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El puente de los poetas

Primer premio IV Certamen Literario José Ferrer (Esclafit) – Barraca «Los Chuanos» Alicante 2012
 Capítulo I

Evaristo T. Ventura decidió viajar después de acabar los trámites del divorcio. La amarga experiencia, le había destrozado el alma. Como buen hombre de letras, siempre había Ilustración 1sido sensible e intuitivo, pero a causa de lo que consideraba un fracaso personal se volvió escéptico y receloso. Un escéptico de las virtudes del arte. De la noche a la mañana, su propia poesía dejó de significar una manifestación espontánea del espíritu para convertirse en una mera artesanía intelectual. La primera víctima de tal desencanto fue, cómo no podía ser de otra manera: el significado de los verbos amar, soñar, sentir y de todos los que fueran de la misma condición.
La metamorfosis de Evaristo no se produjo porque sí. Sobrevino durante la interminable puja producida a raíz del reparto de sus bienes. Allí se puso de manifiesto: la ruindad, la codicia y la sordidez de los aduladores que le rodeaban, a quienes, engañosamente, había considerado exentos de materialismo.
Así fue como, en medio de aquella realidad circunstancial, tomó la decisión extrema de dejarlo todo y alejarse del Madrid que había constituido, hasta entonces, su fuente de inspiración y su entorno natural. Aunque, cierto es que, a última hora, decidió tomárselo como unas merecidas vacaciones.
La simple posibilidad de hacer un paréntesis en su vida poniendo tierra por medio fue, para su ánimo, un soplo de aire fresco. Casi de inmediato, le entraron las prisas. Con entusiasmo, recortó los  cabos sueltos que le unían al círculo de sus editores y amigos, dibujó un ambicioso plan de desintoxicación intelectual y, con un entusiasmo casi infantil, se dedicó a elegir el destino que le permitiese despejar la mente.  No lo consultó con nadie. Fue la vieja imagen de una revista de turismo la que se lo sirvió en bandeja; era una foto aérea de Alicante; una ciudad enorme descansada en los límites del mar. Nada especial para cualquiera que estuviese menos motivado, pero ese no era su caso.
Evaristo descubrió de inmediato la enorme fortaleza de Santa Bárbara encumbrada como un símbolo en medio de la trama urbana y se identificó con ella. Por alguna razón, sintió que aquella mole conectaba con sus sensaciones de poeta: la imponente construcción se le antojó, de repente, un águila que sobrevolaba, altiva, el caos irredento de su entorno.
En su decisión no influyeron para nada las gaviotas ingrávidas que adornaban la página de la revista ni las embarcaciones de vela que moteaban las azules aguas del Mediterráneo. Evaristo T. Ventura eligió Alicante, simplemente, porque tenía un castillo y, además, porque, junto a él, un hotel muy alto, estrecho e irreverente, parecía espiarle los secretos.

II

Descendió del taxi frente al hotel «Gran Sol» y miró incrédulo hacia arriba. El edificio era un formidable tótem; deslucido, pretencioso e impúdico; que imponía a los vecinos sus noventa y siete metros de altura sin ningún sentido de la estética. Desentumeció los huesos. Dejó que el botones sujetara la maleta más pesada y se reservó la otra, la que abultaba menos y guardaba sus tesoros, para si mismo; luego entró. El chico de la puerta lo miró suspicaz.
Evaristo T. Ventura era un hombre de 65 años de edad al que las crueldades del espejo le resultaban indiferentes. Se sabía pequeño de estatura, ligeramente agobiado por culpa del oficio de escribir y endemoniadamente feo en razón de unos rasgos perrunos heredados de un abuelo. Pero estas cosas le importaban poco. Tanto era así que, por lo mismo, se vestía de cualquier manera ignorando la moda y se tocaba, pertinaz, con una gorra de visera que le ocultaba la mirada. En contraposición, era un observador astuto y ejercitaba como nadie el arte de pasar inadvertido.
Nada más entrar, se dirigió al mostrador sin perder detalle y dio su nombre a la recepcionista. Para aquella resultó ser tan desconocido como la teoría del Big Bang. De inmediato, pidió ver al director. La joven pareció desconcertada, pero él acudió en su ayuda.
—No es para quejarme, señorita, eso vendrá después, ahora solo quiero presentarme. —Ella no sonrió, estaba muy lejos de interpretar el comentario como una broma del recién llegado.
Antes de darse la vuelta y apoyar los codos en el mostrador, Evaristo esperó a que la joven se marchara. Observó que el sitio era espacioso, pero caótico. La planta baja se encontraba en el cruce de una calle con una avenida y por sus frentes acristalados se veía el tranquilo deambular de los turistas. El vestíbulo carecía de estilo. Lo primero que le vino a la cabeza fue que su ex mujer y el decorador que la asesoraba se hubieran infartado con solo pisarlo… Lástima no haber viajado con alguno de ellos… o con ambos. Todo lucía inmaculado.
Mientras hacía estas apreciaciones, la puerta giratoria de la calle expelió hacia el interior un grupo animado de señoras. Eran cuatro, pero la estridencia de sus voces las multiplicaba por dos. Las recién llegadas lo observaron cautamente. El porte estrafalario del madrileño y su forma de ocupar el mostrador contrastaba con el sitio. Probablemente, sopesaron la posibilidad de llamar a la policía, mas no dijeron nada. Evaristo T. Ventura no se dio por aludido, por el contrario, les sonrió con cortesía tocándose la visera de la gorra. Mientras tanto consideraba la posibilidad de hacer un comentario sobre «la invasión de los ultra cuerpos». [1] Antes de que dijera nada, un caballero de porte impecable, moreno y dueño de una ceja extrañamente desnivelada, carraspeó junto a su oreja.
—¿Es usted el señor Ventura?
El escritor, sobresaltado, esgrimió la mejor de sus sonrisas y asintió con la cabeza. Dedujo que era el director del hotel porque, a sus espaldas, la recepcionista permanecía expectante.
—Soy Alejandro Miranda, ¿en qué puedo servirle?…
Al grupo de las recién llegadas, mientras tanto, se había agregado otro de caballeros y el vocerío iba en aumento. Discretamente, ambos hombres, se apartaron para hablar…

