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La lección

Don Cosme; un empresario hecho a sí mismo en los años setenta, rudo por naturaleza, que hablaba con voz áspera, soltaba risotadas echando la cabeza para atrás y golpeaba con energía la mesa del casino cuando jugaba al dominó; era un hombre autoritario y de ideas fijas. 

En privado, don Cosme se lamentaba de no haber acabado el bachillerato, pero en público afirmaba que los estudios eran innecesarios para labrarse una posición. Había que darle la razón. No tanto porque era uno de los hombres más ricos del pueblo, sino porque subrayaba su opinión con un inapelable:

—¡Pero trabajando, coño!

La familia de don Cosme; con doña Francisca al frente, una mujer alegre y llena de vida, y los hijos de ambos, Manuel y Chimo; era una auténtica delicia. Un regalo providencial que don Cosme no disfrutaba lo suficiente; no porque no quisiera, que sí quería, sino porque su vida transcurría fuera de casa: en eventos sociales, en comidas de empresa, en reuniones de trabajo… Fue por eso, quizás, que, mientras los hijos crecían, don Cosme observaba desde afuera la tarea de educarlos como si él no tuviese nada que ver.

Sin embargo, a don Cosme le gustaba pensar que, de tal palo serían tales astillas, y era cuestión de esperar para que se pareciesen a él. Lo hubiese esperado eternamente si un rumor sobre la hombría de Chimo no lo hubiese inquietado: algún mal pensado debió echar a rodar el cuento de que a don Cosme le había salido un hijo «defectuoso o algo peor». Todo porque, a los diecinueve años, aún no se le había conocido novia. El comentario no era importante ni siquiera para el autor, pero para el amor propio de don Cosme fue casi una afrenta personal que lo decidió a tomar cartas en el asunto. Así que, después de mucho cavilar, anunció durante una cena:

—Este fin de semana tú y tu hermano os venís conmigo. —Había decidido darles una lección. Por puro instinto, doña Francisca sintió que se le ponía la carne de gallina, aunque, conociendo al marido, prefirió guardar silencio para no contradecirle.

—¿A dónde? —preguntó Chimo sorprendido.

—No te preocupes, eso es cosa mía.

Manuel, el mayor, por hacer una gracia dijo que irían a una galería de arte para ver chicas desnudas, pero don Cosme lo fulminó con la mirada. Y ya nadie se atrevió a volver sobre el tema hasta el día señalado (que era sábado), cuando, después de la siesta, don Cosme dijo a Manuel: llama a tu hermano, que nos vamos. Y así, sin muchos preámbulos, los montó en su Mercedes y allá se fueron los tres con un destino incierto dejando a doña Francisca con el corazón en un puño.

Durante todo el viaje, se mantuvo la actitud de don Cosme. Los hijos, conectados por las miradas, guardaron silencio hasta que se detuvieron frente a un bar llamado «El paraíso». El sitio, aunque pretencioso de nombre, mostraba una fachada donde el óxido y la falta de pintura empezaban a hacer estragos. Don Cosme no vaciló. Ni siquiera lo hizo cuando, al traspasar la puerta, tuvieron que hacer esfuerzos para distinguir las formas.

Al fondo del local, más allá de unas mesas vacías con ceniceros de plástico, tres chicas aburridas conversaban con un par de clientes de mirada acuosa. Entre unos y otras formaban una estampa deprimente. Los recién llegados siguieron adelante, con cuidado de no pisar en falso, y se acercaron a la barra.

—Ponme un whisky —ordenó don Cosme.

—Una cerveza —dijo Manuel.

—Otra —pidió Chimo.

Don Cosme hizo una seña imperceptible a las mujeres. Éstas, alentadas por la presencia de chicos jóvenes, tentadores como golosinas envueltas en celofán, avivaron los ojos y se acercaron. Solo una que conocía al padre pareció dudar, pero éste, con un gesto, le señaló el objetivo.

—¿Cómo te llamas, cariño?

—Chimo, ¿y vosotras?

—¡Carmen!, ¡Loli!, ¡Marisa!… —se apresuró a presentar una jovencita de ojos grandes—. ¿Es la primera vez que vienes? 

—Sí, la primera vez… —La mirada de Chimo, con codicia casi infantil, recorría la generosa exhibición de encantos desplegada en su honor. Todo atraía su atención: los mórbidos brazos, las piernas largas, los abultados escotes… Eran tiempos de pocas oportunidades.

—Habéis venido temprano, todavía se puede salir al patio. ¿Os apetece?

—A mí no —dijo don Cosme con el ceño fruncido—, prefiero quedarme aquí.

