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Tango

tangoÉl; un rostro tallado en puro roble con pómulos marcados, mentón firme y frente despejada; el gesto aindiado; el pelo negro retinto sometido a un buen pegote de gomina para que se le amolde a la perfección del cráneo que, en el cuello, hacia la espalda, se le alborota en un oleaje breve y desparejo; viste camisa blanca y pantalones negros. La observa: serio, erguido, varonil…
―Me llamo Néstor.
―Y yo Lucía ―Dice ella omitiendo adrede su doble apellido y su título universitario. «Para bailar un tango no hace falta», piensa, y esboza una sonrisa leve. Ambos, enfrentados y con los brazos caídos esperan a que la orquesta inicie los primeros compases de «El día que me quieras».
Sin prisas, Néstor, alza la mano derecha y atrapa suavemente la de ella mientras que, con el otro brazo, la rodea por la espalda. Lucía se estremece. Ha elegido para el baile un vestido corto atado al cuello con la espalda al aire y siente que la mano del hombre se posa con delicadeza sobre su carne desnuda. «Te lo has encontrado, guapo….» Pero él ha dejado de mirarla; está atento a la música y en el instante preciso, con una leve presión sobre la espalda la atrae contra su cuerpo y retrocede la pierna. Lucía, aunque no lo espera, avanza el talle y da un paso adelante. No necesitan más. Ha comenzado el baile. Néstor retrocede sobre la tarima, hasta casi juntar las piernas y sin detenerse da un largo paso de costado que Lucía acompaña sin dudar, segura de sí misma. Vuelven a unirse los pies antes del segundo movimiento, ahora sí se miran, esta vez, a los ojos Un código conocido los vuelve cómplices. Ella sigue altiva. Una voz recia, desde los altavoces, inunda la sala:

«Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!…»

La letra parece elegida aposta para la ocasión; los ojos negros de Lucía son dos pozos oscuros y brillantes en los que la mirada del hombre se pierde como en un abismo. Ella no aparta la vista. «Eres guapo y lo sabes, condenado, pero con tus ojos verdes no tienes bastante…»

«Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida…»

En la segunda evolución han aprendido a acoplarse el uno al otro. No obstante, se demoran. Lucía ha quedado con las piernas cruzadas y él debe saber la causa ya que al ponerse otra vez en movimiento la obliga a retroceder de forma natural, con un paso largo, pero colándose entre sus muslos con un roce prolongado e involuntario. Instintivamente, las uñas de ella se clavan en el hombro de su acompañante. Lo siento, amigo mío, pero no te pases… Él no parece darse cuenta y sigue evolucionando, pero inicia un paso cruzado que los obliga a tomar distancias. En la sala, como una disculpa, se escucha:

«¡Todo, todo se olvida..!
El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta
con su mejor color».

A Lucía le gusta bailar. Sobre todo, le gusta bailar con alguien que lo haga bien, que le sepa sacar partido a sus cualidades. Sabe de sí misma que es una bailarina dócil, liviana y que en los brazos de alguien experimentado es capaz de flamear como una bandera. El baile le calma las tensiones, la libera, la tranquiliza… Pero no esta noche, con Néstor sigue tensa y no las tiene todas consigo.

«Al viento las campanas
dirán que ya eres mía…»
«No, muchacho, no. No es esto lo que busco, yo no estoy para amoríos».
«Y locas las fontanas
me contarán tu amor».

―¿Qué te pasa, Lucía, parece que te pierdes?
―No me pasa nada ― contesta. «Ya quisieras».
―¿Te animas con un ocho?
―Por supuesto ―Néstor se aparta un poco para darle lugar y ella se concentra en la figura que tiene que ejecutar. Él le marca el momento, elegante, para que se luzca con una salida graciosa y natural, pero después de dos giros, en el último instante, ella tropieza con su propia pierna y descompone la figura sobre los altos tacones. Los dedos del hombre se incrustan en su espalda para que no se caiga. «¡Dios, es este tío el que me pone así! Me está haciendo temblar como una hoja».
―Lucía ¿quieres que lo dejemos?
―No, sigue bailando, por favor ―«No me dejes ahora, piensa, si me sueltas me caigo»― Pero llévame tú, quiero terminar el tango.
―Claro, vayamos despacio.

«La noche que me quieras
desde el azul del cielo
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso hará nido en tu pelo,
¡luciérnaga curiosa
que verá,
que eres mi consuelo! ».

Gime otra vez el bandoneón y un acorde nostálgico da paso al recitado. Lucía ya no se resiste; un largo escalofrío recorre su cuerpo. Tiembla. No quiere alzar la vista hasta la mirada de Néstor porque teme que se de cuenta. Lo que le está ocurriendo es cosa de adolescentes.

«El día que me quieras
no habrá más que armonía,
será clara la aurora
y alegre el manantial.
Traerá quieta la brisa
rumor de melodías
y nos darán las fuentes
su canto de cristal…»

―Sí, Néstor, creo que es mejor que lo dejemos, no me siento bien. Pero por favor acompáñame a la mesa. «¡Qué vergüenza, mi Dios! Pero qué alegría. Alguna vez me tenía que suceder».
―Claro, por supuesto. Cógete de mí.
Lucía se sienta a la mesa con los ojos vidriosos y mira al que hasta unos segundos antes fuera su pareja. No sabe qué decir, pero tampoco le importa. Se acaba de dar cuenta de la felicidad que produce ser capaz de perder el control ante unos ojos verdes que tienen el poder de extraviarle el compás.
―Siéntate un minuto, Néstor, no te marches aún ―dice suplicante al ver que él está a punto de dejarla― Solo un momento.
El hombre, de pie junto a la mesa, titubea.
―Pero… ¿sigues mal?
―No ya estoy mejor…
―Entonces no, Lucía; si estás mejor yo tengo que marcharme…
Desde los altavoces, con el deje inconfundible y melancólico de un lamento que perdura en el tiempo, la voz del cantor culmina la inolvidable canción de Alfredo Le Pera mientras Néstor, mirando a través de la pista hacia su propia mesa, hace señas a un hombre que a medio alzar de la silla, los mira fijamente.
―…Tal vez otro día ―dice cambiando la cara al ver que el otro vuelve a tomar asiento― porque hoy, hoy no puedo quedarme, ¿sabes?, he venido acompañado.

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3 Respuestas a “Tango

  1. Liliana Ebner

    24 febrero, 2015 at 21:28

    Ya lo había leído pero volverlo a hacer es todo un placer. maravilloso y cadencioso como solo el tango puede ser. Querido amigo, muy bien logrado, porque al leerlo uno parece que se interna en los vaivenes de este sensual baile. Abrazo.

     
  2. rosa grisolini

    27 marzo, 2015 at 22:55

    muy lindo, me vino a la mente cuando de jóvenes me enseñaste a bailar el tango, y fue con el único que pude bailarlo, ya que nadie sabia llevarme como vos.

     

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