Elsabet

pétalos 3La familia de Elsabet, unos comerciantes eritreos negros, huidos de la guerra con Etiopía, llegó a París cuando ella tenía siete años. Se instalaron en Francia dispuestos a trabajar duramente para asegurarle una educación a la niña. Consiguieron alcanzar un buen nivel de vida. Elsabet, estudiosa y muy inteligente, después de algunos años, bien podía ser tomada por una parisina más: enseguida se adaptó al ritmo de la gran ciudad. A la hora de definir sus estudios, se decantó por la psicología y puso sus ilusiones en la American University of París donde pensaba matricularse llegado el momento. Con el correr de los años todo se desarrollaba según lo previsto, pero la independencia de Eritrea vino a alterar algunos planes.

Todo parecía indicar que las cosas habían cambiado definitivamente en su país de modo que, cargados de nuevas ilusiones, los padres de la joven resolvieron regresar a África. Fue la primera vez que consultaron con la joven una decisión trascendental. Ella, basada en la lógica, propuso esperar pero la decisión final fue la contraria. Sin embargo, dado que ya estaba dispuesta a encarrilar su vida en el viejo continente decidió quedarse en Francia y continuar su carrera en solitario.

Por desgracia, el tiempo le dio la razón. El regreso a Eritrea no fue todo lo afortunado que se esperaba y, a poco de instalarse, los padres perdieron todo cuanto tenían ahorrado y debieron comenzar de nuevo. Así se lo comunicaron a su hija. De modo que, cuando los medios para su sustento empezaron a mermar, Elsabet se empleó como camarera en un bar de la rue Pierre Brossolette  junto  a la escuela pública de Henri Wallon y allí se mantuvo firme estudiando por las noches y trabajando de día. Nunca decayó su ánimo. A pesar de su juventud la joven tenía bien arraigado el espíritu de su raza y muy firmes sus convicciones.

Entonces conoció a Amelie.

Nunca supo, exactamente, lo que le atrajo de aquella mujer mayor débil e insignificante que parecía reñida con la vida. El día que la vio entrar en el bar por primera vez, mientras una compañera le servía el desayuno, no dejó de observarla. Era menuda, delgada, de piel blanca y transparente. Tenía la mirada huidiza de quienes temen mirar a los ojos cuando se les dirige la palabra. Un personaje culpable, pensó la joven, buscando justificar su interés. Un personaje al que sería interesante analizar en profundidad para llegar al fondo de su alma. Pensaba que, quizás, su alegría y su empuje podrían contagiarle la voluntad de vivir. Desde su propia experiencia pretendía demostrar que nada es insuperable en esta vida y que todo cuanto pudiera ocurrir tenía su contrapartida de felicidad. Lo pensaba de verdad.  Pero en aquella ocasión no pudo acercarse a la mujer y la vio abandonar el bar quedándose con las ganas de conversar con ella.

Varios días después, en un impasse del trabajo, mientras fumaba un cigarrillo en la puerta del local con una compañera, la vio cruzar la calle llevando de la mano a una pequeña mulata. Iban en dirección a la escuela. Otra vez, Elsabet, sintió que se le aceleraba el pulso. Una vez más, un tropel de pensamientos acudieron a su mente pensando en el rescate de aquel ser que se le antojaba indefenso. Amelie, por aquel entonces, con sus canas despintadas y el aspecto descuidado de su ropa, parecía un fantasma a la deriva.

—¿Sabes quién es esa mujer? La he visto un par de veces y me tiene intrigada. Es clienta, ¿verdad?

—Sí, viene cada tanto a desayunar.

—Me parece una mujer extraña o, mejor dicho, una mujer derrotada…

—Y que lo digas: su hija es una asesina —dijo con desprecio la otra chica—. No te acerques a ella. Es la madre de la que mató a Abay Asfare, el corredor etíope que había fichado por la Selección Nacional. Tienes que recordarlo: fue un caso sonado.