III

Evaristo T. Ventura abrió sobre la cama el maletín pequeño y extrajo sus artilugios de guerra. Llevaba: los lápices afilados como alfileres, en un estuche; las cuartillas blancas, en carpetas de colores, y una goma de borrar Staedtler profesional con la que corregía, sin dejar marcas, en una cajita metálica junto con el sacapuntas. Lo ordenó todo encima de la mesa.
No pensaba trabajar durante sus vacaciones, mas «nunca se sabe, los poetas somos volubles…» Pero, en realidad, no era por eso. Siempre había sido previsor y la decisión de postergar el arte no era tan profunda como en los primeros días. El pertenecía a una élite de iluminados que escriben, inspirados por un destello de luz, en cualquier momento y en cualquier lugar.
Al entrar en el cuarto descorrió las cortinas y parpadeó. La luz de la tarde inundó la estancia. El sitio era espacioso y cómodo, con cuadros de mala muerte en las paredes y suficientemente espacioso para sus necesidades. La enorme ventana, el mejor de sus adornos, parecía un óleo en el que: el cielo, el mar de acero y el castillo de Santa Bárbara, oficiaban de modelo. Las intenciones del escritor habían calado hondo en la voluntad del señor Alejandro Miranda. Le habían asignado un cuarto en la planta 22 donde nada entorpecía sus vistas sobre el paisaje. Abajo, donde comenzaba el mar, se extendía una larga playa blanca que mudaba de forma a cada instante.
El poeta recordó una frase que le vino a la mente: «…  el cadí, junto a los arcos de oriente, permanecía de pie mientras sus grises pupilas seguían, sin curiosidad, el galope de las cabalgaduras que dejaban la medina… »  Le gustó la precisión de la imagen. Era suya. Con los ojos entrecerrados imaginó la escena y acabó: «… con la huesuda diestra  aferrada a la suave empuñadura de la espada».
Acabó de instalarse cuando languidecía la tarde; las tensiones del viaje le exigían una ducha. Era el mejor remedio para el cansancio y estaba contento. No se atrevió a entonar la «Donna è Mobile» [2] por respeto a sus vecinos de planta.
Mientras decidía; si se duchaba antes de la cena para estar más presentable o después de la cena para descansar mejor; un suave repiqueteo de nudillos alteró sus planes. Era la recepcionista; Laura, según rezaba el uniforme: traía una elegante tarjeta de invitación para «un vino de honor por el 40 aniversario de la fundación del hotel…». Se celebraría al día siguiente en la planta veintiséis.
—El señor Miranda entiende que es precipitado, pero… —El poeta reconoció, sin decirlo, que, por cosas como aquella, daba gusto viajar por España. Ni por un segundo pensó en rechazar el ofrecimiento, era la mejor terapia para sus dolencias.
—Su jefe está en todo ¿verdad, Laura?
—Si señor…—La chica contestó con seriedad.
El hombre, para alargar el encuentro, argumentó que no tenía ropa de etiqueta ni venía preparado para tan distinguido honor.
—Usted sabrá, señor. Yo pienso estar allí… y tampoco tengo ropa de etiqueta. —La joven contenía una sonrisa—. Será una bonita fiesta.
—Entonces de acuerdo, si usted va, yo también voy. Dígale a su jefe que acepto la invitación de mil amores.
Cuando regresó al cuarto la noche se había adueñado del sitio. Afuera una luna invisible manchaba la suave superficie del Mediterráneo y una blanca estela de espuma señalaba hacia la bocana del puerto. Evaristo T. Ventura, no quiso demorarse más, cogió su neceser y  se marchó a la ducha.

IV

Despertó muy temprano asaetado por la despiadada claridad del amanecer. El vuelo de las gaviotas anunciaba el comienzo de una nueva jornada al tiempo que, desde los muelles, algún marinero insomne decidía alborotar con la sirena del barco. Eran las siete de la mañana; muy pronto para comprarse una corbata.
Sentía feroces punzadas de hambre. Se había acostado por unos minutos después de ducharse; antes de subir al comedor, convencido de que luciría mejor que a su llegada; y no resultó un buen plan porque se quedó dormido.
Se vistió precipitadamente y bajó al vestíbulo dispuesto al asalto. Más tarde, para no regresar al cuarto, se adueñó de un sillón junto a la entrada con un periódico en las manos. Esperaría a que el mundo le alcanzase. Sin embargo, cuando dejó el hotel, la calle San Fernando continuaba tan desleída como siempre enmarcando la cansina silueta de alguien que se perdía calle abajo.
Descendió a la explanada, torció a la derecha y enfiló el paseo en dirección al parque Canalejas. Era consciente de que nadie le apremiaba, así que, cada pocos pasos, sosegaba la marcha. Le costaba habituarse al ritmo de las vacaciones. Se echó las manos a la espalda para adoptar la actitud de los sabios despistados y encarriló el paseo. Debía continuar hasta el final y después subir al centro por la avenida ancha del Dr. Gadea «que es la del parterre lleno de palomas y de gente con perros». Se había informado bien antes de salir. «… en la planta baja del Corte Inglés suele haber de todo: corbatas, pañuelos y cosas por un estilo…»
Se les olvidó aclararle lo de la tienda de libros que era, precisamente, la única clase de tiendas en la que perdía el control. Eran sitios donde agotaba las horas; ojeando volúmenes, leyendo comentarios y manoseando cubiertas satinadas; sin medir el tiempo. Se comportaba como un jardinero enamorado perdido en un vergel. Después, naturalmente, se sentía culpable de haber dejado plantada a su ex mujer en una esquina y de otras lindezas por el estilo. Ella llegó a odiar esos despistes y, por extensión, todo lo que rodeaba a la bohemia literaria: las inacabables tertulias inconducentes, la letra por la letra misma y eso que, según García Márquez, «…no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada…». [3]
Pero se lo encontró de sopetón y no fue culpa suya. Durante las horas siguientes derivó a sus anchas. Lo revolvió todo, lo leyó todo y lo inspeccionó todo a conciencia. Hasta que, cuando menos lo esperaba, se encontró a sí mismo en el fondo de una estantería de últimos ejemplares; dos tomos de  «La letra viva – poemas de Evaristo T. Ventura – 2ª edición» salieron a la luz y su propia y juvenil sonrisa le dio la bienvenida. El descubrimiento le produjo tal satisfacción que, sin poder contenerse, cogió ambos libros y los colocó bien a la vista para que se vendieran antes. Después, siguió su recorrido tan campante.
a alegría por la travesura duró poco. Alguien que no había visto hasta entonces le tocó levemente en el brazo. Se sobresaltó. Era una joven, una niña, vestida totalmente de blanco que se cubría la cabeza con una delicada shayla musulmana y llevaba en la mano un ejemplar de la obra que acababa de dejar. Se lo  mostraba, claramente, por el lado de la foto.
—¿Este eres tú, verdad?
—¿Qué es lo que quieres? —La pregunta sonó con brusquedad puesto que notaba cierto rubor en el rostro.
—Nada, no quiero nada. —La juventud de la chica le devolvió su calma habitual.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
—Aisha.
—¿Aisha? Es un nombre muy bonito. Dame el libro, te lo voy a firmar…
De inmediato, cogió una pluma y escribió: «Con todo afecto para Aisha de parte de Evaristo T. Ventura, un poeta que pasa por su segunda infancia», y firmó. Estaba seguro de que la niña o bien algún adulto que leyera la dedicatoria y conociera los hechos, entendería la sutileza. Le devolvió el ejemplar y se alejó.
Más tarde, olvidado ya del incidente, cuando se marchaba, recordó las amabilidades de Alejandro Medina, el director del hotel, y pensó en dedicarle un detalle. El providencial hallazgo de los libros resolvía muchas vacilaciones. Sin pensárselo dos veces y mientras rumiaba una dedicatoria apropiada, regresó en busca del ejemplar que quedaba. Pero su sorpresa iba a ser mayúscula. En la estantería encontró los dos volúmenes del libro tal como los había dejado; en la misma descarada posición.
Evaristo T. Ventura, por segunda vez esa mañana, notó la sangre en sus mejillas. Dudó. Pero las dudas fueron breves; la inapelable dedicatoria estaba allí y no había razones para poner en duda lo evidente. La niña había devuelto el ejemplar a su sitio sin importarle, en absoluto, lo que llevaba escrito.

