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La ciega

perro guiaDespués de acabar mi último reportaje en Barcelona, el cuerpo me pedía un respiro. Estaba agotado. Creo que necesitaba urgentemente esa tregua que me venía prometiendo a mi mismo hacía tiempo. Aquella parecía la ocasión propicia. Iba a vivir los próximos meses en Alicante para acabar un trabajo que le interesaba al Información[1] y la primera semana, antes de sentarme ante el portátil, podía dedicarla a leer y a relajarme.

El trabajo de reportero independiente tiene esas ventajas. Es adaptable, carece de presiones, no tiene horarios y; aunque tampoco tiene vacaciones y muchas veces ni siquiera llega a justificarse el sacrificio que requiere una primicia; es apasionante.

     En ocasiones, sin embargo, he pensado en dedicarme a otra cosa, algo más sedentario. Idea que, por supuesto, he desechado enseguida. Siempre supe que el estar quieto no es para mí; que es falso y que estos impulsos inmovilistas de mi subconsciente podrían significar mi ruina. Pero en aquella ocasión, al llegar a mi nuevo destino, sufrí un ataque de  aquellos; un pronto irreflexivo. Y esto me llevó a que, en lugar de instalarme en un hotel como hubiese sido lo habitual, me decidiera por alquilar un piso que me hiciera sentir un ciudadano corriente.

     Ya digo que fue un arranque y eso justifica que no eligiese bien y que mi nuevo hogar me sobrara por todas partes. El piso tenía una cocina enorme de esas que sirven para preparar banquetes (nada más lejos de mi costumbre), una inmensa y acogedora cama de matrimonio y un salón comedor acorde a sus medidas con un bar en un rincón provisto de barra americana y dos taburetes de cuero. Aquellas cosas despertaban mis mejores fantasías. Solo me faltaba la compañía adecuada.

     Lo primero que hago siempre, al cambiar de residencia, es buscar un par de restaurantes donde se coma decentemente y un bar bien ubicado que me permita pasar las horas muertas. Digo bien ubicado porque me gusta la gente. Me entretiene ver los andares de quienes se pasean sin hacer nada, las caras, en las que trato de leer los pensamientos y otras cosas por el estilo. Observando ese panorama se me han ocurrido algunos buenos artículos. Aunque, para ser sincero, en lo que más me fijo es en las mujeres. Me entretiene imaginar sus maniobras frente al espejo antes de lanzarse a la calle. Su necesidad inconsciente de gustar. A mis cincuenta y ocho años, merced a esta costumbre, me he convertido en un crítico exigente de la belleza femenina y en un admirador sibarítico de sus artes. Esto, por otra parte, me obliga a estar en forma para no desentonar.

     Después de un sencillo proceso de descartes, luego de instalarme en el piso, comencé a frecuentar un pequeño bar en la plaza de Los Luceros que me había parecido apropiado. Tenía mesas en la calle y una acera inmensa por la que transitada gente a todas horas. Justo lo que buscaba. El dueño era un individuo con cara de Bulldog, más o menos de mi edad, que gastaba pocas palabras. El camarero, en cambio, era un joven que se movía de prisa entre las mesas, saludaba a todo el mundo y hablaba por los dos. Enseguida les retuve el nombre: Carmelo era el dueño y Joaquín (Chimo, para los amigos), el camarero quien, a poco de tratarme, ya se dirigía a mí como si hubiésemos compartido no solo la cuna sino también las tetas de su madre.

     Desde el primer día me apropié de la mesa más idónea para mi actividad de observador. Era la que estaba, justo, frente a la puerta del bar. Desde allí, sentado un poco de lado, podía observar el movimiento de los que entraban o salían del establecimiento y de los que doblaban cualquiera de las esquinas.

    Fue desde esa mesa que vi a la ciega por primera vez. El enorme Golden Retriever[2] que le servía de lazarillo la guiaba lentamente a lo largo de la acera mientras la gente se apartaba solícita para dejarles paso. Ya desde lejos destacaba su hermosura. Caminaba con paso seguro, como si el trayecto curvo de la acera no constituyera ninguna dificultad. Avanzaba con la cabeza erguida cogida con fuerza al asa metálica del arnés. Casi en el acto me sentí atraído por su belleza. Tal vez fue la fragilidad de su figura lo que atrajo mi atención; parecía una muñeca a punto de quebrase por el talle. Iba vestida a la moda: con una falda ligera por encima de las rodillas, una blusa fresca y desenfadada y zapatos de medio tacón que enfatizaban las formas contundentes de sus piernas. Avanzaba en mi dirección con la gracia natural de un pura sangre. No hubiera podido apartar mis ojos de ella aunque me lo hubiese propuesto.

