Curro se quedó en España

Durante la última noche apenas si pudimos dormir. Tanto mis hermanos como yo teníamos en la mente lo que nuestro padre nos había contado sobre los peligros del mar: las olas gigantescas, los monstruos marinos y, sobre todo, los tifones que juegan con las embarcaciones como si fueran cáscaras de nuez. Todo agrandaba nuestro temor. La incertidumbre sobre la suerte de nuestro amigo Curro que iba a embarcarse en la nave de Juan Sebastián el Cano nos hacía temer lo peor.

La carabela Victoria era enorme. La habíamos visto en los astilleros, durante un domingo de excursión y yo la creía capaz de afrontar cualquier peligro. Tenía un casco de madera oscura, reluciente; unas velas altísimas enrolladas a los palos y un espolón de proa impresionante capaz de partir en dos a los monstruos más poderosos del mundo. Nada podría con ella: los artesanos y los ingenieros habían estudiado hasta el último detalle para la aventura. Pero mi padre tenía razón: el mar era mucho más poderoso que todos ellos juntos; tendrían que tener cuidado.

También nos decía, creo que para tranquilizarnos cuando nos veía temblar, que la pericia de los navegantes españoles era suficiente para superar cualquier contratiempo. Pero esto lo comentaba al final cuando ya nos había metido el miedo en el cuerpo y habíamos imaginado a nuestro amigo luchando a brazo partido contra los tifones, arriando velas con las ropas hechas girones y a punto de ser tragado por las aguas. Mi padre se reía de nuestros miedos. Decía que nunca habíamos visto a nuestro héroe en acción y que no debíamos preocuparnos porque podría con todo. Eso no nos quedaba muy claro: en lo único que nos parecía un experto era en hacernos reír con sus tonterías.

El día de la partida, mi madre nos puso las ropas de los domingos para ir al muelle. Mi padre nos había prometido que estaríamos en primera fila y cumplió la promesa: estábamos al borde mismo del agua. Enseguida vimos el barco. A nuestro amigo lo descubrimos en el puente de mando agitando una bandera: seguro que sabía que estábamos allí entre la muchedumbre, se lo habíamos prometido. Quitaron las cuñas cerca del mediodía. Yo tenía ganas de ir al baño pero me aguanté, así que cuando la carabela empezó a moverse sentí que una mano de hierro me apretaba la barriga. La arrastraban unos barquitos pequeños, pero muy fuertes, porque hacía poco viento y no podían seguir esperando. Cuando llegó la hora hicieron lo que tenían que hacer. Había llegado el momento de la despedida.

A mí me horrorizan las despedidas. Sobre todo me horrorizan cuando los que se van son mis amigos del alma o mis padres o mis abuelos. Curro, sin embargo, parecía feliz en el puente de la carabela; era como si no le importara dejarnos en tierra; yo lo entendía estaba pensando en la aventura que tenía por delante y no podía entretenerse con bobadas.

Cuando los vi alejarse de la costa creo que empecé a llorar y a decir adiós. Pero no fui el único: en el colegio la maestra nos había dicho que la botadura del Victoria era un hecho que se recordaría por mucho tiempo así que todos los niños de Huelva estábamos en el muelle diciendo adiós a la nave y agitando los pañuelos.

La maestra tuvo razón: fue un hecho inolvidable pero no por lo que nos había contado sino porque, a cien metros más o menos de la orilla vimos a Curro que se acercaba a la borda y comenzaba a agitar los brazos como loco. Fue cuando el Victoria comenzó a inclinarse y todos saltaron al agua. Yo me acordé de los intrépidos navegantes que me había descrito mi padre y tuve la certeza de que lo que hacían era parte de la maniobra, pero parece que no.

Cuando las velas tocaron el agua pensé que les iba a costar un buen trabajo enderezarlas. Sobre todo sin tripulación: todos los que habían saltado nadaban hacia la orilla mientras el Victoria se hundía lentamente. La gente chillaba, pero la mayoría lo hacía sin poder aguantarse la risa.

Después nos contó la señorita que los ingenieros habían decidido quitarle lastre al barco para que no tocara el fondo y se les había ido la mano. Para mis adentros, lo confieso, me entró un contento que no puedo describir: no me importaba mucho que la Expo de Sevilla se quedara sin su carabela, pero sí me importaba, esa es la verdad, que Curro no se marchara de España. A estas horas, a saber por dónde andaría…

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