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El libro de cuentas del viejo Fonseca

 

El libro de cuentas del viejo FonsecaEl día después de mi gran borrachera, dolorido y maltrecho, con la mente entumecida por el atropellado fluir de la sangre y con la lengua reseca, entreabrí los ojos para volver a la vida. No sabía dónde estaba ni a qué atenerme ni por qué flotaba en aquel pestilente limbo gris impedido del control sobre mi cuerpo. Sin embargo, pronto comprendí que los dolores se debían a que me encontraba inmovilizado sobre el lecho. Me zumbaba la cabeza. Sobre la cama yacía la mitad de abajo de mi cuerpo impedida de  todo movimiento por un revoltijo de sábanas en tanto que, la otra mitad, reposaba en el suelo abrazada, amorosamente, a una almohada húmeda de sudor. Un aliento nauseabundo me recordaba las causas de aquel desaguisado: la había pillado bien. Se ve que la embriaguez no me había dado tiempo a desvestirme porque estaba sin pantalones, pero con la camisa y los calcetines en su sitio.

A través de las persianas de mi cuarto se colaban un certero rayo de sol y el sonido irritante, lejano y contumaz, de un semáforo para ciegos. Ambos fenómenos, indiferentes a mi estado, me taladraban el cerebro.

Ayudado por la mesilla de noche que era de las de antes, robusta y bien construida, conseguí sentarme en el suelo. Mi cabeza, lentamente, comenzaba a funcionar. Mientras se atenuaba mi malestar físico, crecía, de forma exponencial, el efecto nocivo de mis remordimientos.  Me sentía un irresponsable. Sabía que, en aquel cuartucho arrendado de articulista en desgracia, estaba hundiéndome para siempre. Me puse de pie. En un alarde de voluntad de esos que utilizo para hacer lo que debo y no lo que quiero, decidí darme una ducha,  así que, en cuanto el piso dejó de bailotear, me metí bajo un chorro de agua fría y en pocos minutos regresé a la vida.

Cuando bajé a la calle era casi mediodía. El puerto deportivo parecía ser la mejor opción para comenzar la jornada; pero el Morgana, un viejo tugurio marinero que frecuentaba cuando quería alejarme del bullicio, me atrajo en la dirección contraria. Atrás, muerto de risa, dejé olvidado un artículo inacabado y con él, in crescendo, una buena excusa para que mi director prescindiera definitivamente de mis servicios.

 

El Morgana es un local penumbroso del paseo marítimo. Hace esquina con una calle de tierra y se abre directamente al mar. De este le separan una terraza entoldada sin paredes, un amplio encintado de baldosas, un parapeto de piedra y una franja de arena que se pierde en ambas direcciones. Es el único establecimiento que queda por el pueblo cuyas señas de identidad se hunden en el pasado. De sus paredes cuelgan redes, aparejos, peces disecados, jarcias, un timón ―de los de verdad― y un sinfín de cachivaches pertenecientes al pasado marinero del padre de Alejandro Fonseca, su dueño actual. El ambiente del establecimiento subyuga y retrotrae a los tiempos en que las broncas hacían más fácil el trabajo de cualquier relator de historias.

Como era previsible, no había nadie en la terraza. Todas las mesas estaban a mi disposición y podía elegir el mejor rincón para compadecerme a mí mismo. Sin embargo, Alejandro Fonseca debía rumiar otros planes para aquel día, porque no tardó en aparecer con su eterno trapo atado a la cintura y dos jarras de cerveza. Éramos viejos conocidos. Su presencia, normalmente comedida, no solía alterar mi talante aunque, en aquella ocasión, me sorprendió arrimándose una silla y sentándose a mi lado.

―¿Qué pasa? ―dijo con su inefable tono cansino y despreocupado.

―Nada ―le respondí. Pero la aseveración distaba mucho de ser cierta ya que, entre ceja y ceja, se me había metido la idea de que algún oportunista del Voces se iba a favorecer con mi dejadez profesional e iba a ganar posiciones en el periódico. Tenía la autoestima bajo mínimos.

―¿Has terminado de escribir?

―No, ni siquiera he comenzado, pero no te preocupes, algo se me ocurrirá, es cuestión de armarse de paciencia.

―De acuerdo ―ironizó―, eso me tranquiliza… Anoche te vi en el náutico.

―Ya, iba fino, ¿no?