     Al llegar a la altura de las primeras mesas se apartó de la pared y se acomodó en una silla un poco más allá de donde yo me encontraba. El perro se echó a su lado. Nos separaban algunas mesas ocupadas por turistas. Se sentó con el rostro en mi dirección, pero tres mesas más allá, con lo que puede extasiarme largamente en la contemplación de sus rasgos firmes y angulosos, en sus pómulos marcados (como a mí me gustan) y en su boca extendida. Los que se interponían entre nosotros, como es natural, me miraban molestos, seguramente pensaban que era una especie de depravado o algo así.  Me importaba poco: aquella mujer me había encandilado. El hecho de que fuera ciega no significaba nada para mí. Alguien la había maquillado para que gustase y ella lo sabía. Salvo por sus ojos, era una mujer como cualquier otra. El carmín de los labios le brillaba como la sangre recién vertida. El cabello, negro azabache, se le movía apenas con la brisa y me recordaba a las alas de un cuervo preparándose para volar. Naturalmente, no puedo decir de qué color eran sus ojos porque me lo impedían sus gafas negras aunque, eso sí, me los imaginaba verdes. Pidió un Martini y Chimo se lo trajo en el acto. Durante mi escrutinio, la mujer no ladeó la cabeza ni una sola vez. De tanto en tanto, se inclinaba un poco hacia el perro para darle una patata o algo de lo que le habían servido, pero de inmediato retomaba la actitud natural que había adoptado desde su llegada y que era la que me permitía admirar cada uno de sus rasgos.

     Fue un impulso el que me obligó a dejar mi mesa. Estaba nervioso. Yo no suelo ser descarado para abordar a las mujeres en plena calle, pero tuve la corazonada de que si no lo hacía, perdía el tren. Ojalá al perro no se le ocurra ponerse tonto, recuerdo que pensé.

     -Oye, perdona, quisiera hablar contigo – le dije – Es solo un momento. Por favor no te asustes. Estoy mirándote desde que has llegado y no me perdonaría si te dejase marchar sin haber intentado hablar contigo. Sé que puede resultarte extraño o molesto, aunque, me imagino que debes estar acostumbrada a que los hombres se fijen en ti y también a mandarlos a paseo. Pero, por favor, ahora no lo hagas. No quiero hacerte ningún daño, solo quiero hablar – Me quería anticipar a todas sus respuestas – Soy periodista ¿sabes? Acabo de llegar de Barcelona y hace apenas cinco días que vivo en Alicante. Me iré pronto…

     Dije todo aquello de corrido sin importarme lo que pudiesen pensar los que estaban a mi espalda. Seguramente estarían de su parte, pero yo seguí hablando, casi sin respirar, para no darle la oportunidad de contestar con una negativa. De pronto, caí en la cuenta de que tal vez no me entendía. Podía ser extranjera. Entonces, desconcertado por mis propios pensamientos, hice un paréntesis que ella aprovechó para preguntar: ¿Y por qué no se sienta? Estará más cómodo para decirme lo que sea.

       -Claro, gracias – dije un poco confuso, pero no tuvo que repetírmelo.

     Yo sabía que mi voz era convincente (sobre todo si ponía empeño), pero nunca me imaginé que lo fuera tanto. La mujer, al principio, se limitó a escuchar. Era mayor de lo que me había parecido, aunque no creí que llegara a los cuarenta, así que no tuve ningún reparo en quitarme veinte años de un plumazo cuando me pareció oportuno. Durante un buen rato hablé yo solo. Repetí todos los lugares comunes que existen hasta que conseguí hacerla sonreír; luego empecé a tirarle de la lengua.  Era una persona resignada con su suerte. Sabía conversar y era muy culta, de modo que los temas de conversación brotaron solos. Yo ya pisaba terreno firme. Estaba seguro de que, actuando con paciencia, acabaría con ella en mi piso estrenando la cocina, el bar y lo que hiciera falta. Así estuvimos más de una hora. Yo llamé varias veces a Chimo por su nombre (lo que pareció complacerla) y nos tomamos otro par de Martinis. Yo estaba en la gloria. Sobre todo porque podía observarla a placer y deleitarme con el panorama de su rostro y de su cuerpo que, sin las trabas de la prudencia, veía cargado de promesas.