V

La tarde del segundo día no pudo empezar peor para el poeta. Desde la mesilla de noche los dos ejemplares de «La letra viva» recordaban, sin paliativos, el aspecto más penoso de su ego. No es que hubiera pecado, ni mucho menos, pero se había comportado como un necio. La niña había querido satisfacer una curiosidad y el resto lo había dispuesto «Juan Palomo». [4] Le dio muchas vueltas al asunto. Sin embargo, a las diez de la noche, cuando se marchó a la fiesta de la planta veintiséis, ya había relegado el incidente al fondo de su memoria y una sonrisa radiante le distendía el rostro.
El salón, profusamente iluminado, desbordaba gente; todos mariposeaban, disimuladamente, en torno a los cortadores de jamón; los grupos se formaban y disolvían entorpeciendo el paso; y, por encima de las voces y las risas, se escuchaban los acordes de algo indefinido que interpretaba, desde el fondo, una pequeña orquesta. Era una buena fiesta.
El poeta, como era de esperar, no conocía a nadie y deambulaba de un lado para otro con una vaga sonrisa de compromiso dispuesto a marcharse a la primera de cambio. Aquella noche, si nada lo impedía, esperaba acabar la lectura de «El pintor de batallas».[5]
Lamentablemente, algo ocurrió: descubrió a Laura y luego al director y ellos también le vieron. Se saludaron a la distancia. Alejandro Miranda dijo algo al oído de su empleada y después se dirigió al encuentro de su invitado con una jovial expresión dibujada en el rostro.
—Ya lo ve, Ventura, estos eventos vienen en el lote.La ceja se le relajaba cuando estaba contento.
—Hombre, no parece tan malo.
—Y no lo es, pero agota. —Estaba en su salsa.
—Me alegro que haya decidido venir. Quiero presentarle a un colega que tal vez le interese.
Evaristo T. Ventura frunció el ceño. Poco sabía el director sobre sus intereses, pero le siguió la corriente:
—Veamos de quién se trata.
—Sígame y lo sabrá. —Le tocó levemente en el brazo para que lo acompañara.
La persona en cuestión resulto ser un hombre de largo e hirsuto pelo blanco que se hallaba de espaldas al salón. Permanecía inmóvil ante una de las ventanas y miraba hacia la noche. Con ambas manos en los bolsillos contemplaba el castillo con el que parecía sostener un diálogo: mudo, particular e indescifrable.
—Hola «Llibrer», quiero presentarle a un amigo…
El otro no respondió. Ni siquiera dio muestras de haber oído el saludo.
—Se llama Evaristo Ventura y viene de Madrid. También se interesa por el castillo. —El tal «Llibrer» siguió inmutable mirando hacia fuera, pero sentenció, señalando al exterior con su huesuda mano;
—Eso de allí no es lo que parece: es un monstruo engañoso que depende de nosotros más de lo que se figura. —Los recién llegados se miraron. La ceja del señor Miranda era todo un manifiesto.
La voz del «Llibrer» sonaba bronca y con un incierto deje de ternura. No cabía dudas que hablaba del castillo, pero no se expresaba como si se tratase de un ser inanimado. Al principio, los recién llegados, intentaron opinar, pero cayeron en la cuenta de que dialogaba consigo mismo y optaron por guardar silencio. El hombre se hacía preguntas incomprensibles y se daba a si mismo las respuestas. Todo sin transición. Luego de algunos minutos se volvió. Era un personaje raro. Un anciano. Alguien mucho más viejo de lo que parecía de espaldas y que no se encontraba nada cómodo metido en un traje. Lucía una arcaica y lánguida pajarita que aparecía y desaparecía entre las hebras de una impresionante barba. Sus ojillos diminutos brillaban con lucidez, y se le notaba achispado.
—¿Usted qué opina, Ventura? ¿Qué le parece el monstruo? —A continuación soltó una franca risotada. Al escritor, curiosamente, le cayó bien desde el principio—. No me conteste… me imagino la respuesta: ya sé que estoy como una cabra…
Después, le tendió la mano. Al madrileño no le gustaba conceder ventajas dialécticas, pero no vio malicia en lo que dijo el viejo y lo dejó correr. Alejandro Miranda, por su parte, necesitaba desaparecer así que, antes de que alguien volviese a tomar la palabra, se despidió para atender a sus invitados y los dos hombres se quedaron solos. ¿Me han dicho que escribe, «Llibrer», y perdone que le llame de este modo, pero…
Lo entiendo perfectamente, no se preocupe. Es mi falta de roce… En realidad me llamo Héctor Pascual Sylvestre y también fui conocido alguna vez. Pero no como poeta.
Al madrileño se le notó la sorpresa en la cara y el otro tuvo que hacer aclaraciones.
—Veo que está bien informado y tiene buena memoria. Soy el que usted está pensando.
Según recordaba, el anciano llevaba treinta años fuera de circulación y todo el mundo lo consideraba muerto. Había desaparecido en un naufragio frente a las costas de África. Su defunción, en realidad, se decidió por descarte: el hombre, no estaba entre los supervivientes.
Sylvestre relató brevemente la historia de un rescate algo rocambolesco, su recuperación (amnesia incluida) y su regreso a España al cabo de unos años. Probablemente dejó cosas sin explicar. Evaristo T. Ventura respetó los silencios del viejo y supuso que, de estar totalmente sobrio, no hubiera contado ni siquiera la mitad. Mientras el anciano hablaba miraba fijamente su tarjeta de invitación, como si no comprendiese el contenido, y seguía bebiendo. La lengua se le trababa y repetía, como un sonsonete, las palabras «importante y trascendente».
La conversación duró un par de horas y pronto derivó hacia el tema favorito de ambos: las letras. A Sylvestre, a pesar de la edad, se le notaba muy actualizado, y el madrileño se mantuvo a su altura.
Bien pasada la medianoche la conversación decayó visiblemente y el anciano se dio por vencido. Evaristo T. Ventura se sintió aliviado. Temía por aquel hombre que debía moverse solo y de madrugada por las calles de Alicante. Un camarero le tranquilizó: el director había dispuesto que le acompañaran a su casa. Como un coronel vencido, Sylvestre rindió sus armas y se marchó: inseguro, pero digno. El madrileño tuvo la sensación de que la fiesta finalizaba de repente.