―Sí, mucho… Te faltaba cancha para maniobrar.

Alejandro Fonseca es un hombre que ronda los sesenta y cinco años, porfiado, solitario, paciente y, tal vez, demasiado tranquilo. Es una buena persona. Para mi gusto, por aquel entonces, resultaba materialista en exceso. Ese era un aspecto de su personalidad que le restaba puntos en mi estima y, tanto era así, que cuando lo veía trajinar a hurtadillas con su enorme libro de cuentas espiando por encima del hombro, como un avaro que necesitaba ocultar la magnitud de su riqueza, me apartaba de él y le recortaba las complicidades. Su negocio, aunque jamás hablábamos de ello, acaparaba todos sus anhelos. No obstante, yo lo apreciaba sinceramente.

Durante un buen rato, Alejandro, sentado en paralelo junto a mí, permaneció en silencio. Saboreaba su bebida y se relamía el espeso bigote sin prestarme la más mínima atención. Yo esperaba. Necesitaba que alguien, un amigo, un cómplice, un camarada con cierta sensibilidad, escuchara mis lamentaciones. Cualquiera que se uniera a mis pesares, pero esa persona, obviamente, no era mi compañero de mesa. Fonseca funcionaba en otra frecuencia. Sus ojos entornados se paseaban por los cuerpos tumbados en la arena de la playa deteniéndose, a intervalos, en el de las mujeres jóvenes que se doraban al sol. Seguramente calibraba sus trasnochadas posibilidades de conquista.

―Mira esa rubia ―dijo de pronto señalando una belleza― es el ser más exquisito de la tierra. Yo conocía algunas de sus viejas historias románticas, pero aquel comentario no me pareció propio de su discreción.

―¿Cuál? ¿La que viene hacia aquí?

―La misma.

―¿Qué tiene de particular? ¿La conoces?

―Si ―fue su lacónica respuesta, pero lo dijo con tal cara de carnero degollado que, olvidándome de mis propias cuitas, sentí que me venía la risa. No pude evitar tomarle el pelo.

―¿No te parece que eres un poco mayor para hacerte el picaflor?  Ese plato ya no es para tus dientes. ―Pero yo no dejaba de mirar a la chica. En efecto, era una turista muy bella que se movía insegura sobre la arena caliente y que, por la edad, bien podía haber sido mi hija en el remoto caso de que alguna inconsciente me lo hubiese propuesto. Por un momento olvidé mis aflicciones.

La joven avanzaba decidida hacia nosotros que la veíamos acercarse con ojos deslumbrados de apolillados carcamanes.

―Hola ―dijo la chica con una bella sonrisa al llegar junto a la mesa.

―Hola ―contestamos los dos a la vez.

―¿Me firma un autógrafo? ―Su voz dulce y cantarina se dirigía a mí, al tiempo que me tendía una pequeña libreta.

―¿Quién, yo? ―«Mi gozo en un pozo —pensé—, se equivocó de personaje».

―Síiii, usted.

―¿Estás segura de que es mi autógrafo lo que quieres? ¿Sabes quién soy?

―Claro, Anselmo Fuentes, columnista del Voces, escritor en ocasiones, reportero y, algunas veces, crítico literario. ―La parrafada le salió de corrido. Alejandro se permitió la licencia de una sonrisa socarrona mientras yo dejaba caer la barbilla.

―Pues sí, en efecto, ese soy yo. ―Reaccioné y, como buen veterano de mil batallas, cogí su libreta y traté de disimular mi turbación con otra pregunta―. Y tú, ¿cómo te llamas?

―Celine ―fue la sencilla respuesta. «El nombre —pensé en aquel momento— le viene como anillo al dedo». Era muy joven, mucho más de lo que había creído al verla desde lejos antes de que saltara el murete de piedra. Su figura se recortaba nítida contra el azul del mar y una enorme sonrisa le iluminaba el rostro.

Sé que no fui capaz de ser original en la dedicatoria que le escribí en la libreta. Ella estaría harta de oír lo que puse respecto a sus ojos verdes, su melena rubia y su incomparable belleza; me maldije por dentro. Me fastidiaba parecer un viejo verde delante de una jovencita. Sin embargo, ella agradeció mi atención y permaneció inmóvil junto a la mesa como si esperara que agregara alguna otra cosa. Fue Fonseca quien aventuró una salida.

