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Voces para contar tu cuento

En memoria de Haydée Guzmán una paloma blanca a la que nunca conocí en persona, pero cuya dulce manera de contar permanece imborrable en mi memoria. GFG

haydee

La ven rondar Plaza de Mayo buscando un sitio donde posar sus huesos. Es muy flaca, desgarbada, de expresión cansina… Tiene el aire un poco aindiado y sus crenchas negras la condenan a la indiferencia cruel de los oficinistas que cruzan con prisas el mediodía porteño. Solo sus ojos grandes, negros y vivaces llaman la atención. Viene con pinta de querer quedarse. Distraídos, sus pasos marcan un compás cansino sobre la gravilla al tiempo que balancea la cartera de cuero que le cuelga del hombro. Tiene trazas de pobre. Elige, para sentarse, el sombraje apartado de un magnolio y saca un libro. Las palomas, con su inquieto ritmo de pasitos breves, son espectadoras de sus primeros aprontes. Al principio, se arriman unas pocas, pero luego, alentadas por su vocación de pedigüeñas, acuden en bandadas. Muy seria, la recién llegada abre el libro sobre su falda corta y selecciona una página. Se aclara la garganta.

—Les voy a contar un cuento —dice, mirando a ninguna parte—, inspirado en un relato de este libro —. Su tono de voz, firme y preciso, contrasta con su aspecto de poquita cosa—. Se titula «Muñecas[1]» y comienza así: «Apagué la luz, el día había terminado. La imagen estaba impregnada en mis pupilas por lo que no necesitaba iluminarla para que siguiera presente y, casi sin quererlo, recayera en la vieja canción infantil: Tengo una muñeca vestida de azul, con sus zapatitos y su canesú…».

En este punto, la narradora interrumpe la lectura para explicar, sin venir a cuento: Este es un triste relato. Porque así son muchos de los relatos que hablan de la gente humilde. La protagonista —explica—, carece de nombre; yo la llamo Aurora… Aurora, como el renacer constante de la luz…

Una mujer, tal vez cansada de deambular sin rumbo por la vieja plaza; se detiene frente al banco atraída por la voz de la lectora. Luce una sonrisa extraña. La expresión de su rostro es la de quien entiende de tristezas. Frunce el ceño y escucha.

«En una primera instancia fue un canto mecánico, sin sentido. La realidad pasaba de largo del entorno cercano. Mi cabeza llena de preocupaciones no distinguía un cambio en el paisaje. Todo era mi trabajo, mi desarrollo profesional. Mi, mi, mi…el resto podía esperar o no existir. Me daba igual. Qué importancia podía tener entonces el recuerdo de mis muñecas o la letra de una vieja canción, ninguna. ¡Qué equivocada estaba!

»Sí, el instinto es sabio y sabe cuándo se está en el peor de los peligros, el de perderse a uno mismo, yo atravesaba la cornisa. Ahora creo que hay algo o alguien que se da cuenta de que vas por mal camino, que necesitas abrir los ojos y entonces aparece…»

La mujer oyente, afectada por sus propios pensamientos, hace un gesto involuntario con los labios mientras sus manos se hunden en los bolsillos de su traje sastre, pero no dice nada. Deja que la joven narradora explique, con sus propias palabras, las circunstancias del cuento.

—Aurora es una periodista que, a pesar de los agitados quebrantos que alborotan su mente, pronto se olvida de sus dudas y continúa con el ajetreo de su vida de siempre. Como una autómata, sigue buscando la noticia que le permita ascender en su trabajo, corre tras los famosos, busca entre los rostros de la calle al que le dará renombre… Lejos está de imaginar que su alma ha sido tocada por la varita mágica de una inquietud nueva que le cambiará la vida. Hasta que una mañana, al entrar en un bar, la realidad vuelve a llamar a su conciencia y descubre los indicios definitivos de su nuevo estado:

«…Una boca de metro que me expulsa al mundo. Gente que corre cruzando sus sentidos y yo corriendo entre ellos. Papeles olvidados, que en su pertinaz obsesión de ser papel, dibujan figuras incomprensibles sobre un piso colmado de tierra. Afiches sobre afiches representando el empapelado barato de un hotel en decadencia, lugar de encuentros furtivos resultado de una urgencia que olvida el presupuesto.

»Decadencia y sordidez, una permanente presencia reconvertida en paisaje imperceptible. Incoherencia de mi canto que se justifica en la sorpresiva atención que presto a un ovillo acurrucado justo al terminar la escalera del subte. Está rodeado de envases descartables, muestra de que alguien con algo de suerte ha podido degustar una golosina, una bebida, incluso un desayuno o un almuerzo ingerido en un viaje hacia el destino…»

—Así descubre a una niña que, arrojada como una inmundicia más a la indiferencia urbana, duerme acurrucada con una muñeca entre los brazos. La observa desde el parapeto «inapelable» de la ventana del bar.  Aurora se conmueve. La visión de la pequeña es desoladora. Casi sin darse cuenta, compara la suerte de aquel pequeño despojo con el de la niña que había revivido en sus recuerdos.