VI

A pesar de la claridad, en la duermevela, el poeta se repetía que era pronto para dejar la cama. Las cortinas seguían descorridas y, ciertamente, jamás volverían a ocupar su sitio si él mismo no lo remediaba. El reloj daba las seis y cuarenta y cinco. No necesitaba madrugar. Carecía de planes para la mañana aunque, eso sí, tenía muchas ideas que ordenar en su cerebro. No estaba acostumbrado a trasnochar; los huesos reclamaban una tregua.
Inevitablemente, el «Llibrer» ocupaba sus pensamientos; le había impresionado. Toda la historia; la desaparición, el misterio del rescate y la reaparición en una fiesta de sociedad; era digna de un guión cinematográfico.
Decidió levantarse a las siete y media. El silencio era casi absoluto tanto dentro como fuera del hotel. Desde el exterior, la “cara del moro” esculpida en la falda del monte Benacantil debajo justo de la fortaleza, le observaba discretamente. Mientras se ponía los pantalones miraba la controvertida forma con gesto severo. Seriamente murmuró: ¿Qué me miras tú, canalla?, ¿nunca has visto un poeta en calzoncillos?
Bajó al vestíbulo, desayunó y se marchó a la calle. Le gustaba aprovechar la soledad para sentarse plácidamente frente al mar a escuchar el rumor del agua. Cruzó el paseo. Las palmeras, alineadas como soldados, le dieron los buenos días mientras se acercaba a la orilla donde las barcas se mecían plácidamente. Sus pensamientos se dejaron arrastrar por los reflejos.
No la oyó aproximarse, Aisha se acercó sigilosa y se detuvo, impasible, a unos pasos de distancia. La frágil presencia se multiplicó, silenciosa, y Evaristo T. Ventura no tardó en advertirla. Se volvió. No estaba preparado para ver a la niña así que, antes de hablar, dejó que su mente buscase las palabras en el mar.
—Me has dicho que te llamas Aisha, ¿ese es tu nombre de verdad? ¿De dónde eres? —Al escritor no le interesaban las respuestas, pero permanecer en silencio hubiera sido peor.
—Mi nombre es Aisha, de verdad, hija de Amina y Abu Bakr.
Evaristo T. Ventura se volvió y la observó. La diminuta figura se recortaba contra la suciedad del asfalto como una ilustración. Tenía los grandes ojos negros muy abiertos y el bello rostro conservaba la expresión seria e inocente que ya le conocía. No sabía si la respuesta que acababa de escuchar era una rebuscada forma de expresión local o, simplemente, que la pequeña se burlaba de él.
—¿Y donde están tus padres Aisha hija de Amina y Abu Bakr?
—Ellos han muerto y también mis hermanos… —  Evaristo T. Ventura no le quitaba los ojos de encima.
—¿Entonces con quien vives tú? Eres demasiado joven para valerte sola.
El hombre calculaba que la niña no superaría los diez u once años y esperaba una respuesta evasiva, pero jamás lo que brotó de aquellos delicados labios:
—Vivo en muchas partes, aunque mi sitio preferido es un espacio con rincones tibios donde habitan las almas solitarias…
—Vaya… ¿y, dónde queda eso?
—…En los caminos vedados. Para ellas busco escribas y poetas…
A Evaristo T. Ventura le costaba seguirla, estaba desconcertado. Seguramente, la joven padecía algún desequilibrio y su mente mezclaba la realidad con las fantasías. Sin embargo, era un placer oírla y no pudo o no quiso dejar de hacerlo.
—Yo soy un escriba ¿lo sabes, verdad?
—¡No! Tú eres un poeta. Lo sé, has escrito palabras en tu libro para mi ¿no lo recuerdas?
El madrileño lo recordaba perfectamente y también el reproche que había estado haciéndose a sí mismo por la dedicatoria, pero, en ese instante, prefería guardar el incidente para sí. En su lugar dijo:
—Pequeña, los escribas y poetas no andan sueltos por la ciudad ni son como tú piensas… –No pudo evitar que su mente volara hacia el viejo «Llibrer»—. Cuando crezcas, serán ellos los que te encuentren a ti…
—Tú eres como yo te imaginaba.
—Aún te queda mucho tiempo por delante… Ojala los poetas no te defrauden nunca.
El hombre sintió que se le contraía el corazón por su propio comentario. La joven, probablemente, ni siquiera entendía la intención de sus palabras. O tal vez sí, porque de pronto la oyó decir, con un hilo de voz:

«Mai oblidaré l’alba junt al Guadalquivir,
 quan les naus estaven com els morts en les fosses.
Tothom s’apinyava en les ribes mirant
aquelles perles que suraven sobre un jaç d’escuma,
descuidades les verges, els vels
destapaven els rostres per veure´ls,

com els mantells,esberlats de dolor.»[6]

Los versos brotaron con toda su belleza mientras los ojos de la pequeña se perdían detrás de las gaviotas. Nada había cambiado cuando acabó. Todo seguía exactamente igual en el paseo excepto el corazón del hombre que latía emocionado.
—¿Dónde has oído esos versos?
—También conozco los tuyos —dijo sin responder a la pregunta:
«Silban las balas, rugen los cañones. /
Por ambos bandos los muertos se desnudan
de cuerpos, de avíos, de colores.
Una vez igualadas las almas se saludan,
sin banderas ya, de mil amores…»

Aisha calló y Evaristo T. Ventura no fue capaz de reaccionar al oír sus propios versos.
La gente circulaba ya sin interrupción y llenaba el paseo de ruidos y de risas que rompían el encanto y confundían las voces. La niña fue la primera en hablar:
—Debo marcharme, ya se ha hecho demasiado tarde.
—¡Espera no te vayas! —Pero ella no esperó.
Algunos metros más allá se detuvo e hizo en el aire un leve gesto con la mano. El hombre correspondió al saludo mecánicamente.