Elsabet se acordaba perfectamente. El asesinato había ocupado todas las portadas de la prensa hasta que se dictó sentencia. La chica, encerrada en un mutismo enfermizo, se había negado a declarar y a defenderse de modo que las causas del crimen nunca fueron aclaradas; ella terminó en la cárcel. Los medios habían especulado con toda clase de teorías para coincidir en un incomprensible ataque de locura. Hasta el día del suceso, el matrimonio había sido apacible y feliz para la opinión pública. Sin embargo, nadie le perdonó a la asesina que, por la razón que fuese, Francia perdiera la ocasión de alzarse con una copa que se daba por segura.

—¿Y la niña?

—La niña es su nieta…

Conocer las circunstancias familiares de Amelie sirvió para avivar aún más el interés de Elsabet. Todo un cúmulo de estrategias se le ocurría para acceder a su alma. Se la imaginaba a solas con la niña intentando explicarle la ausencia de sus padres. Una tarea abrumadora y dolorosa para cualquiera. Una tarea que se volvería doblemente ingrata cuando todo el mundo estaba en su contra y las señalaba con el dedo: París podía ser una tumba muy solitaria para quienes atentaban contra el orgullo nacional.

Aquella fue la única vez que Elsabet hizo preguntas sobre Amelie. Una oleada de trabajo intenso pronto alejó sus pensamientos de la mujer y el cansancio de cada jornada la arrastraba a la cama sin darle posibilidades de pensar en otra cosa que no fuera la de reponer sus propias fuerzas. Fue un período en el que la caja nunca le cuadraba a la primera y los exámenes ocupaban todo su tiempo disponible. En aquel ajetreo, la imagen de Amelie se disolvió como una gota de agua en medio de una marejada.

Pero un día reapareció de improviso.

Era domingo. Elsabet, con un libro bajo el brazo, dispuesta a aprovechar el sol de la mañana, se la encontró sentada en un banco público observando las evoluciones de su nieta entre los juegos del parque. Parecía como si un frío inexistente la obligara a contraerse. Se mantenía con las rodillas encogidas y los brazos cruzados sobre el pecho abrazada a sí misma. Elsabet se detuvo en el acto. Todo cuanto sabía de la mujer regresó a su mente de inmediato y, como era su costumbre, no se lo pensó dos veces antes de sentarse a su lado en espera de que Amelie la mirara.

—Hola, ¿se acuerda de mí? Soy la encargada del bar donde suele desayunar; nos hemos visto varias veces. —Los ojos de Amelie la observaron con curiosidad en tanto la buscaba en vano entre las caras conocidas; el hecho de que fuera negra facilitaba la búsqueda. No tardó en responder:

—No, no te recuerdo. Tal vez estés confundida.

Elsabet restó importancia a la respuesta: pretendía iniciar una conversación con un fondo coherente de referencia. Durante algunos minutos recurrió a un monólogo para darse a conocer y solo cuando mencionó a la niña los ojos de la abuela se activaron para poner algo de su parte. Muy despacio se acortaron las distancias y comenzaron a brotarle las palabras. Casi sin notarlo, se fue abriendo al diálogo. Muy pronto, Elsabet supo por boca de la abuela que su hija se llamaba Shantal y la niña, Nicole. Sin embargo, aquel acercamiento se notaba trabado por multitud de barreras. Tan pronto como la conversación rozaba la intimidad, Amelie se distanciaba como para preservarse de la intrusa y se ponía a la defensiva.

—¿Qué le pasa a Nicole?

—¿Por qué lo dices?

—No sé, parece como si temiese participar en los juegos. Es como si no pudiera superar sus miedos… ¿Es así o solo me lo parece?

Amelie no contestó. Sus ojos se volvieron para observar a la joven y parecieron disolverse en una larga y profunda mirada de dolor. Así permaneció por unos instantes. Y cuando Elsabet pensó que volvería a evadirse y que una vez más tendría que luchar por acercarse a ella, la abuela cedió a la necesidad de abrir su corazón.

—Sí, casi siempre es así…, hay un motivo: la vida de mi nieta esconde un drama inmenso. —Elsabet abrió los ojos sorprendida. No esperaba el comentario y supuso de inmediato que se refería al crimen, pero no era eso porque la abuela agregó enseguida—: la barbarie y la incultura son el peor de los crímenes.

Luego, sin dejar de mirarla con fijeza, con frases entrecortadas que parecían brotar con dificultad de su boca, Amelie contó que el padre de la niña, las había llevado a Etiopía para conocer a su familia.

