
(fragmento)
[…]
Se les olvidó aclararle lo de la tienda de libros, que era, precisamente, la única clase de tiendas en la que perdía el control. Eran sitios donde agotaba las horas ojeando volúmenes, leyendo comentarios y manoseando cubiertas satinadas, sin medir el tiempo. Se comportaba como un jardinero enamorado perdido en un vergel. Después, naturalmente, se sentía culpable de haber dejado plantada a su exmujer en una esquina y de otras lindezas por el estilo. Ella llegó a odiar esos despistes y, por extensión, todo lo que rodeaba a la bohemia literaria: las inacabables tertulias inconducentes, la letra por la letra misma y eso que, según García Márquez, «…no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada…».
Pero se lo encontró de sopetón y no fue culpa suya. Durante las horas siguientes deambuló a sus anchas. Lo revolvió todo, lo leyó todo y lo inspeccionó todo a conciencia. Hasta que, cuando menos lo esperaba, se encontró a sí mismo en el fondo de una estantería de últimos ejemplares: dos tomos de «La letra viva – poemas de Evaristo T. Ventura – 2ª edición» salieron a la luz, y su propia juvenil sonrisa le dio la bienvenida.
El descubrimiento le produjo tal satisfacción que, sin poder contenerse, cogió ambos libros y los colocó bien a la vista para que se vendieran antes. Después, siguió su recorrido tan campante.
La alegría por la travesura duró poco. Alguien que no había visto hasta entonces le tocó levemente en el brazo. Se sobresaltó. Era una joven, una niña, vestida totalmente de blanco, que se cubría la cabeza con una delicada shayla musulmana y llevaba en la mano un ejemplar de la obra que acababa de dejar. Se lo mostraba, claramente, por el lado de la foto.
—Este eres tú, ¿verdad?
—¿Qué es lo que quieres? —La pregunta sonó con brusquedad, puesto que notaba cierto rubor en el rostro.
—Nada, no quiero nada.
La juventud de la chica le devolvió su calma habitual.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
—Aisha.
—¿Aisha? Es un nombre muy bonito. Dame el libro, te lo voy a firmar…
De inmediato, cogió una pluma y escribió: «Con todo afecto para Aisha de parte de Evaristo T. Ventura, un poeta que pasa por su segunda infancia», y firmó. Estaba seguro de que la niña, o bien algún adulto que leyera la dedicatoria y conociera los hechos, entendería la sutileza.
Le devolvió el ejemplar y se alejó.
Más tarde, olvidado ya del incidente, cuando se marchaba, recordó las amabilidades de Alejandro Miranda, el director del hotel, y pensó en dedicarle un detalle. El providencial hallazgo de los libros resolvía muchas vacilaciones. Sin pensárselo dos veces y mientras rumiaba una dedicatoria apropiada, regresó en busca del ejemplar que quedaba.
Pero su sorpresa iba a ser mayúscula. En la estantería halló los dos volúmenes de su libro tal como los había dejado, en la misma descarada posición.
Evaristo T. Ventura, por segunda vez esa mañana, notó la sangre en sus mejillas. Dudó. Pero las dudas fueron breves; la inapelable dedicatoria estaba allí y no había razones para poner en duda lo evidente.
La niña había devuelto el ejemplar a su sitio sin importarle, en absoluto, lo que llevaba escrito.
[…]