VII

Los turistas perpetuaban las embarcaciones con sus eternas cámaras fotográficas y adoptaban poses divertidas y sonreían al objetivo con forzadas sonrisas de  “patata”, como siempre. Las fotografías eran pedazos de tiempo. Recuerdos congelados, pero fehacientes, del anhelado viaje a las playas de Alicante. Momentos para revivir más tarde; en la helada Baviera o en la profundidad de América,  junto a la lumbre; con la misma alegría que aquel día de vacaciones.
Sin embargo, el rostro ausente de un hombre solitario que hubiese preferido estar en otra parte, desluciría la imagen. Alguien rezongaría por haberle fotografiado sin querer… «¡Haber esperado a que se marchara!»  Otro se mofaría de su cara perruna… «Se parece a un escritor», diría el fotógrafo. Se reirían de la ocurrencia: «no ves que no; un escritor no va a sentarse allí, sólo, para servirte de modelo. Ya sé que no, sólo digo que se le parece…» Pero no habría forma de saberlo a ciencia cierta.
Después de hablar con la niña Evaristo T. Ventura permaneció durante un rato sentado junto al agua. Estaba abatido  No conocía las causas de su malestar, aunque, probablemente, se debía a todo un poco. Los personajes que había conocido en aquel viaje le provocaban mal cuerpo. Parecía como si se afanaran por involucrarle en sus vidas. Precisamente, cuando había viajado para conseguir lo contrario ¡Necesitaba tener el corazón de vacaciones!
Pero esto lo dictaba su cerebro, su fibra más íntima iba por otro lado.
De pronto, mientras cavilaba sobre la conversación que acababa de sostener con Aisha, una opresión dolorosa se le concentró en las sienes. Tal vez, por culpa del aire salitroso o del continuo deambular de la gente, el dolor comenzó a extenderse al resto de su cabeza. Se puso de pie y supo que debía regresar a su cuarto. Cruzó el paseo y la calle, entró en el hotel y llegó a la planta 22 casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo. Una vez allí; se arrojó sobre la cama, clavó los ojos en el techo y se dejó estar, en la quietud de los muertos, con la mente completamente en blanco.
Nunca supo en qué momento se sentó a la mesa y comenzó a escribir. Fue un impulso inconsciente. Letárgico. Tal vez un mandato de la inspiración divina. Pero lo cierto es que, hasta mucho mas tarde, no tuvo la certeza de haber escrito sin parar durante horas. El resultado: catorce poemas concebidos en estado de gracia.
Advirtió las cuartillas repletas de versos cuando golpearon a la puerta. Eran versos contundentes y precisos que hablaban de las arenas blancas y las curvas del agua, de grises murallas antepuestas piedra a piedra al avance del cristiano, del Postiguet, de guerras que ni siquiera conocía y, sobre todo, de la cara enloquecida de un moro que colgaba confusa en la montaña. Desistió de reflexionar sobre las causas de semejante prodigio y abrió la puerta. Era Laura.
Los únicos testigos de aquel día inexplicable fueron los lápices despuntados que yacían encima de la mesa y la luna que asomó su rostro preocupado a través de la ventana. Pero ninguno de ellos dijo nada.