—A mí tampoco —agregó Manuel como si el gesto preocupado de su padre se le hubiese contagiado. Pero como Chimo, con cara de estar en Babia, no dijo nada, las chicas más jóvenes se le colgaron de un hombro y, suavemente, se lo llevaron para el fondo donde la luz del patio se dejaba entrever por las rendijas de unos postigos cerrados. A don Cosme se le hizo un nudo en el estómago. Para colmo, la que se quedó con ellos, Carmen, comentó risueña:

—¡Vaya!, cruza los dedos para que esas dos no te lo perviertan. —A don Cosme no le hizo ninguna gracia—. ¿Y tú? —agregó, dirigiéndose a Manuel—, ¿Quieres subir conmigo? —Al muchacho se le encendieron las mejillas.

—No, gracias, prefiero beber con mi padre.

—Bueno…, pero ¿me invitáis a una copa?

—Por supuesto —dijo don Cosme—, pide lo que quieras, pero déjanos solos, tenemos cosas que hablar.

—Sí, claro, yo me voy a darle palique a esos dos… y me pido la copa, ¿vale?…

Don Cosme dio un trago largo a la bebida. A su imaginación, de pronto, acudieron algunas viejas escenas de su juventud: los gestos procaces de la portuguesa que lo había iniciado, el cuarto desordenado bajo la escalera de sus padres, los terrores olvidados de la primera vez que, como Chimo, tampoco había buscado… Dos mujeres, ¡dos nada menos!, se habían apoderado de su hijo como si fuese un pastel. Don Cosme, sin que nadie se lo pudiese imaginar, sintió miedo; miedo de que el tiro le saliese por la culata; miedo de haber echado a rodar una bola de nieve cuesta abajo. El nudo en las tripas le hizo daño.

—¿Le sucede algo, padre?

—No, nada, estaba pensando…

Don Cosme sabía que el patio donde se encontraba Chimo se comunicaba por fuera con la planta de arriba. Le hubiera gustado no saberlo.

—¿Quiere que nos sentemos a una mesa, padre?, esperaremos mejor.

—No, aquí estamos bien. —Don Cosme no quiso decirle que desde allí veía la escalera interior por donde volvería su hermano; no dudaba que las chicas lo convencerían para que subiese; para eso estaban. Casi podía adivinarles los gestos. Las palabras de Manuel sonaron de improviso:

—¿Por qué nos trajo aquí, padre? —Don Cosme no mostró sorpresa; de algo le servían los años. Solo entrecerró los ojos y los dejó vagar, botella a botella, por el anaquel de las bebidas.

—Pensé que os vendría bien conocer esto: —Iba a decir para que os hagáis hombres, pero no lo dijo: él no se había hecho «hombre» con la portuguesa. Eso había sido cosa de Francisca la tarde que cerró los ojos para besarle junto al olivo…

—Yo ya lo conocía, padre, de una despedida de soltero…, no me gusta.

—¿Y a tu hermano? —La ansiedad, que iba en aumento, podía con don Cosme—. ¿Tampoco le gusta?

—No lo sé, padre.

—¿No lo habláis entre vosotros?

—La verdad es que no; Chimo es muy suyo… —Ambos volvieron a guardar silencio. Carmen, desde el otro extremo de la barra, hizo un mohín gracioso señalando su copa vacía; don Cosme aceptó con la cabeza.

Al cabo de tres cuartos de hora hubo movimientos en la escalera. Para entonces, los recuerdos más negros de don Cosme ya habían hecho estragos en su mente, porque los recuerdos buenos reconfortan y animan, pero los malos, esos que aparecen en los momentos de angustia, corroen las entrañas como ratas. Y cuando Chimo, con rostro sofocado, apareció en el rellano con las dos mujeres, don Cosme sintió abrirse el suelo debajo de sus pies. Hubiera querido desandar el tiempo.

—¿Qué? ¿Todo bien?

—Sí, padre, todo bien… —La voz de Chimo era un susurro. Don Cosme hubiese agradecido que el chico le aliviara las culpas, pero no tuvo suerte. Lo hecho, hecho estaba. Sin decir palabra, pagó la cuenta y se encaminó a la salida. Afuera las luces mortecinas de la calle ensancharon su zozobra. Los muchachos le seguían de cerca. Y de pronto, entrecortada, le llegó una disculpa:

—Le aseguro que quise hacerlo, padre, pero no pude…, ellas eran dos…, a lo mejor fue por eso…

Don Cosme tardó unos segundos en asimilar las palabras, pero no se detuvo ni hizo comentario alguno; un estremecimiento le recorrió el cuerpo como si el aire se le hubiese colado debajo de la camisa. Entonces se le distendió el gesto de la cara. Sus hijos no pudieron verlo, pero don Cosme elevó los ojos al cielo antes de entrar en el coche.

—Mejor así —dijo entonces, con la severidad de siempre—. Yo solo quería beber una copa con mis hijos así que, misión cumplida… Ya podemos volver a casa.

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