de jamón cocido.
Abre la nevera.
Sus dedos se hunden en un frasco y extraen un pepinillo helado.
Lo corta en rodajas y las ordena con cuidado encima del jamón.
Las comprime suavemente.
En su boca fluye la saliva.
Alguna vez tenía que decidirme, piensa. Estoy harta de privarme de lo que deseo solo por cuidar las formas.
Ahora lo cubre con una loncha de queso fresco y unas rodajas de tomate.
Añade una pizca de sal.
Coloca encima la otra rebanada de pan y entrecierra los ojos un instante.
El aspecto del sándwich la alienta a pecar.
Con aquel manjar regresa al dormitorio y, guiada por la escasa claridad de la ventana, se acerca hasta la cama donde duerme su prima.
—Clara, ¿estás despierta? —susurra— Mira lo que traigo.
—¿Un sándwich? ¿Significa lo que pienso?
—Sí, mi amor, después tendremos hambre…
-o-
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