VIII

Cuando Laura se decidió a subir fue porque tenía una excelente razón; «Llibrer» había enviado una nota dirigida al poeta. Fuera del sobre decía: “URGENTE” y en el interior: «Señor Ventura, necesito su ayuda. Le ruego que pase mañana a las 5 pm por mi casa. Es importante».
El madrileño leyó un par de veces el mensaje. No daba ninguna explicación y así se lo dijo a Laura. La chica se encogió de hombros. No sabía lo que necesitaba Sylvestre y sólo pudo indicarle el camino hasta su casa. Luego se marchó. El poeta pensó que maldita las ganas que tenía de escuchar, por segunda vez, las batallas del anciano. Necesitaba descansar. Tenía sus propios acertijos que resolver y estaba seguro de que tardaría un buen rato en dormirse aquella noche.
Despertó pasadas las diez, desayunó de prisa y regresó a su cuarto. Se sentía como nuevo. Ocupó la mañana en leer y ordenar lo que había escrito el día anterior sin dejar de asombrarse. Si aquel era el resultado de unos dolores de cabeza, procuraría que se repitiesen a menudo. Vagamente iba recordando cosas que había pensado u observado mientras trabajaba. No había mucho misterio en un brote de inspiración, pero se sintió reconfortado.
La dirección que le había indicado Laura no quedaba lejos. La vivienda era sencilla, de una sola planta, y sobresalía de la falda del monte del castillo como un apéndice. La fachada era vieja con reminiscencias antediluvianas y vestigios de la guerra. Se mantenía en pie gracias a la fuerza de su voluntad, lo mismo que su dueño. Evaristo T. Ventura comprobó el número antes de soltar la aldaba.
No tuvo que esperar: el «Llibrer» en persona acudió presto a abrir la puerta y le precedió hasta su despacho donde innumerable libros se hacinaban por montones.
—Esta es mi trinchera —dijo. Luego le ofreció un asiento y sirvió, sin preguntar, un te frío de hierbas para cada uno—. Esto viene bien para el calor. —Explicó.
El escritor tardó en acostumbrarse a la penumbra y pensó que el asunto, pintaba para largo. El anciano parecía cansado, nervioso y mucho mayor de lo que recordaba. Acusaba en la cara cierta falta de sueño. El madrileño se mantenía sereno y expectante, atento a los acontecimientos, y sin ganas de agotar la tarde en aquel sitio.
—De que se trata Sylvestre? ¿a qué viene este misterio y tanta urgencia?
—La urgencia es cosa de la vejez, Ventura.
Antes de entrar en materia repitió algunas cosas que el madrileño ya sabía. Lo que pretendía decirle comenzaba, realmente, a partir de la compra de la casa.
—Yo era joven entonces y sentía ganas de sentar la cabeza. Tenía más o menos su edad… —Evaristo T. Ventura echó números, pero se mantuvo en silencio—. La casa estaba muy mal y andaba flojo de fondos así que tuve que arreglarla yo mismo… Pero los verdaderos problemas empezaron cuando la acabé. Esa puerta, por ejemplo, no existía. —Señaló a sus espaldas—, pero alguien se empeñó en que la abriese. La primera noche, recuerdo, se colaron por algún sitio y dibujaron el contorno con carbón mientras  dormía.
—¿Con carbón?
—Como se lo estoy contando. Volví a pintarla y, naturalmente, reforcé las cerraduras… Fue en vano. El fenómeno se repitió tantas veces como borré las marcas.
Lo contaba con naturalidad. Dijo que, entonces, había pensado que era un defecto del revoco y se decidió a picar. Pero, nada más dar los primeros golpes, todo el trozo de pared se vino abajo y apareció una cueva.
—¿Una cueva?
—Si. Venga conmigo por favor… —El anciano echó a andar hacia la puerta en cuestión.
—Pero no se alarme, no verá nada raro…
El madrileño le siguió sin decir palabra, aunque no estaba dispuesto a dejarse arrastrar por las chocheras del viejo. Sin embargo, cuando éste abrió la puerta y dio la luz se sorprendió. Descubrió que al otro lado existía una pequeña gruta. «…fue como si alguien guiase mis movimientos para que la descubriese…». Era una cavidad pequeña, no cabrían más de cinco o seis personas de pie. Podía ser, perfectamente, una formación natural, pero no lo era. El recinto estaba vacío salvo por una mesilla de tres patas y una cesta de mimbre. La pared de atrás se replegaba en forma de “caracol” y era sencillo advertir que, al fondo, se prolongaba en forma de túnel y desaparecía en las profundidades de la montaña. No pudo evitar una pregunta:
—¿Usted se ha metido por allí?
—Sí, muchas veces… El anciano lo afirmaba con rotundidad.
Para Evaristo T. Ventura aquello carecía de interés salvo en lo anecdótico. Volvieron al despacho.
—A eso que usted ha visto yo le llamo «El puente».
—¿Adonde lleva? ¿Lo sabe?
—Sí, claro: a ninguna parte… —El anciano no sonreía al contestar, pero debió explicarse.
Había testimonios fragmentados que aseguraban que el monte Benacantil estaba lleno de perforaciones, pero eran voces acalladas. Unos decían que los túneles habían aparecido durante la construcción del metro, otros, con las obras de los ascensores y también durante la demolición de la ermita, pero no había documentación oficial. Si algo se documentó, alguna vez, fue archivado y los descubrimientos: cegados y olvidados.«…ya sabe usted como son estas cosas».
Sin embargo, yo sé que los túneles existen. Los he recorrido todos, pero desde adentro. Lo que realmente no existe es salidas. Antiguamente debieron ser escondrijos o rutas de escape de los árabes o de los cristianos. Vaya usted a saber… Lo cierto es que, al no tener salida, tampoco hay modo de acceder a ellos salvo por mi casa. ¿Me sigue? Y allí reside el problema. —El anciano hizo una pausa antes de seguir.
—¿Porqué es un problema? Con no darlos a conocer es suficiente. Tendría una bodega fresca como pocas…
—No se lo tome a broma, por favor. Tal vez le parezca descabellado lo que voy a decirle ahora, pero no se apresure en juzgarme. —El hombre vacilaba—. Yo sé que los túneles están habitados. Por favor no se ría. No por personas como usted o yo, pero están habitados. Siempre he tenido esa certeza.
—El madrileño se puso tenso. Había llegado el momento de las tonterías. El viejo no se inmutó por la expresión del otro, pero prosiguió pendiente de sus reacciones.
Cuando se recorren los pasadizos uno se siente observado. Observado es la palabra exacta, nunca amenazado. De modo que quien quiera que sea no es hostil. La sensación desaparece al llegar a la cueva. Es como si fuese un territorio neutral.
El madrileño comenzaba a cansarse, pero el viejo proseguía.
—A los pocos días del hallazgo: unos escritos en los que trabajaba aparecieron marcados con las mismas cruces de carbón que tenía la pared antes de venirse abajo. Para entonces, yo imaginaba que eran una señal y que debía hacer pruebas así que, después de borrar las cruces, cambiaba los papeles de sitio. Las marcas volvían a aparecer. Hasta que acerté: los dejé en la cueva y se los llevaron.
—¿Cómo que se los llevaron?
—Sí, desaparecieron. Al cabo de unos días, no obstante, volvieron a aparecer limpios e intactos. Primero fueron papeles sueltos, luego legajos y al final, libros enteros. Siempre lo mismo. Allí comencé a llamarle “el puente”. Un puente que, probablemente, nos une con algunos entes – yo les llamo entes – que están encerrados en los túneles y no pueden, o no quieren, salir. En realidad no lo sé. Desde que descubrí el proceso, el intercambio es constante. Era bastante divertido al principio. Un día descubrí que se quedaban con los poemas…
El poeta se alertó súbitamente a partir de la palabra poema, Evaristo T. Ventura, tuvo cierta sensación de alarma, pero se abstuvo de decir palabra. Pensó que pisaba terreno resbaladizo.
—Mi teoría es que los utilizan para hacer lo que se hace con cualquier poema: para aprenderlos y retenerlos en el alma. Esto refuerza mi idea de que son cultos y que necesitan las pequeñas gotas de opio de las que habla Heine. [7]  Tal vez para resignarse…
El madrileño, se decidió a interrumpir al anciano.
—De acuerdo Sylvestre, pero ¿qué tengo que ver yo con esta historia? Por lo que veo usted tiene ya todas las respuestas.
El anciano no contestó, pero se inclinó sobre uno de los cajones de su escritorio y extrajo un trozo de papel en el que claramente se leía: «Con todo afecto para Aisha de parte de Evaristo T. Ventura, un poeta que pasa por su segunda infancia». El madrileño dio un respingo.
—¿De donde ha sacado esto?
—De donde sale todo; de la gruta…
—Eso no puede ser, hasta ahora íbamos bien, pero… —El madrileño se incorporó en su silla.
—Ja, Ja, ja, ya conozco la frase…
—¿Qué pretende Sylvestre?¿Quién le ha dado mi libro. ¿Tiene un compinche en el hotel?
—Siéntese Ventura, por favor, no tengo ningún libro suyo ni utilizo compinches para nada. Por esto le he llamado…
—El escritor se sentó lentamente.
—Pero, vayamos por partes. ¿Qué relación tiene usted con Aisha? _ Evaristo T. Ventura no contestó. Antes tenía que entender lo que estaba pasando.
—Esto no me gusta, amigo…
—Por favor, tranquilícese y conteste a mi pregunta, es muy importante.
La niña era ajena al asunto y el poeta madrileño no tenía porqué mezclarla en las paparruchas del viejo. Necesitaba saber cómo había obtenido la frase… Lo de la gruta no se sostenía.
—Insisto, Ventura, es importante. Aisha puede ser la clave del asunto.
El escritor vaciló.
—Ella no tiene nada que ver. Es sólo una niña. Una simple admiradora.
Una vez más Héctor Sylvestre  tuvo que recurrir al cajón de su escritorio.
—Oiga esto Ventura, es una biografía: «Aisha bint Abi Bakr, hija de Abu Bakr, tercera esposa del profeta, madre de todos los creyentes, poeta…» ¿lo ha oído verdad: poeta? «(623 dC), la mujer más influyente y progresista del Islam…»¿Le suenan estos datos?
El madrileño no sabía qué decir; algunos datos le sonaban. Sylvestre, implacable, volvió a su cajón para extraer un puñado de fotocopias. «Mire, ahora, estas marcas». Los documentos fotocopiados no guardaban ninguna relación entre si. Sólo tenían en común las negras marcas de carbón formando cruces y una tímida firma dibujada al pie en la que, claramente, se distinguía el nombre de Aysha.
Evaristo T. Ventura sentía que los engranajes de su cerebro funcionaban mas deprisa y que le latían las sienes. Se le formó un nudo en la boca del estómago. Recordó, vagamente, algunas frases de la niña: «…Abu Bakr…»«…mi sitio preferido es un espacio con rincones tibios donde habitan las almas solitarias…»«…en los caminos vedados». Sylvestre continuaba…
Observe esta otra… es mi invitación para la fiesta del hotel. Hasta que leí su dedicatoria ignoraba porqué me habían invitado.
La cartulina llevaba las mismas cruces marcadas y la firma de Aisha. El escritor creyó pillar al anciano en un renuncio.
—Su invitación estaba limpia durante la fiesta. Usted la tenía en la mano.
—Ya le dije que cuando hago lo que ella quiere desaparecen las cruces. Ella quiso que nos conociéramos, lo que no sé, es para qué. Por eso le necesito.
—Yo tampoco lo sé, Sylvestre. Lo que sí sé es que este asunto no me cuadra y que no puedo ayudarle. En realidad, yo no creo en entidades ni en fantasmas…
El escritor no quiso seguir aguantando la tensión. No sabía qué pensar de todo aquel embrollo, sencillamente, no lo entendía. El anciano era un hombre inteligente, pero aquella vida; en el ambiente enrarecido de la casa, la lectura compulsiva y una gruta cargada de misterios, reales o ficticios; lo estaba destruyendo. Y, si permanecía en la casa, también él, acabaría dejándose arrastrar por la locura. De pronto, tomó la decisión de saltarse las normas de un buen invitado y, sin dejar de mirar al anciano, apartó la silla de la mesa y se puso de pie.
—Los siento Sylvestre, va a tener que perdonarme, pero me marcho…
El «Llibrer» no pudo ni quiso impedir el corte brusco e inesperado de la reunión. Sólo supo mirar, apesadumbrado, cómo su invitado se dirigía a la salida. Ya no tenía más argumentos que exponer: sus cartas estaban sobre la mesa.
Evaristo T. Ventura, mientras tanto, salía de la casa y desandaba, apresurado, el camino del hotel.

