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El asesinato de la mosca

Siempre he sido una persona paciente y ante circunstancias largas o tediosas he recurrido a algún entretenimiento circunstancial que me ayudara a superar el trance, pero un día condené mi alma a los fuegos del infierno por culpa de este recurso.

Sucedió cuando esperaba a Domingo (Mingo), un chico que vivía frente a mi casa, para ir juntos a jugar al futbol. Mi amigo se demoraba mas de la cuenta. Yo sabía que estaba castigado por algo que había hecho, así que tenía que esperar a que su madre le diera permiso. Comprensivo y solidario, saboreaba mi merienda sin apuro sentado en la acera mientras buscaba con la vista el consabido entretenimiento.

El vuelo impertinente de algunas moscas a mi alrededor atraídas, posiblemente, por el olor a mi dulce de leche, mantenía alerta mis sentidos.

Dispuesto a entretenerme con lo que fuera descubrí en un ángulo de la acera un agujero del que asomaban las patitas de una araña. Enseguida pensé que el repugnante bicho estaba a la espera de que alguna presa confiada se aproximara a su guarida para darse un festín y yo, el justiciero invencible, estaba allí para impedirlo.

Sabía que no era misión fácil sacar a una araña de su cueva. De hecho, en cuanto acercaba la vara que llevaba en la mano al borde del agujero las patas desaparecían. La condenada me tenía controlado.

De pronto se me ocurrió que si alguna de las moscas que me rondaba se acercara lo suficiente, la araña se confiaría y podría sorprenderla. Me puse en marcha de inmediato; esparcí ante el agujero algunas migas del pan embadurnado y me dispuse a esperar el resultado. A la araña no le interesaba en absoluto el dulce, pero las moscas no tardaron en descubrirlo y acudieron sin remedio. Yo miraba embelesado con la vara en alto el perfecto desenvolvimiento de mi plan cuando, de repente, se precipitaron los acontecimientos; una mosca se acercó demasiado y se quedó enganchada en la telaraña. Yo no supe reaccionar porque aquello no entraba en el proyecto. Cuando el insecto se puso a aletear desesperadamente a las puertas mismas del agujero vacilé y pensé que debía liberarlo, pero también que aquella era, mas o menos, la esencia del asunto, así que lo dejé correr confiado en mi destreza. La que no dudó en absoluto fue la araña que salió como una exhalación del agujero y se llevó la mosca en un parpadeo.

Con la vara justiciera todavía en el aire y los ojos clavados en el negro agujero, no podía dar crédito a lo que acababa de hacer.

En ese momento apareció Mingo. Lo único que pude decirle para justificar mi gesto desolado fue que acababa de asesinar una mosca. Entonces, el muy imbécil, en lugar de consolarme, se echó a reír como un poseso.

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