―Oye, ¿por qué no te sientas y le dices a mi amigo de dónde lo conoces? La intervención de Alejandro fue una sorpresa para mí. No suele ser lanzado. Además, tampoco se me pasaba por la cabeza que ella pudiera aceptar semejante invitación, pero estaba visto que aquel no era mi mejor día para razonar. Celine, igual de sutil que mi amigo, contestó:

―Bueno, vale. ―Y se acercó una silla.

Tanto desparpajo en una persona de su edad me intrigaba en la misma medida que me halagaba el hecho de que me hubiera reconocido. Supuse que no estaría muy puesta, pero me daba igual. Era una bonita novedad en aquella mañana nefasta.

En cuanto Celine se sentó frente a mí, Fonseca, como si le hubiesen conectado las pilas, se puso de pie y con una sonrisa malévola de vieja Celestina preguntó:

―¿Qué te traigo para beber?

―Una cerveza ―dijo ella sin dejar de mirarme con una pícara expresión en el rostro.

―¿Y bien? ―dije yo― ¿De dónde me conoces? No parece que tengas edad para interesarte por los temas que escribo; tienen poco interés para la gente joven. ―Era mi porfiada manera de expiar mis culpas. Ella no tuvo compasión.

―Algo de cierto hay en lo que dice, señor Fuentes. Antes sus escritos eran más frescos que ahora, más sueltos y, aunque la ironía no ha cambiado, la de ahora me parece un poco cáustica. Es como si quisiera castigarse a sí mismo mientras critica a los demás. Pero a mí me sigue gustando.

―Estudias sicología, ¿no? ―Fue lo primero que se me ocurrió al escuchar su comentario. No me di cuenta de que, con aquella afirmación, no hacía más que darle la razón.

―No, pero no hace falta para notar los cambios.

―¿Desde cuándo lees lo que escribo?

―Desde que tengo uso de razón  ―respondió―. Aunque, en realidad, eran mis padres los que leían y yo la que escuchaba las conversaciones. Se partían de risa. Decían que era mordaz e incisivo; que no dejaba títere con cabeza. Mi padre, especialmente, es un seguidor incondicional. Ahora, desde que se divorció de mi madre, no tenemos muchas ocasiones para comentar sobre estas cosas porque nos vemos poco, pero en mi adolescencia no hacíamos otra cosa.

―¿Vives aquí, en el pueblo?

―No, vivo con mi madre en Marina di Pietrasanta, en Italia, y venimos una vez al año.

―¿Qué edad tienes, Celine? ―No lo pude evitar.

―Diecinueve ―Por alguna razón, cuando la chica dijo la edad sentí una punzada en el costado. Fue como si constatara mi incuestionable vejez―. Pensó que era más pequeña, ¿verdad?

―No, al contrario, supuse que tendrías veinte o algo más ―mentí―. Pero también es cierto que no suelo hablar mucho con la gente joven…

En aquel momento, desde la playa, alguien gritó su nombre conminándola a dejar la conversación. ¡Celine, venga! ¡Que nos vamos! La chica alzó la cabeza y se volvió para mirar hacia el mar. Un grupo de jóvenes le hacía señales con la mano.

―¿Son tus amigos?

―Sí, son mi pandilla aquí, en el pueblo. Tengo que irme.

―Por supuesto, vete. Me ha encantado hablar contigo, lástima que mi amigo se haya olvidado de tu cerveza, pero otra vez será. Si sigues por aquí, nos veremos otro día.

―Seguro, ya sé dónde encontrarlo ―Y dicho esto, con una sonrisa de oreja a oreja, se puso de pie y se acercó a la puerta del bar para despedirse de Fonseca―. ¡Ci vediamo dopo, papa!! ―Luego salió corriendo hacia la playa dejándome de una pieza.

Por alguna razón, aún hoy, soy incapaz de imaginar a Alejandro como miembro de un grupo familiar; con una casa, una mujer o una hija como Celine, intercambiando opiniones en el desayuno sobre mis viejos escritos. Su imagen, siempre, me llega asociada al Morgana (que ya no existe) y al desconcierto que sentí aquel mediodía acariciado por un aire salobre que ascendía desde el mar.