IX

El escepticismo del poeta rechazaba de plano los razonamientos de Sylvestre. Era suspicaz por naturaleza.
Todos los argumentos que rodeaban la historia de los túneles; los escritos que aparecían y desaparecían, el increíble «puente» metido bajo tierra y la incomprensible pasión por los poemas; le parecían endebles y sin fundamento.
La casa del anciano era vulnerable para cualquier ratero habilidoso al que le resultaría sencillo entrar y salir de la vivienda sin ser visto. Era la explicación fácil. Pero había otras explicaciones: el «Llibrer» era un hombre mayor y la edad puede gastar malas pasadas. El anciano necesitaba sentirse vigente y necesario y no sería de extrañar que, convencido como estaba de su historia, fuese él mismo quien hiciese las cruces sin saberlo. Era cuestión de médicos y sicólogos. Y esto sí, tenía lógica.
Evaristo T. Ventura, se metió en la ducha dándole vueltas al asunto, pero antes, por las dudas, verificó que los dos ejemplares de su obra continuasen intactos y “sin cruces de carbón” donde los había dejado.
Aisha era un cabo suelto. Aunque, en realidad, parecía una coincidencia de nombres. La niña tenía un nombre bastante corriente entre los musulmanes. El poeta no albergaba dudas de que, más pronto que tarde, la pequeña volvería a cruzarse en su camino y, por muy espíritu que fuese, sabría a que atenerse. Mil trescientos años de existencia no se ocultan fácilmente.
Con este convencimiento subió a cenar. Había caído en la cuenta de que hacía horas que no probaba bocado y esa no era su idea de unas vacaciones reconstituyentes.
Antes de salir corrió las cortinas.