—…Pero no fue un viaje de placer, tenía una finalidad macabra:  practicarle la ablación a la pequeña. Su abuela, una mujer diabólica sometida a unas costumbres bárbaras, lo había preparado todo. El hijo solo era un títere en manos de su madre. Al llegar a su pueblo, por una confidencia de la cuñada, Shantal se enteró de lo que estaban tramando. Tuvo que llorar y suplicar por la niña. Todo fue en vano hasta que se encerró con la pequeña amenazando con matar a cualquiera que se le acercarse. Hasta el último momento, el marido se mostró conciliador. Pero Shantal, no estaba convencida. Quiso huir con Nicole para refugiarse en algún sitio que le diese más confianza y saltó por una ventana. Tuvo mala suerte. Cuando se precipitó a tierra, se dio un golpe que le hizo perder el conocimiento. Lo más grave fue el hecho de que la niña quedara desprotegida y a merced de la abuela…

Elsabet apenas podía dar crédito a aquella parrafada. No porque desconociera el tema sino porque nunca había estado tan cerca de alguien que lo sufriera en carne propia. Ella misma pudo ser una de las víctimas. Con su madre lo habían hablado infinidad de veces e infinidad de veces habían agradecido a la suerte que les permitió alejarla de esas prácticas.

—…Al regresar a París —prosiguió Amelie—, el padre de mi nieta estaba arrepentido. Shantal lo quería. Sin embargo, el matrimonio había recibido un golpe mortal. La niña, para colmo, comenzó a contraer una infección tras otra  ya que le habían dejado numerosas terminaciones nerviosas desprotegidas que cicatrizaban mal. Algunos días apenas si podía caminar. En el lugar de la herida se le estaba formando una cicatriz hipertrófica y lloraba continuamente. Por suerte yo vivía muy cerca y podía echarles una mano. Soy, enfermera, ¿ sabes? Iba y venía constantemente…

Amelie detuvo su relato para secarse las lágrimas y Elsabet, paralizada de espanto extendió los brazos para rodearle los hombros.

—…Entonces una noche discutieron —agregó la abuela con un hilo de voz—. Aquella bestia nos mostró su verdadero rostro: le gritó a Shantal que habían hecho lo mejor para la niña, porque no quería que se convirtiera en un ser lascivo como su madre, vulnerable a la carne y a la depravación… Por primera vez vimos al monstruo irracional que debía orientar el futuro de Nicole. Mi hija sintió que se volvía loca…

Aquella fue la vez que más cerca estuvo Amelie de contar los verdaderos hechos de la noche trágica; fue Elsabet la que no la dejó continuar: su instinto de sicóloga en ciernes le decía que era mejor detenerla. En su relato, ni una sola vez había aparecido el nombre de Abay Asfare ni referencias al caso concreto que ya conocía: las barreras no terminaban de caer. Hubiera sido distinto en el caso contrario. Si Amelie, hubiese acabado el relato luego se habría arrepentido y, tal vez por eso, ella perdería su contacto y su confianza. Con una dulzura y una madurez de la que nunca se creyó capaz logró tranquilizarla.

Después de aquel día, Elsabet y Amelie volvieron a encontrarse muchas veces. No hizo falta de que tocasen el tema nuevamente. Sin embargo, la abuela de Nicole pareció cambiar de actitud. Elsabet lo atribuyó a que, hasta entonces, nadie se había interesado por conocer los detalles de su sufrimiento ni nadie le había tendido una mano. Ella, en cambio, creyó llegar al final: la había entendido, había registrado cada palabra del relato y, en especial, el plural inequívoco con que se refirió a la noche del crimen. Un plural que delataba su presencia en la casa y justificaba el mutismo de Shantal, un mutismo que encubría la culpabilidad de una mujer imprescindible en la vida de Nicole y la cobardía de otra que nunca hubiera sido capaz de acabar con la vida del hombre que amaba…, pero ella nunca lo dijo; no se consideraba quien para juzgar.

 

PRIMER PREMIO – XII PREMIO VIDA Y SALUD DE RELATOS (Facultad de Ciencias de la Salud de la Univesidad de Alicante…) 2019

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