Fonseca no volvió a mi mesa hasta pasado un buen rato. Yo lo esperaba con las armas cargadas. Durante la espera había hecho mil conjeturas sobre lo que hubiera sucedido si, en un ataque de euforia, me hubiese insinuado a la hija o criticado al padre o, simplemente, hubiera ofendido a cualquiera de los dos por culpa de mi estado de ánimo. Todas mis especulaciones acababan en desastre. Nunca debió tenderme aquella trampa. Sin embargo, cuando mi amigo emergió de la penumbra del local, otra vez parapetado detrás de un par de cervezas, me mantuve a la espera de que me diera pie para mandarlo a paseo. No sucedió. La charla con Celine me había restituido cierta dosis de confianza en mis dotes de conversador de modo que me dispuse a especular con su desacierto.

―¿Qué? ¿A que tenía razón? ―dijo después de sentarse como siempre, con la mirada puesta en el horizonte…

―¿Razón? ¿Razón en qué?

―¿En que es el ser más exquisito de la tierra?

No sonrió al decir aquello. Mentalmente, no tuve más remedio que darle la razón.

―Oye, Fonseca, ¿nunca te dije que eres un canalla?

―No ―me respondió―, pero tampoco hace falta, eso siempre lo supe.

―Nunca me has dicho que tuvieras una hija.

―Tampoco me lo has preguntado. La tengo hace casi veinte años y es la causa principal de que siga en este agujero. ―El comentario le había brotado del alma.

―¿Te refieres al Morgana? ―Era muy extraño que se expresara de aquella manera. El bar, hasta donde yo sabía, representaba toda su vida.

―Me refiero al Morgana, al pueblo y a todo lo que me mantiene anclado en este sitio. Esto ha sido una imposición de la madre de Celine; su castigo. Pero supongo que me lo tenía merecido. Me ha costado muchos años darme cuenta.

―No tenía ni idea. Siempre he creído que estabas aquí por propia voluntad.

―No. Por propia voluntad estaría muy lejos ―La cara de Alejandro era, en aquel momento, una máscara inmutable en la que los vientos y la sal de muchos mares habían dibujado un mapa indescifrable―. Ese fue el precio que tuve que pagar por ver crecer a Celine. Entre un juez y mi mujer me quitaron el mar. Al final, como era de esperar, me acostumbré a permanecer en tierra, pero ha sido duro amigo mío, muy duro. ―Nuevamente había vuelto a sumergirse en un silencio distante. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a dejar las cosas en ese punto. Cualquiera que fuese su situación personal no le daba derecho a hacerme la jugarreta de soltarme al ruedo sin prevenirme.

―Y, ¿Qué esperabas que hiciese al dejarme a solas con ella? ¿Que jugara a las adivinanzas? ¿Que le tirara los tejos? Eso ha sido una jugarreta. ¿Lo sabes, no?

―¿Jugarreta? No, hombre, no. Os conozco a los dos. Tú puedes estar chalado, pero solo eres un aprendiz de malo. Tienes tu código y tu ética.

―Cualquiera se salta la ética ante semejante bombón ―De pronto tuve ganas de fastidiarle el día―. A punto estuve…

―No lo creo, pero, de haber visto el más mínimo indicio de eso que dices, me hubieras visto cabreado de verdad, os estaba mirando.

―¡Vaya!, encima nos tenías vigilados. Lo dicho, Alejandro eres un auténtico canalla…

―Además, ella te admira, hombre ―Fonseca se volvió hacia mí por primera vez. Sus ojos, empequeñecidos por la resolana, parecían dos rendijas encendidas que hurgaban en mi cerebro―. Piensa que eres un escritor con convicciones profundas, tal vez te lo haya dicho. Te lee y te relee cuantas veces viene al pueblo, comenta tus artículos. Me pregunta…

―Y tú, ¿qué le dices? ¿Que estoy chalado? ¿Acabado? ¿Que no soy capaz de escribir un puñetero artículo para el domingo y que por eso me emborracho para tener una excusa? ¿Qué le cuentas? ―Las manos me temblaban de indignación. De repente me estaba dando cuenta que la opinión de aquella jovencita se había vuelto importante y me preocupaba la imagen que pudiera conservar de mí. Alejandro me seguía observando. Seguramente, notó mi frustración.

―Yo no le cuento nada, amigo, ella saca sus propias conclusiones. Hoy, estoy seguro, no se llevó ninguna de esas impresiones que dices. Además, te lo habrá dicho, aprendió a valorar tu trabajo mucho antes de que te sintieras como una mierda. ―Yo no pude menos que recordar las palabras de Celine: «Mi padre es un seguidor incondicional». «Se partían de risa…». «Decían que lo consideraban mordaz e incisivo; que no dejaba títere con cabeza».