X

Después de los acontecimientos que quedan relatados, los días se sucedieron normales. No hubo encuentros extraños ni experiencias misteriosas que pusieran en entredicho la cordura de nadie. Todo lo contrario. El poeta consolidó sus relaciones con la gente del hotel, recorrió bajo sus consejos los mejores sitios y monumentos de la ciudad y por las tardes recuperó la mala costumbre de hacer poesía. Por las noches se demoraba en los bares del centro o por el puerto y se acostumbró a los treinta minutos diarios de playa que le recomendaban sus médicos. Bajo el sol, el poeta aprovechaba para hacer balance de su viaje. A su alrededor, otros turistas solitarios, hacían lo propio. Todos recargaban las pilas con el tímido calor del aire para continuar, después, con la rutina.
Cuando faltaban dos días para el regreso. Los meandros intelectuales de Madrid se dibujaron, inevitables, en su horizonte. Sentía un poco de miedo. En esos días de libertad, había vuelto a navegar sin brújula y a volar sin viento. Se sentía mejor que a su llegada: libre como el aire. Sabía que iba a añorar la sugestión de la lluvia de Alicante que no bastaba para mojar el suelo, pero sí para avivar su vena de poeta. Por mucho tiempo añoraría el mar.
El viaje, había resultado una excelente decisión: buena comida, gente hospitalaria y tibias noches de copas compartidas en «el barrio» y en «Castaños». Tumbado a la bartola, tenía la certeza de que regresaba sin cicatrices. Volvía con la vida apañada y muchas cosas que contar.
A su espalda, la «cara del moro», atenta a estas reflexiones, le daba la razón en todo.
Sin embargo, el último día, cuando ya se marchaba, saltaron todas las alarmas: Laura ultimaba la factura, Evaristo T. Ventura eternizaba su despedida con bromas y besos y, en la calle, un taxi esperaba a que se acabaran los trámites de rigor; entonces apareció Héctor Sylvestre. El hombre venía sofocado por la caminata y se dejó caer en un sillón mientras recuperaba el aliento. Su pesado bastón rodó por el suelo.
—Creí que no llegaba. —Fue lo primero que dijo y luego, casi sin respirar:— ¡Ya sé para que le quiere, Ventura!¡ ya sé para que le quiere!
Los acertijos volvieron a aparecer.
—Tranquilícese, Sylvestre, no hable. ¿A qué se refiere? Espero que no vuelva sobre el asunto de la gruta. Ya le dije…
El anciano trató de agregar algo, pero Laura, que había acudido apresuradamente, interrumpió el diálogo.
—¿Quiere un poco de agua, Llibrer?
—No hija, estoy bien.
El madrileño aprovechó la ocasión.
—Tome, Laura, vaya pasando la tarjeta. El taxi me espera.
Laura se alejó y Sylvestre, algo mas relajado, volvió a la carga con palabras entrecortadas por la agitación. Explicó lo que, «por fin», había comprendido. Aisha había elegido al poeta madrileño para que fuese su sustituto. En realidad dijo: «relevo». Quería que se hiciese cargo de la gruta para asegurarse el suministro de poemas a quienes los utilizaban en el Más Allá.
—¡Porque quienes los leen no son de este mundo! ¡Son Almas! ¡¡¿Lo entiende?!!
Hablaba emocionado. Sus propias conclusiones le habían trastornando hasta tal punto que era incapaz de comprender su absurdo desvarío. El poeta quiso poner cordura en el diálogo.
—Sylvestre ¿no se ha dado cuenta de que me marcho? Aunque creyese en lo que dice, que no creo, me marcho a Madrid.
El otro lo escuchaba como si hablara esperanto.
—Comprendo perfectamente lo que dice, Ventura, me mira como si fuera tonto, pero es usted quien no entiende…
Laura volvió a interrumpirles…
—Señor Ventura, esta tarjeta no pasa…
—Tome esta otra, Laura, y vuelva a probar, por favor.
El anciano, mientras tanto, los miraba con ojos lastimeros. Estaba tratando de explicarles que las cartas estaban echadas, que Aisha había movido ficha y designaba al poeta para la mas sublime de las tareas que se le puede encomendar a un hombre: alimentar las Almas. No era posible negarse, pero su colega no escuchaba.
El taxi, desde la calle, hizo un cambio de luces para advertir que el taxímetro corría.
—Señor Ventura, esta tarjeta tampoco va…
—Laura, dígale al señor Miranda que salga un momento, por favor.
Sylvestre, agotado, se dio por vencido. La tozudez de su colega era imbatible y él se sentía incapaz de proseguir. Calló al advertir que los acontecimientos se definían por si mismos. El director se acercó alarmado.
—Miranda necesito nuevamente de usted. Por alguna razón no pasan mis tarjetas. Quisiera pedirle que admita mi palabra de que le haré una transferencia en cuanto llegue a Madrid. Pero necesito marcharme ya para no perder  el vuelo, mire, esta es la hora de salida.
Mientras hablaba, Evaristo T. Ventura, había llevado su mano al bolsillo trasero del pantalón para extraer el billete. Lo hizo, pero el documento que exhibió era un mamarracho cubierto de cruces negras que lo hacían ilegible. Todos se miraron entre sí. El único que se mantuvo sereno fue el «Llibrer».
—Se lo he dicho, Ventura, es imposible marcharse…
El taxi, ajeno a lo que estaba sucediendo volvió a hacer señales con las luces. El madrileño se giró para indicarle que esperase, pero al mirar hacia fuera vio, al otro lado de la calle, a la pequeña Aisha. La niña les observaba fijamente. De inmediato comprendió que aquello había dejado de ser una anécdota del viaje. No sabía qué era en realidad. En todo caso, parecía un pulso y la opresión del vientre le advertía que no podía ganar. «De perdidos al río», pensó…
—Debo salir un momento… —dijo a los demás— enseguida vuelvo.
Y sin agregar palabra se marchó al encuentro de la chica. No sabía lo qué iba a decirle, estaba furioso. Sin embargo, la fragilidad de la pequeña le suavizaba el gesto. Los hechos rebelaban una realidad absurda y él, con su actitud, la estaba aceptando. Según Sylvestre, ella era la culpable. Esta temeraria explicación parecía ser la única, aunque la inteligencia de Evaristo T. Ventura se negase a admitirla.
—¿Qué haces aquí? ¿Te diviertes?
Sabía que al expresarse de ese modo podía empeorar las cosas, pero no pudo evitarlo. El gesto de Aisha se mantuvo inalterable, aunque pareció levemente desconcertada. Aún así, contestó a la pregunta.
—No, no me divierte. Al contrario, me entristece que te marches. Ya no podremos hablar de versos ni de poetas…
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué no hablas con tus siervos? El «Llibrer» ni siquiera te conoce.
—Sí me conoce. Yo le salvé la vida cuando ocurrió el naufragio y lo cuidé después mientras estuvo enfermo y fui yo quien lo trajo hasta esta ciudad. Pero, lamentablemente, no es poeta y no puede verme como tu.
—Yo no puedo quedarme, Aisha. Tengo que marcharme.
—Ya lo sé. He venido a despedirme…
El escritor, al escuchar estas palabras, tuvo la primera duda sobre lo que estaba ocurriendo y sin agregar nada, echó mano al bolsillo de su pantalón. El billete que sacó se veía impoluto. Entonces, miró a la niña. Era evidente que algo no encajaba. Aisha no quería retenerle en la ciudad, en todo caso, lo estaba demorando… ¿para despedirse?
—Quiero pedirte algo.
—Dime…
—Déjame el libro de poemas, sé que lo tienes tú. Dáselo al «Llibrer»y también los poemas que has escrito en tu cuarto. Me recordarán por siglos los días que coincidí contigo…
—¿Cómo sabes que escribí poemas? —La niña lo miró fijamente y, por primera vez,  una sonrisa  iluminó su rostro. Pero no era la sonrisa de una niña sino la de una pícara mujer de muchos años.
—Es que me lo imagino… —El poeta entendió.
—¿Qué pasará con el anciano? Pronto dejará de servirte…
—Lo se, pero no te preocupes. Pasará lo que ha pasado siempre. En tanto haya poetas: habrá puentes y túneles y «Llibrers» que hagan viajar los versos hasta el alma que los necesite.
Dicho esto, la niña hizo la señal de despedida que ya conocía, pero, esta vez, para que fuese él quien se marchase. Y con un hilo de voz que bien pudo ser el sonido de la brisa que llegaba desde el mar, agregó:
—Y date prisa, poeta, o perderás el avión…

[1]  Película dirigida por Philip Kaufman – 1978 –    [2]  «La mujer es voluble» – fragmento de la ópera Rigoletto- Verdi.  [3] Gabriel García Márquez.  [4] Juan Palomo : yo me lo guiso, yo me lo como.  [5] Obra de Arturo Pérez Reverte.  [6] Poema de Ibn al-Labbana (poeta andalusí del siglo XI).  [7]   “Bienvenida sea cualquier ( luz ) que derrame en el amargo cáliz de la sufriente especie humana algunas dulces, soporíferas gotas de opio espiritual, algunas gotas de amor…”   Heinrich Heine – 1840 –
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