No la oyó aproximarse.
Aisha se acercó sin ruido y se detuvo a unos pasos, inmóvil. Su presencia, leve, parecía repetirse en el aire. Evaristo T. Ventura la advirtió y se volvió. No estaba preparado para verla así; antes de hablar, dejó que el mar le ordenara los pensamientos.

—Me dijiste que te llamas Aisha. ¿Es tu nombre verdadero? ¿De dónde eres?
—Mi nombre es Aisha, hija de Amina y Abu Bakr.
El poeta la observó. La figura diminuta se recortaba sobre el asfalto como una ilustración. Los ojos, negros y abiertos, sostenían una expresión seria, intacta.—¿Y tus padres?
—Han muerto. También mis hermanos.
—¿Entonces con quién vives?
—Vivo en muchos lugares. Pero prefiero uno: rincones tibios donde habitan las almas solitarias.
—¿Y dónde queda eso?
—En los caminos vedados. Para ellas busco escribas y poetas.
A Evaristo le costaba seguirla. Aun así, había en su voz algo que retenía.
—Yo soy un escriba. Lo sabes, ¿verdad?
—No. Eres un poeta. Lo sé. Escribiste palabras en tu libro para mí.
El madrileño lo recordaba.
—Los escribas y los poetas no andan sueltos por la ciudad…
—Tú eres como yo te imaginaba.
La niña guardó silencio. Luego, casi sin voz, recitó:
«Silban las balas, rugen los cañones. Por ambos bandos los muertos se desnudan. Una vez igualadas las almas se saludan, sin banderas ya, de mil amores».
Aisha calló. Evaristo no supo reaccionar al oír sus propios versos.
—Debo marcharme —dijo ella—. Ya es tarde.
—Espera.
No esperó.
A unos metros se detuvo e hizo un leve gesto en el aire. Él respondió sin pensar.
Nada había cambiado.
El paseo seguía igual.
Excepto el corazón del hombre…


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