Frente a la narradora, en torno a la mujer del traje sastre, un grupo de personas se congrega curioso. Algunos por el simple afán de observar a una indigente rodeada de palomas con un libro en la mano, y otros, tal vez, con el interés real de enterarse de lo que está leyendo. La voz de la joven dice convincente:

—Aurora,  observa a la niña y, en un arranque de compasión, sale del bar y se le acerca sin poder evitar el recuerdo de aquella niñez en que, junto a su madre, cantaba a cada una de sus muñecas:

«Tengo una muñeca vestida de azul,

con sus zapatitos y su canesú,

La llevé al paseo y se me enfrió,

La puse en la cama con mucho dolor…»

La niña del metro, sin embargo, la mira indiferente con sus negros ojos. No entiende que alguien pueda interesarse en ella. Solo piensa en proteger entre sus ropas la preciosa pertenencia. Se aferra a la muñeca; un pedazo de plástico mugriento, como si aquella mujer desconocida se la fuese a arrebatar. Aurora quiere acercarse más, pero no puede. Aquel pequeño animalito la detiene con su sola mirada y no le permite traspasar los límites de su mundo. Aurora insiste…

«Acordamos, o mejor dicho acordé llamarla María, porque ella nunca contestó a ninguna de mis preguntas. A partir de ese encuentro, solíamos vernos todos los días…»

La periodista, desde aquel encuentro, afectada por la distancia que María había establecido entre las dos, intenta tender puentes que le permitan recuperar el alma de aquellos ojos distantes. Le lleva golosinas, ropas, comida… Sobre todo, le habla; le habla mucho. La niña, con una indiferencia pertinaz, toma solo aquello que le interesa y jamás tiende su mano cuando se trata de aceptar un regalo o una muñeca nueva. En vano trata, Aurora, de cambiar aquel burdo tesoro que acuna entre sus brazos por alguna de las preciosas reliquias «impecablemente guardadas por mi madre en el baúl familiar». Con el correr del tiempo, una mañana cualquiera, María desaparece de la boca del metro y el tiempo la convierte en otro recuerdo confuso en la vida de Aurora.

«…Hasta que dejé de extrañarla. Me olvidé de ella, dejé de preguntarme dónde andaría.»

El grupo de oyentes escucha cautivado la voz de la joven narradora. La mujer del traje sastre sonríe complacida. La historia de Aurora y de María llega con claridad hasta el corazón de los presentes y lo atrapa en una red de comprensión y de ternura donde también ellos, sin saberlo, se sienten involucrados. Nadie hace ademán de irse.

«Después de varios años, sigue el cuento, volví a encontrarla en la misma boca del subte. La reconocí enseguida por sus ojos… Seguían mostrando el límite de la impenetrable plancha de acero. Ya no llevaba muñeca, no. Tenía una cartera pequeña con un cordel que cruzaba su pecho…»

—Aurora la descubre entre la gente en actitud extraña. Lleva unos pantalones estrechos, los únicos que tiene; apenas le tapa el ombligo, una camiseta corta y ajustada, y la cara tiene una capa gruesa de maquillaje barato…

«Había pasado el tiempo para mí y también para ella. El reencuentro ya no me llevó a la vieja nana. Hoy, al apagar la luz, canté distinto…”Parece una atorranta cuando canta, parece saber todo de la vida, pero no es lo que parece, es una gata herida”.»

La narradora deja de leer y se detiene. Pero su actitud demuestra que quiere seguir hablando. La mujer del traje sastre vuelve a fruncir el ceño; sabe que el cuento ha terminado.

—Aurora, sin embargo, al descubrir a María, no adivina las causas del reencuentro y se asusta. Su mirada de mujer con suerte solo puede ver en la chica a una atorranta[2] que, al recorrer las calles en busca de sustento, vuelve a cruzarse en su camino. Aurora huye espantada. Es incapaz de adivinar que las palabras, ese elixir precioso que vertiera un día en los oídos de la niña, han logrado vencer la fuerza de una realidad impía que se ceba en los débiles. La joven María ha vuelto a buscarla. Está allí, de pie en la boca del metro, con la misma actitud de siempre, porque no conoce otra. La huida de Aurora la paraliza; no alcanza a contarle que ya no es un despojo, que la vida le ha dado una segunda oportunidad…

Aurora, decepcionada y triste, se pierde entre la masa informe de la misma gente que las ofende a ambas. ¡Pobre Aurora! Es ella la que, en adelante, vagará triste e insegura.

María, mientras tanto, la pobre indigente de las crenchas negras que aprendió a leer a trompicones en los sucios carteles de la calle, seguirá contando en público su propia historia hasta que vuelva a encontrarla. Necesita decirle que ha encontrado su destino.

Ahora sí, la narradora, con un largo suspiro, dice que ha acabado el cuento. La mujer del traje sastre, satisfecha, se aparta del grupo y en una sutil metamorfosis se eleva en el aire, sobrevuela la famosa plaza argentina y desaparece, con una triste sonrisa bailándole en los labios, rumbo al brillante sol de Buenos Aires.

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[1] Relato de Haydée Guzmán.
[2] Mujer de la calle. No necesariamente , prostituta.

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