―Me lo dijo, sí. También me dijo que tú eres un entusiasta de mi trabajo, pero ahora que sé que se refería a ti, ya no me lo creo. Y, ¿sabes qué? Tampoco me creo que este encuentro de hoy haya sido casual. Me imagino que todo esto es producto de una maquinación tuya para echarme una mano porque sabes que estoy acabado. Acepto que Celine sea tu hija, sería muy fuerte que me mintieras en eso, sin embargo, estoy seguro de que ni me conoce ni ha oído jamás hablar de Anselmo Fuentes. Por supuesto, te agradezco la intención, sé lo que significa ver a un amigo derrumbarse como una gelatina; es patético, pero es ley de vida; unos caen para que otros ocupen su lugar… ―Alejandro seguía mirándome, sorprendido por mi explosión, sin decir palabra. De pronto, como tomando una decisión inesperada, apartó su silla y se puso de pie. Hizo un gesto con la boca que bien pudo ser de ira y se dirigió hacia su local. Yo hice lo único que se me ocurrió en aquel momento: apuré mi copa y le imité, pero me marché en la dirección contraria.

―¡Eh, ven aquí! ―Oí que me llamaba asomándose a la puerta― No te marches todavía, quiero enseñarte algo. ―Bajo el brazo traía su libro de cuentas y lo arrojó con furia sobre la mesa. Era un volumen pesado de modo que las copas oscilaron y, por un momento, pensé que se irían al garete. Volví sobre mis pasos.

―¿Qué pasa? ¿Ahora vas a contarme tus penas?

―¡Abre esto por donde quieras! Crees que no sé lo que piensas. ¡Ábrelo! Tal vez haya algo que te interese saber. ―El rostro de Fonseca estaba trasformado. No quería verlo así, ya era bastante penoso cargar con mi pesar como para sentir, además, el peso del de mi amigo. Abrí el libro. Por un instante no entendí lo que estaba viendo. Una pátina borrosa cubrió mi entendimiento y los engranajes perezosos de mi cerebro parecieron acusar, nuevamente, los síntomas que me habían atormentado durante toda la mañana. Ante mis ojos el viejo libro se había transformado en un álbum de recortes con infinidad de llamadas al margen, aclaraciones, comentarios…

―¿Esto qué es? ―logré articular.

―Esto es: casi toda tu vida. Son tus artículos desde que entraste en el Voces, las entrevistas que has hecho, las que te hicieron a ti, tus críticas…Todo. Lo que ves al margen son nuestros comentarios; los míos y los de mi ex mujer; hay muchos de Celine ―También Fonseca estaba alterado ―. Los escribí anoche ¿sabes?, después de verte borracho ―ironizó―. Lo hice para engatusarte, no tiene nada que ver con mi admiración ni con mi respeto por tu trabajo…―No supe qué decir. Sencillamente cerré mis oídos y lo dejé desahogarse mientras pasaba, una por una, las hojas del libro; un trabajo de locos, una labor minuciosa que debía haberle costado larguísimas horas compaginar. Finalmente, también Fonseca se calló y me dejó recorrer aquellas páginas cargadas de historia.

―Estás loco, amigo ―murmuré sin mirarlo―, esto solo se te pudo ocurrir a ti; a un marinero con mucha paciencia y mucho tiempo libre…  ―Cuando alcé la vista le noté la mirada vidriosa.

―No te rindas, Anselmo ―fue lo único que me dijo mientras nos abrazábamos―. No les des ese gusto…

 

Hoy, mientras habla el director sobre mis méritos profesionales recuerdo aquella escena en el Morgana y pienso en mis esfuerzos por contener las lágrimas durante mi regreso al piso. Afanoso, busco con la mirada cargada de gratitud a mi viejo amigo Alejandro Fonseca y a Celine que han querido estar presentes en la ceremonia. No sé si ellos lo saben, supongo que sí, pero ha sido mi panegírico sobre la amistad lo que ha puesto a mis colegas el listón tan alto; la sentida apología que escribí en su honor y de corrido, en el breve lapso de una tarde y una interminable noche, el día después de aquella espantosa borrachera.

 

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