Realismo paradójico

A Michael Donnelly lo ajusticiaron un martes, a las 11:37 de la mañana.
Desde entonces, el reloj no volvió a moverse.
No era un muerto normal.
Los que mueren de manera natural no pasan por el purgatorio. A esa sala solo van los hombres malos, los que llegan con una marca indeleble sobre los hombros, los que merecen morir. Por eso no hubo túnel de luz ni coros celestiales. Solo un número de turno pintado en la mano izquierda.
El gran espacio recordaba a una terminal de trenes o de autobuses: paredes grises, techos altos, carteles deslucidos y una iluminación de neón cayendo a plomo sobre filas interminables de sillas anaranjadas.
Muchas estaban ocupadas por tipos de su misma catadura. Hombres y mujeres con la mirada perdida.
El aire olía rancio.
Al frente, encima de una fila de empleados cotejando notas, colgaba un cartel torcido que rezaba: Departamento de Tránsito Post Mortem.
Cuando lo llamaron, Michael Donnelly, natural de Texas, se sentó entre dos individuos patibularios: uno fornido con pinta de violento y una mujer andrajosa que rumiaba maldiciones para sí misma.
La funcionaria le pidió el certificado de defunción. Debía darle el original. Michael le explicó que había muerto en la silla eléctrica sin tiempo de recoger papeles. Ella, sin hacer comentarios, estampó un sello rojo en un papel y lo remitió al Registro de Defunciones.
Así comenzó un peregrinaje de ventanilla en ventanilla.
En cada una le exigían algún documento imposible: un acta firmada por el carcelero, una prueba de arrepentimiento, la constancia certificada de alguna virtud que no tenía. Ante cada negativa lo enviaban a otra fila.
Cuando llegó al final, sin aportar más datos que los que poseía al principio, estaba exhausto.
Tuvo que protestar.
Pero en el Tribunal de Últimos Recursos lo esperaba un estrado solemne formado por tres jueces de toga blanca que ni levantaron la vista.
—Un caso perdido —dijo el primero.
—Totalmente —dijo el segundo.
—Procedamos —sentenció el tercero.
Donnelly no pudo alegar nada; ni siquiera tenía abogado.
Los jueces le leyeron el dictamen con voz seca:
«¡Michael Donnelly! Usted no cumple con los requisitos mínimos. Es lo bastante despreciable como para negarle la estancia en cualquiera de los niveles. Se le impone, por unanimidad, la pena capital del más acá:
¡Pena de vida!»
El tribunal calló, Michael bajó la cabeza y sintió, por segunda vez en su larguísima existencia, que el suelo desaparecía bajo sus pies. Pero no hubo caída ni vértigo. Solo el crujido de una sábana bajo su cuerpo lacerado y un silencio breve.
Luego llegaron los sonidos:
Motores lejanos, disparos secos, un estruendo apagado que hizo vibrar el suelo.
Cuando abrió los ojos estaba en el camastro de un hospital de campaña. Las lonas temblaban con las explosiones. El aire, espeso de pólvora, le raspaba la garganta, mientras una enfermera con velo le acomodaba la manta sin mirarlo.
Afuera, la metralla marcaba el ritmo del atardecer.
El herido bajó los párpados.
¡Ya no se llamaba Michael Donnelly!