     Cuando por fin pensé que todo estaba hecho le dije que debía marcharme para una entrevista. Aquello pareció desengañarla. El compromiso me lo saqué de la manga porque lo que yo quería era quedar para después, llevarla a cenar con perro y todo y acabar contándole mentiras junto a la oreja el resto de la noche. A ella, todo le parecía bien. Cuando le dije que estaba invitada y acordamos la hora del nuevo encuentro me sonrió abiertamente, se levantó con cierta dificultad de la silla al mismo tiempo que su perro que, por cierto, se llamaba cielo, y se marcho aferrada al asa del arnés con sus andares de diosa después de apretar mi mano prometedoramente. Me costaba aceptar mi buena suerte. Por fin, dobló la esquina y yo entré en el bar para pagar.

     Carmelo me miró, pero se abstuvo de hacer comentarios. Era evidente que nos había estado observando desde adentro y su cara tenía toda la pinta de reprobar mis avances con la ciega. Ya dije que era un tipo serio. Pero yo no lo era, y mucho menos cuando no veía ninguna falta en lo que estaba intentando conseguir. Creo que la alegría se me notaba en la cara.

     -Bueno, parece que la cosa se me ha dado ¿No cree?- comenté en tono jocoso.

      -No sé, pero si usted lo dice – me respondió enigmático.

     Yo no estaba para enigmas.

     -Sí que lo digo, si. Y si nada se tuerce, esta noche acabará mejor.

    -Me alegro por usted, amigo – contestó, empeñado en no participar de mi contento, antes de darme la espalda y seguir trajinando detrás de la barra. Y allí hubiese quedado la cosa de no haber entrado Chimo con su cara pícara, soltando un comentario guasón.

     -¡Vaya bombón jefe! Pero, ojo, no sea que se le atragante.

    -Tranquilo, muchacho – le contesté yo con suficiencia – Mis tragaderas son grandes y se necesita mucho más que una ciega para atragantarme…

     Y dicho esto tuve que callarme. Ya dije que siempre estoy alerta y que me gano la vida observando a la gente así que, cuando aquellos dos se miraron no pude evitar un gesto de extrañeza.

     -¿Qué pasa? – pregunté.

     -¿Una qué?

     -Una ciega – Repetí – ¿No la habéis visto?

    Y entonces volvieron a mirarse y, al unísono, como si hubiera contado el chiste más gracioso del mundo, se echaron a reír como dos locos. A Carmelo, tan serio como lo creía, se le saltaban las lágrimas y Chimo tuvo que sentarse en uno de los taburetes de la barra para no rodar por suelo.

     -¡La ciega! – Repitió casi sin poder hablar – pero si el ciego es el perro, tío ¡El perro! Ella ve perfectamente.

     Así que luego, cuando por fin se les pasó la risa y yo también dejé de reírme de mi propia estupidez, me explicaron que era una vecina que paseaba su perro de aquella manera para que el animalito se sintiera seguro de sus movimientos. Sin embargo, mi risa no fue como la de ellos. Mi amor propio estaba lesionado y tardaría bastante tiempo en asimilar que me habían tomado el pelo de mala manera, que había estado haciendo el ganso y que todos mis gestos, mis miradas procaces y mis mentiras me condenaban inexorablemente. Así que me negué a creerles. Eran ellos los que me estaban engañando. Y tanto fue así que, aquella noche, acudí al lugar de la cita convencido de que volvería a verla, pero me equivoqué: ella no acudió. Así que, al día de hoy, aún la sigo recordando ciega.

Fin

[1] Periódico de Alicante

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9 Respuestas a “La ciega

  1. Marta Peressini

    28 marzo, 2014 at 21:13

    chulo, ameno, pícaro, me recuerda a quien se presentó como detective……………..

     
  2. Susana G de Bernardez

    29 marzo, 2014 at 2:24

    Tito me encantó la historia, simpática y convincente.

     
  3. Reyes

    29 marzo, 2014 at 17:49

    Me ha encantado…aunque hay que reconocer que en verdad la mayoría de los tíos son así de capullos intentando ligar con aquellas que ven perfectamente….
    Sigue deleitandonos con tus relatos, por favor.
    Por cierto, me ha encantado el detalle de que la protagonista sea morena y que la imaginara con los ojos verdes…
    Un besote
    Reyes

     
    • Felipe Grisolía

      30 marzo, 2014 at 18:18

      No había caído en el detalle, pero siempre me ha parecido una combinación interesante. En cuanto a los tíos no somos tan capullos como parece, con que funcione cada tanto, suficiente
      … Besotes.

       
  4. Severino

    30 marzo, 2014 at 9:15

    Felipe, felicidades, en mi humilde opinión, este relato es muy original y a la vez parece muy real.
    Espero que nos deleites con una segunda parte. Gracias.

     
  5. Felipe Grisolía

    30 marzo, 2014 at 18:20

    Me alegro que te haya gustado. Habrá más, no lo dudes

     

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